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Las mujeres luchan en las calles de Teherán
Escrito por CECÍLIA TOLEDO   
Lunes 29 de Junio de 2009 00:00

La absurda y trágica agonía de Neda Agha Soltan, de 27 años, en una calle de Teherán, semanas pasadas, alcanzada por una bala en el pecho disparada por un basiji (paramilitares voluntarios de extrema derecha) fue todo un símbolo de la salvaje represión que viene abatiéndose sobre el pueblo iraní. También fue una señal de que algo mucho más profundo se está moviendo. Por debajo de los velos, y de las espadas de la ley islámica que penden sobre sus cabezas, las mujeres iraníes están jugando un papel fundamental en las luchas democráticas contra la dictadura de los ayatolás    

 

Tenemos que valorizar ese hecho en su debida importancia. Las mujeres están desafiando una represión violenta y rompiendo amarras seculares. Si un hombre sale a la calle y protesta, celebramos. Se una mujer hace eso, además de celebrar, debemos reflexionar sobre la real profundidad de ese movimiento. Porque indica que algo más estructural se está siendo rompiendo y está siendo cuestionado.  La clase trabajadora mundial debe estar muy atenta a esa revolución, porque quizás no se límite a las exigencias por libertades democráticas, lo que ya sería fundamental en un Estado teocrático, sino una revolución mucho más profunda.

 

En Irán, las mujeres son las mayores víctimas del integrismo religioso. Todas ellas. Pero para las más pobres la opresión es algo muy diferente. Las retrógradas leyes religiosas se combinan, en el caso de las mujeres pobres, con la miseria, el paro y todo tipo de dificultad para poder estudiar y trabajar. Es sencillamente una puerta cerrada. Porque estudiar y trabajar son las dos únicas formas posibles de poder, por lo menos, soñar con algún nivel de emancipación en una sociedad capitalista y retrógrada, como la de Irán, sofocada por la dictadura de los ayatolás.

 

Donde la vida no vale nada

 

El Centro de Defensa de los Derechos Humanos de Teherán, dirigido por la ganadora del Premio Nobel de la Paz Shirin Ebadi, informa que, en Irán, la vida de una mujer vale legalmente la mitad que la de un hombre. Esto en el texto de la ley. Porque, en la realidad concreta y humana, no vale nada. Igual que su testimonio ante un juez sobre cualquier asunto. Una vida por la mitad es lo mismo que una vida que no vale nada. En Irán existe todavía el "precio de la sangre": quien mata a una persona, además de cumplir su pena, tiene que pagar una cantidad de dinero a los parientes de la víctima. "Matar a una mujer cuesta la mitad del precio", explican los abogados del Centro.

 

Según las leyes iraníes, un hombre puede divorciarse cuando quiera sin dar ninguna explicación, pero una mujer sólo puede pedir el divorcio si el marido la abandonó, si fuere adicto a las  drogas o si sufre de impotencia sexual. En caso contrario, deberá suportarlo por el resto de la vida, aunque él mantenga relaciones sexuales con otras mujeres o la apalee todos los días. Pero si el marido encontrase a su mujer teniendo relaciones sexuales con otro hombre, tiene el derecho a matar a los dos; y toda mujer acusada de adúltera puede ser apedreada hasta la muerte.

 

Durante la lapidación, ella es enterrada hasta el tronco y su cabeza es tapada con una bolsa hecha de tela, mientras los habitantes de la localidad la apedrean. Si sobrevive, estará libre. El Centro de Derechos Humanos está consiguiendo, con mucho costo, salvar algunas mujeres de esa lapidación, pero no cambiando las leyes, sino escondiendo las mujeres en sitios donde no pueden ser encontradas. Una solución, claro, totalmente provisional e inestable. Los hombres también pueden ser condenados por adulterio, pero tienen derecho al llamado "casamiento temporario", que les permite casarse con varias mujeres (inclusive, durante sólo algunas horas) para poder tener relaciones sexuales con ellas.

 

En cuanto a la comparecencia ante un juicio por cualquier asunto, una mujer sola no puede testificar. Las mujeres deben testificar de a dos para que su palabra tenga valor jurídico. La mayoría de edad para ser condenado y ejecutado también presenta considerables diferencias legales para los sexos, según el Centro de Derechos Humanos. Los hombres tienen que ser mayores de 18 años para que puedan ser ejecutados, mientras que las niñas basta que hayan cumplido 9 años.

 

Esa diferencia de tratamiento no está en la ley. Las fatwas (decretos religiosos) dictadas por los ayatolás tienen un valor legal superior a las leyes escritas, y pueden permitir ejecutar niñas con esa edad. Existen cerca de 700 ayatolás en todo el país con autoridad para promulgar fatwas sobre cualquier asunto. El ayatolá Jamenei, actual líder supremo del país, se preocupó sobre todo en implantar nuevas unidades paramilitares (basiji), con soldados reclutados justamente entre la población más pobre y más dependiente de la ayuda del gobierno. Es decir, más sumisos y obedientes.

 

Y esos basiji son algunos de los "guardianes del templo", que se ocupan de la represión a las manifestaciones y también en aplicar las fatwas contra las mujeres. Cuando encuentran una de ellas protestando contra el gobierno, se transforman en fieras. Fue uno de ellos el que disparó contra Neda. Tenemos la declaración de una manifestante  a la red norteamericana de TV CNN: "De golpe, cerca de 500 personas con palos surgieron de una mezquita próxima (los tales milicianos basiji), llenaron las calles y empezaron a atacar a todos; fue una masacre. Golpearon a una mujer tan salvajemente que quedó empapada en sangre y su marido, que vio la escena, se desmayó".

 

A pesar de la represión, que dejó cientos de heridos y varios muertos en las últimas semanas, muchas mujeres continuaron participando de las manifestaciones. "Estoy tan orgullosa de las mujeres iraníes presentes en los protestas", dijo una manifestante, confirmando que fueron brutalmente golpeadas con bastones por las fuerzas de seguridad.

 

Las leyes retrógradas contra las mujeres están siendo desafiadas por la gran presencia femenina en las luchas. Todas las disposiciones legales son aplicadas de manera más o menos estricta dependiendo de la evolución del régimen. Y, por ello, cuanto más avance la lucha, mejor. Según los abogados del Centro de Shirin Ebadi, desde victoria de Mahmud Ahmadinejad en las elecciones presidenciales de junio de 2005, "se volvió a los primeros años de la revolución islámica". Las milicias de extrema derecha recuperaron credibilidad y poder, además de los Guardianes de la Revolución y de los militares, que ahora están al frente de la mayoría de los ministerios y de los puestos claves del gobierno iraní.

 

Según los representantes del Centro, es muy difícil que ocurra un cambio en Irán "porque el pueblo tiene miedo, y prefiere mantener lo que tiene a poner en peligro su vida y la de sus familias". "El miedo es mucho más grande de lo que cualquiera pueda imaginar", garantizan los abogados. Pero parece que el miedo no es lo que está predominando y sí la rebelión, la rabia, el deseo de libertad. Por eso, también es tan valiosa la participación de las mujeres en las revueltas.

 

Es una lucha democrática, por los derechos básicos de las mujeres, que viene subvirtiendo las bases del despótico régimen iraní. Las tenues promesas de apertura democrática hechas por Moussavi en la campaña electoral, y que habían sido frustradas por el "triunfo" de Amadinejad, hicieron que millones de mujeres saliesen a las calles, exigiendo no sólo esas tenues promesas, sino todo a lo que ellas tienen derecho. Y los velos han empezado a caer.

 

Simple velos, pero que traen sobre sí una lista inmensa de fatwas de lapidación, violencia y salvajada secular contra las mujeres. La bandera democrática de liberación y emancipación de las mujeres, como de todos los oprimidos, sólo se volverá verdaderamente democrática si estuviere en las manos de la clase trabajadora, y sobre todo, de las propias mujeres trabajadoras.

En las fotos publicadas en los periódicos, vemos miles de mujeres iraníes gritando y protestando en las calles. En la cabeza, el velo islámico, un velo que, en ese momento, no parece hacer de aquella mujer una persona sumisa, "una nada". En Irán, los velos hoy son verdes, el color de la rebelión. Más que velos, son banderas de la revolución contra la dictadura, contra la miseria, contra a opresión.

 

Para millones de mujeres, la revuelta significa el derecho a una existencia mejor, el derecho a la vida, el derecho de estudiar y trabajar, el derecho de verse libre de las fatwas, y preservar su cuerpo de las piedras que les lanzan. En ese sentido, en las calles se da el despertar de la personalidad. Es con ella que caerá el velo: será arrancado de sus cabezas por sus propias manos, o no será arrancado.

 

Porque, junto con el velo, debe caer el régimen teocrático de los ayatolás, de los magnates del petróleo, de la burguesía iraní. Y así será porque, pese el miedo, pese la sangrante represión de los criminales basiji, pese las odiosas fatwas, las mujeres iraníes están ocupando su debido lugar: las calles de Teherán.


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