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La Guerra de la Independencia: Una Gran Revolución Continental PDF Imprimir Correo electrónico
AMÉRICA
Escrito por Alicia Sagra   
Jueves 06 de Mayo de 2010 00:02
Se frustra el proyecto internacional

Una nueva Revolución por una 2ª Independencia
 
Ya estamos en el Bicentenario y desde todos lados se habla de los mismos hechos, la guerra de liberación, pero con diferentes interpretaciones. Hasta comienzan a cambiar las palabras. Antes era muy común oír hablar de la “revolución de mayo”, hoy cada vez se escucha menos la palabra “revolución”, que es reemplazada por “los hechos, los acontecimientos, los sucesos…”. Pero no se trata de un problema de lenguaje, sino que tiene que ver con qué diferentes sectores, algunos de ellos contrapuestos, niegan el carácter revolucionario del proceso que llevó a la independencia de las colonias.
Por un lado tenemos al gobierno. No se puede negar que se llenan la boca con las palabras “soberanía” e “independencia”. Incluso Cristina en los festejos del bicentenario en Venezuela utilizó una expresión que nosotros usamos mucho: Segunda Independencia. La diferencia es que nosotros decimos que esa es la tarea que está planteada y que sólo podrá lograrse bajo la dirección de la clase obrera. En cambio Cristina dice que el “el bicentenario encuentra a los pueblos de América del Sur en una segunda independencia”. Es decir, que ya se estaría dando, encabezada por su gobierno, el de Chávez, el de Evo…. Curiosa interpretación de independencia tiene la presidenta que viene de arrodillarse ante Obama, al que le ofreció su incondicional apoyo para que el imperialismo y sus aliados tengan el monopolio nuclear. Es totalmente natural, entonces, que Cristina no tenga ningún interés en que el bicentenario sea asociado con la revolución. Pero también desde sectores totalmente contrapuestos, como puede ser el Partido Obrero (no es el único), se niegan al planteo de la segunda independencia diciendo que no existió la primera y afirman que no hubo ninguna revolución, porque la explotación continuó y no hubo cambio de clase en el poder.
 
Nosotros, por el contrario, sostenemos que la primera independencia se logró a partir de un gran proceso revolucionario internacional. Que después se perdió y que hoy está planteada una nueva revolución para recuperarla. Esta nueva revolución, al igual que la primera, deberá ser internacional, pero la gran diferencia es que la clase obrera deberá encabezarla y para triunfar deberá culminar con la clase obrera en el poder y la construcción del socialismo. Para nosotros, por lo tanto, Latinoamérica tiene solo dos alternativas: revolución socialista o colonia.
 
Es falsa la polémica que se ha abierto entre el gobierno y la oposición sobre si el bicentenario se cumple el 25 de Mayo de 2010 o el 9 de julio de 2016. Porque de lo que se trata es de un proceso revolucionario que comenzó en 1804, con la revolución haitiana, y que fue estallando en diferentes puntos: en 1809 en Quito y en Chuquisaca, en 1810 en Colombia, Venezuela, Buenos Aires, seguidos poco después por México y Santiago de Chile, y que culminó en diciembre de 1824 con la batalla de Ayacucho, donde fueron definitivamente derrotadas las fuerzas realistas españolas.
 
En este número de Lucha Socialista, presentaremos los aspectos más generales de este proceso. En los números sucesivos iremos analizando diferentes aspectos del mismo.
 
El contexto económico y político mundial
 
Como toda revolución, ésta tiene que ver con el desarrollo de las fuerzas productivas y las trabas ejercidas por la estructura social existente. Estas colonias (salvo Haití) era parte del imperio español, que había quedado muy atrasado en relación a los países donde se había dado un importante desarrollo capitalista: Francia, Inglaterra, los Países Bajos, que trataban a España casi como a una colonia. Para salir de esa situación la corona española (Carlos II a fines del 1600 y fundamentalmente Carlos III a partir de 1759) impulsaron un importante desarrollo capitalista centralmente en la Vascongada y en Cataluña. Barcelona, a fines del siglo XVIII, tenía tantos obreros textiles como Argentina en la década del 40. Este desarrollo capitalista también comenzó a crecer en las colonias, en especial en el Río de la Plata y en lo que hoy es Colombia y Venezuela. Pero ese desarrollo se chocaba contra las trabas que imponía el régimen del feudalismo español, extremadamente parasitario y corrupto, donde había un noble por cada 20 pobladores.
 
En consecuencia, en los lugares donde más avanzaba el desarrollo del capitalismo, más crecían las tendencias separatistas. Y las colonias, a diferencia de Cataluña y del País Vasco, contaban con la ventaja de la distancia y de la gran debilidad de la armada española, lo que dificultaba mucho el control de la metrópoli.
 
En 1808, con la invasión napoleónica y con la sublevación que provoca, esa ventaja comparativa de las colonias pega un salto, ya que el control del imperio se vuelve prácticamente inexistente. No es casual entonces, que sea en 1809, cuando comienzan los estallidos en diferentes puntos de las colonias, impulsados por el descontento de las burguesías criollas.
 
Sobre estos elementos objetivos que tienen que ver con el desarrollo de las fuerzas productivas, actuaron los idearios de la revolución francesa y de la independencia de EE.UU, influenciando a una serie de intelectuales que se fueron organizando en Logias que cumplieron el rol de una dirección revolucionaria.
 
¿Por qué decimos que fue una revolución?
 
Porque ella dio origen a una realidad totalmente diferente, a un cambio abrupto, ya que se acabó con la dominación española (y francesa en el caso de Haití) y los gobiernos pasaron a manos de los criollos (en el caso de Haití a los ex esclavos negros) y en ese proceso se consiguieron importantes conquistas para el movimiento de masas.
 
Como toda gran revolución, revolucionó también las costumbres. Mujeres que vivían atadas a los prejuicios de la época rompen con ellos, van al frente de batalla, hacen guerrilla. Así tenemos a las Juana Azurduy, a las Macacha Güemes. Otras como las “tapadas de Lima”, actúan como espías para el ejército libertador de San Martín.
 
Pero no fueron sólo la mujeres. Al igual que en la revolución nicaragüense o en la Intifada, también los niños se integran a la lucha revolucionaria. El del “Tamborcito de Tacuarí” fue uno entre tantos casos de niños que dieron la vida en la lucha por la liberación.
 
Los ejércitos realistas atacaron y eran poderosos, por eso la guerra fue el centro de la lucha revolucionaria. Pero también se dieron importantes acciones del movimiento de masas. Un conocido ejemplo es el de “éxodo jujeño” donde la población de San Salvador de Jujuy, siguiendo las instrucciones de Belgrano, abandona la ciudad y queman sus casas y cosechas, para que no puedan ser aprovechado por los españoles que se acercaban en un número cuatro veces mayor que la del ejército patriota. Unos años antes (1806 y 1807) la población de Buenos Aires no sólo derrotó la invasión de los ingleses, sino que obligó a renunciar y apresó al corrupto Virrey Sobremonte. Lo sucedido durante las invasiones inglesas fue un adelanto de la disposición del movimiento de masas a tomar en sus manos la historia en sus manos, algo típico, según Trotsky, de los procesos revolucionarios.
 
Y, como pasa en muchas revoluciones, algunos de sus dirigentes, obligados por las necesidades de la lucha, fueron más allá de sus intenciones originales, generando importante transformaciones sociales. Tenemos el caso de Bolívar, quien había sido derrotado dos veces y organiza su tercera embestida desde Haití, la república negra surgida de la revolución de 1804. Bolívar, que era uno de los mayores propietarios de esclavos de Venezuela, para conseguir la ayuda haitiana se comprometió a liberarlos, lo que cumplió fielmente.
 
En el Alto Perú, cuya población era mayoritariamente de pueblos originarios, Castelli decretó la liberación de los indígenas, ganando así su apoyo a la revolución en contra de los blancos, mayoritariamente españoles. En Buenos Aires, la Asamblea de 1813 decretó la liberación de los hijos de esclavos, la prohibición del trabajo obligatorio de los indígenas para los blancos y la tortura de los presos…
 
Así, la revolución que comenzó exigiendo sólo un trato más justo a las colonias por parte de España, terminó impulsando grandes transformaciones sociales. Y se lo fue conquistando expropiando al enemigo, expulsando a curas y obispos, aplicando la violencia revolucionaria, porque como dice Mariano Moreno: “La moderación fuera de tiempo no es cordura, ni es una verdad; al contrario, es una debilidad cuando se adopta un sistema que sus circunstancias no lo requieren; jamás en ningún tiempo de revolución, se vio adoptada por los gobernantes la moderación ni la tolerancia; el menor pensamiento de un hombre que sea contrario a un nuevo sistema, es un delito por la influencia y por el estrago que puede causar con su ejemplo, y su castigo es irremediable” (Plan de Operaciones, 30 de agosto de 1810).
Tanto San Martín como Bolívar defendían la formación de una Federación de Estados Latinoamericanos. El 7 de diciembre de 1824, días antes de la batalla de Ayacucho, Simón Bolívar envió una circular a los gobiernos de Colombia, México, Río de la Plata, Chile y América Central convocando a una conferencia en Panamá con el objetivo de formar una Confederación. Era central, para concretar esta empresa, la posición del Río de la Plata, ya que junto con Colombia (la actual Colombia y Venezuela) eran los puntos de mayor desarrollo económico y de mayor poderío militar.
 
Bernardo de Monteagudo, ferviente seguidor de Mariano Moreno y mano derecha de Juan José Castelli y de San Martín, defendía con ardor esa propuesta “Ningún designio ha sido más antiguo entre los que han dirigido los negocios públicos durante la revolución, que formar una liga general contra el común enemigo, y llenar, con la unión de todos, el vacío que encontraba cada uno en sus propios recursos (...)
 
La independencia es el primer interés del nuevo mundo. Sacudir el yugo de la España, borrar hasta los vestigios de su dominación, y no admitir otra alguna, son empresas que exigen y exigirán, por mucho tiempo, la acumulación de todos nuestros recursos (…) Es verdad que en Ayacucho ha terminado la guerra continental contra la España (…) Sin embargo la venganza vive en el corazón de los españoles. El odio que nos profesan aún no ha sido vencido. Y aunque no les queda fuerza de que disponer contra nosotros, conservan pretensiones a que dan nombres de derechos, para implorar en su favor los auxilios de la Santa Alianza, dispuesta a prodigarlos a cualquiera que aspire a usurpar los derechos de los pueblos que son exclusivamente legítimos (…) En cuanto a la masa de poder que se empleará contra nosotros, será proporcional a la extensión del influjo que tengan las cortes de San Petersburgo, Berlín, Viena y París. Y no es prudente dudar que les sobran elementos para emprender la reconquista de América, no ya a favor de España, que nunca recobraría sus antiguas posesiones, sino a favor del principio de la legitimidad, ese talismán moderno, que hoy sirve de divisa a los que condenan la soberanía de los pueblos, como el colmo del libertinaje en política” (Sobre la necesidad de una federación general entre los estados latinoamericanos y plan de su organización - 1824).
 
Pero su prédica cayó en oídos sordos. En Buenos Aires, a partir de septiembre de 1811, se había apoderado del poder el sector de la burguesía comercial encabezado por Rivadavia, estrechamente ligado a Inglaterra a la que se le levantaron todas las restricciones aduaneras. Y hacían todo los posible por sacarse de encima a los caudillos regionales, que encabezaban importantes procesos agrarios reclamando por la protección a lo que se producía en el país.
 
En 1817, prefieren entregar la Banda Oriental a Portugal, con tal de de sacarse de encima a Artigas. En 1821, cuando muere Güemes en manos del ejército realista, La Gaceta de Buenos Aires publicó: “Murió el abominable Güemes…, Ya tenemos un cacique menos”.
 
Y pasada la emergencia de la guerra, cada oligarquía local tenía el único interés de consolidar su poder sobre el territorio sobre el que tenía influencia. Así, a partir de los intereses de los grandes comerciantes, estancieros y dueños de minas, los llamados de Bolívar y Monteagudo cayeron en el vacío.
 
Se frustró el sueño de una Latinoamérica unida y poco a poco se fue perdiendo la independencia conquistada. En 1932, Julio Argentino Roca, vicepresidente argentino, declaró “La Argentina, por su interdependencia recíproca, es desde el punto de vista económico una parte integrante del imperio británico”.
 
Algo parecido pasó con el resto en los países latinoamericanos. Paraguay, que durante un tiempo conservó su independencia manteniendo un régimen cerrado, precapitalista, fue destruido en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), al servicio del interés comercial de Inglaterra.
 
En los últimos años la pérdida de la soberanía de nuestros países ha pegado un salto. Lo vemos en la destrucción de la salud y la educación para dar ganancias a las multinacionales y para cumplir con los pagos de la deuda externa, en las privatizaciones, en el saqueo de nuestros recursos naturales, en la sojización y la destrucción de la fertilidad de nuestro suelo. Por eso es ridículo que el gobierno que impulsa todas esas políticas nos diga que está desarrollando la segunda independencia.
 
La realidad es que vuelve a estar planteada la necesidad de salir a luchar por nuestra soberanía. Pero ahora, los San Martín y los Bolívar, tendrán que salir de las filas de la clase obrera, porque son los trabajadores los únicos que no tienen ningún compromiso con el imperialismo, sea yanqui o europeo. Los trabajadores nos tenemos que poner a la cabeza de toda lucha antiimperialista, pero sabiendo que la única manera de triunfar es sacando a la burguesía del poder, instaurando un poder obrero y retomando el planteo de Bolívar, San Martín y Monteagudo, con la construcción de una Federación de Repúblicas Socialistas de América.
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La Iglesia junto a los opresores

Muchos sacerdotes abrazaron la causa revolucionaria, el mayor ejemplo fue Fray Luis Beltrán, encargado de la fabricación de cañones y fusiles para el Ejército de los Andes. Pero la jerarquía de la Iglesia estuvo decididamente a favor de los realistas. El Papa calificó a los líderes de la independencia como “langostas devastadoras de un tenebroso pozo”.

Cuando, después de la revolución, se dio un terrible terremoto en Caracas, la Iglesia declaró que eso se debía a “la ira de Dios”, por los sucesos políticos. Argumento utilizado por los realistas para justificar su contraataque.

Pero los líderes revolucionarios no se dejaron impresionar. La Primera Junta prohibió oficiar misa a los obispos de Buenos Aires, Córdoba y Salta y obligó a los párrocos a leer desde el púlpito los periódicos revolucionarios.

Y, en Mendoza, San Martín ordenó que todos los curas “hicieran ver la justicia con que la América había adoptado el sistema de la libertad”.

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Fuente: Lucha Socialista nº 200, publicación del FOS - Argentina


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