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Gaza y elecciones confirman la naturaleza racista y genocida de Israel
Escrito por José Welmowicki   
Jueves 24 de Junio de 2010 01:58
Queda cada vez más difícil negar el verdadero carácter del Estado de Israel. Tras la masacre de la Franja de Gaza en diciembre, y las recientes elecciones que dieron la victoria a las fuerzas más derechistas, ya no queda mucha duda de que ese es un Estado al servicio del imperialismo en el Medio Oriente, construido y asentado sobre la fuerza de las armas y del apartheid. 

Los que defienden un carácter democrático de Israel, o aún un carácter “socialista”; los que usan términos como “hogar” y “tierra santa” para referirse a ese Estado, tienen la obligación de explicar los actos cometidos por los sucesivos gobiernos israelíes.

El mundo terminó el año 2008 viendo por la televisión, en Gaza, imágenes de niños mutilados, calles cubiertas de sangre, familias destruidas, casas y edificios transformados en escombros. En diciembre, durante 22 días, las fuerzas armadas sionistas, con los aviones despejando arrojaron bombas de alto poder destructivo y lanzaron misiles de artillería, además del empleo de armas prohibidas por las convenciones de Ginebra, como las bombas con fósforo blanco, para arrasar la Franja de Gaza. 1285 habitantes fueron asesinados. De esos, 111 eran mujeres y 280 niños. Asesinaron personas que sólo andaban en la calle y usaron civiles como escudos humanos de sus tropas. Bombardearon ambulancias, escuelas, hospitales, mezquitas y edificios de la ONU. No fueron imágenes inéditas. Ya perdemos la cuenta de cuantas veces vimos esa película donde los protagonistas son los soldados israelíes y las víctimas la población palestina, casi siempre desarmada e indefensa.

La intención del gobierno sionista de la época, Olmert-Livni-Barak, fue derrotar la resistencia palestina. Pero fue lo que menos consiguieron. Esa nueva masacre, ahora en Gaza, lo que consiguió fue dejar el mundo indignado y aterrorizado frente a tamaña brutalidad, salvajada y sangre fría con que Israel comete sus crímenes. La barbarie israelí no fue suficiente para derrotar el pueblo palestino, que lucha por su tierra.

Se engañan aquellos que piensan que ese genocidio fue fruto de una coyuntura adversa de miedo al terror por parte de un gobierno específico, más a la derecha, como el Kadima, que habría usado el “peligro de los misiles de Gaza” para demonizar a los palestinos. Y que, al percibir la verdadera realidad, el israelí medio iría a reaccionar y votar a sectores más dispuestos a la negociación. La verdad, había una presión ‘popular’ para ir más a fondo en la eliminación del ‘peligro’ representado por Gaza. Tanto que la invasión tuvo amplio apoyo popular en Israel, y la falta de reacción contra las masacres y el creciente odio contra los palestinos se reflejaron en las elecciones y dejaron claro que existe un acuerdo general entre los judíos israelíes, con excepción de pocos individuos o grupos, de librarse de los palestinos, expulsándolos o eliminándolos. La situación interna es tan contraria a cualquier convivencia pacífica con sus vecinos y con los palestinos, que quién se expresa contra la limpieza étnica es amenazado de punición, lo que hace que algunos de ellos hayan preferido vivir en el auto-exilio, como el profesor Ilan Pappé, autor del libro La limpieza étnica de la Palestina.1

Las elecciones como expresión de ese sentimiento
 
Eso quedó expreso en las recientes elecciones. Ellas representaron un duro golpe contra la ideología de los “dos estados”2. En vez de alguna fuerza moderada que pudiera salvar las propuestas de “paz”, y de los dos estados, el resultado de las urnas mostró la dimensión de la adhesión de la población israelí al racismo y al desprecio contra los palestinos.

Los vencedores de la elección son una variante de corrientes de ultraderecha, algunas abiertamente fascistas y racistas. Tanto que Uri Avneri, veterano pacifista israelí que defiende la tesis de los dos estados y cree en la solución pacífica por dentro del sionismo, pregunta si no está en la hora de encarar la realidad de una irrupción del fascismo en Israel: “se aproxima el Estado de Israel a una crisis existencial, moral, política, económica que lo convertiría en una nación en peligro? ¿Es posible que Lieberman, o alguien que tome su lugar, resulte ser una personalidad demoníaca como Hitler o Mussolini? En nuestra situación actual, hay algunos indicios peligrosos. La última guerra mostró una decadencia mayor de nuestros patrones morales. El odio contra la minoría árabe de Israel aumenta, así como el odio contra el pueblo palestino ocupado, que sufre un lento estrangulamiento”. Aunque al final del artículo, Avneri intente concluir con optimismo, el hecho de que él sea gracias a colocarse esa pregunta es la mayor demostración de la situación en Israel. 

La composición del gobierno israelí hoy muestra que su preocupación es justa. Publicamos abajo un cuadro, extraído del periódico israelí Haaretz (17/2/09):


Forman parte de la coalición de gobierno los ya descritos Likud (15 ministerios), Israel Beitenu (5), Laboristas (5). Además de ellos, están en ella: el Shas, partido religioso de extrema derecha, que detenta el Ministerio del Interior, el Judaísmo Unido de la Torá y el Hogar Judaico (racistas aún más fanáticos que el Likud). Esos partidos tienen en común su base en los colonos que viven en los territorios de Cisjordania y la defensa de la expansión de los asentamientos judaicos continua en esa región y la ‘judaización’ de Jerusalén.

En última instancia, el significado de esa elección es que las ideas de Zev Jabotinsky, fundador del “sionismo revisionista”, está totalmente en boga. Defensor declarado del fascismo de los años 20 y 30, Jabotinsky defendía la necesidad de ejercer una estrategia de terror —a tal “muralla de hierro” — para imponer a los palestinos la colonización:

 “No cabe pensar en una reconciliación voluntaria entre nosotros y los árabes, ni ahora ni en un futuro previsible. Todas las personas bien-intencionadas, salvo los invidentes de nacimiento, comprendieron hace mucho la completa imposibilidad de llegar a un acuerdo voluntario con los árabes de la Palestina para transformar la Palestina de país árabe en una país de mayoría judía. (...) por lo tanto, la colonización solamente puede desarrollarse bajo un escudo que incluya una muralla de hierro que jamás pueda ser penetrada por la población local. Esa es nuestra política árabe, formularla de cualquier otro modo sería hipocresía”.  

En esas últimas elecciones, el electorado escogió un nuevo parlamento cuyos miembros en su amplia mayoría son fascistas como el Likud, cuyo dirigente, Aryeh Eldad, propuso que Jordania se “transformara” en un Estado palestino y concediera la ciudadanía jordana a los palestinos de Cisjordania. La propuesta impondría la soberanía israelí en “toda la Palestina del Mandato”, desde el río Jordán hasta el Mediterráneo, y prepararía el terreno legal y psicológico para la deportación final de cerca de 5.100.000 palestinos de su tierra ancestral. Esa era exactamente la propuesta discutida en los congresos sionistas antes del ’48.

Sumándose las diferentes coaliciones, 80% de los electos representan la continuidad de la propuesta de Jabotinsky. El primer ministro Netanyahu es un heredero directo de Jabotinsky y de los terroristas del Irgun y de la pandilla Stern, responsables directos por la masacre de Deir Yassin en 1948, y formaron el partido Herut, que después se convirtió en Likud. Tanto Begin como Shamir fueron Primeros Ministros por el Likud. Netanyahu defiende la expansión de las colonias judaicas en Cisjordania y en torno a Jerusalén, iniciada por los gobiernos Sharon y Olmert, para dividir otra vez los territorios palestinos y aislarlos unos de los otros.

En el importante Ministerio de Relaciones Exteriores está el partido Israel Beitenu (Israel Nuestra Casa), dirigido por Avigdor Lieberman, que tuvo 15% de los votos y llegó a proponer jugar con bombas nucleares en Gaza. Hoy propone la transferencia forzada de los árabes israelíes, los palestinos que viven en el territorio tomado en 1948 y la pérdida de cualquier derecho a los que no reconocen el ‘carácter judaico de Israel”. El Beitenu se describe como “un partido nacional con la meta de seguir el intrépido camino de Zev Jabotinsky”.

Para la dirigencia occidental, esa derechización sería compensada por la entrada de los laboristas en el gobierno. Aún vistos como “izquierda” o “centro-izquierda”, los laboristas son los mismos que comandaron la masacre de Gaza vía Ehud Barak, nuevamente Ministro de la Defensa. Varios parlamentarios del partido Laborista en el gobierno dirigido por el Likud votaron a favor de enviar al Parlamento la propuesta citada de Eldad para la discutir más adelante. Tras servir para disfrazar la naturaleza del Estado de Israel que dirigió en sus primeros 40 años, pasados 60 años de su creación, el sionismo “de izquierda” es un fraude tan descarado que no tiene más espacio para postularse a los ojos del mundo como alternativa negociadora y ‘pacifista’. Su derrota patética y la pérdida incluso del 3º lugar para el Beitenu, demuestran que para el electorado israelí, si es necesario defender el carácter racista del estado, es mejor escoger quién habla claro y quiere ir aún más a fondo en la limpieza étnica.

A pesar de haber sido el partido más votado, el Kadima no pudo formar el gobierno por no contar con una coalición suficiente. Ese partido fue creado por Sharon, el masacrador de Sabra y Chatila, y Ehud Olmert. Sharon también fue miembro del Likud y defensor de las ideas de Jabotinsky, Begin y Shamir, además de responsable directo por la unidad 101 del ejército, que practicó la masacre de Kybia en 1953. El gobierno del Kadima, con Olmert y Tzipi Livni al frente, fue el responsable por el bloqueo genocida de Gaza y por la reciente masacre.

Los partidos de base judaica que serían más “democráticos”, tenidos por la prensa occidental como de centro-izquierda (Meretz, por ejemplo) y que tiene un discurso que habla de paz, no tienen prácticamente electores. Los únicos partidos que cuestionan hasta cierto punto el status racista tienen su base entre los árabes israelíes, cerca de 20% de la población Son ellos el Hadash, Balad y Lista Árabe Unida, cuya votación es concentrada en los electores árabes. En esta elección, esos partidos sólo fueron autorizados a concursar a la última hora, debido a una sentencia de la Corte Suprema. Por eso, casi la mitad de los electores árabes israelíes no votaron. Ahora, para demostrar el carácter de la “democracia israelí”, están bajo amenaza a causa de la nueva ley, que exige la aceptación del Estado de Israel como de una raza, y la prohibición de conmemorar la Nakba(catástrofe, término utilizado para el éxodo palestino).

Una crisis que se agudiza
 
Netanyahu introduce un cambio en relación al gobierno de Olmert- Livni: un discurso directo contra cualquier tipo de Estado o Autoridad palestina; diferente del que les gustaría a Estados Unidos y la Unión Europea. Él afirma que ni siquiera se debe pensar en una entidad palestina que lleve el nombre de “estado”. Serían aceptables sólo ‘áreas económicas’ sin continuidad y estranguladas por la expansión de los asentamientos de colonos, del Muro de la Vergüenza y de las carreteras solamente para judíos, construidas en Cisjordania. Continúa con la política de bloqueo a Gaza, que debe ser condenada a un cerco, hasta que se rinda o sus habitantes salgan del territorio. Netanyahu intenta desviar del problema y salir del aislamiento, apuntando sus baterías hacia Irán, y el peligro que representaría su política nuclear, como ya lo hacían Olmert y Livni.

Al contrario de lo que podría parecer a primera vista, esa posición no es de un país en proceso de fortalecimiento. Israel viene siendo derrotado militar y políticamente. Intenta contraponerse a una posible negociación con Irán, pensando que Obama podría dar más peso a la negociación y amenazar su hegemonía militar absoluta. La preocupación de Obama y de los gobiernos imperialistas de Europa, es que tal posición sea fatal para el propio Israel, que los pueblos árabes estén cada vez más en su contra hasta que su situación termine siendo insostenible.

Por eso Obama identificó ese cómo uno de los problemas más graves para el nuevo gobierno de Estados Unidos. Finalmente, él tiene que gobernar Estados Unidos tras una derrota de la política mundial de ‘guerra contra el terrorismo’, simbolizada en la debacle de Bush frente a la resistencia de los pueblos y al crecimiento del repudio al imperialismo norteamericano. Por eso tiene que apelar más a la retórica de los planes de paz, de la solidaridad, hablar en un nuevo ‘diálogo’ entre los pueblos. Sobre todo en el Medio Oriente. El resultado son los choques con el gobierno israelí, encabezado por fuerzas que no tienen la misma preocupación táctica de los laboristas anteriores. Estos hacían todo una escenario para aparecer como ‘palomas’, mientras masacraban los palestinos, expandían los asentamientos de colonos, torturaban y dejaban pudrir a los luchadores palestinos en las prisiones.

Obama quiere convencer a Netanyahu que, frente al aislamiento de Israel, sería mejor volver a la práctica tradicional de esos gobiernos laboristas de la década del ‘90 y aún el del Kadima: hablar de proceso de paz, del estado palestino, mientras continúan la practicar del robo de las tierras palestinas y la limpieza étnica. El discurso de Netanyahu, aceptando un estado palestino desde que no haya ninguna institución propia, que se renuncie a Jerusalén y al derecho de retorno de los refugiados, deja incluso a los colaboracionistas de Abbas balbuceando que tal propuesta es insustentable de defender.

Obama sostiene Israel, con una cara más negociadora

¿Cuál es la lógica de ese cambio táctico? La política para el Medio Oriente tiene que ser modificada para garantizar la supremacía imperialista. Se trata de buscar vía negociación y chantajes, elogios y amenazas, lo que con la invasión militar no se arrancó.

El discurso de Obama en la Universidad del Cairo en junio, fue la expresión de esa nueva cara del imperialismo. Preparado habilidosamente para crear esperanzas en la población árabe y musulmana, aprovechándose de la nueva imagen del presidente recién posesionado. Sólo que el límite para ese cambio está dado por el vínculo entre Estados Unidos e Israel, que lo máximo que puede hacer es proponer la reanudación de la política de los dos estados que llevó a los acuerdos de Oslo. La política que llevó Arafat a traicionar la causa palestina y a crear en el lado palestino un simulacro de gobierno completamente servil a Washington y al sionismo, del cual su sucesor, Mahmoud Abbas, es la expresión más ultrajante.

Como dice Ali Abunimah, de Electronic Intifada, refiriéndose al discurso de Obama en el Cairo, es como “Bush con piel de cordero”. Sin dejar ninguna de las apuestas estratégicas del imperialismo, Obama necesita mostrar un rostro amigable, aprovechando su origen étnico y las relaciones familiares que tuvo con la cultura musulmana. Por eso presionó a sus compañeros sionistas para que los laboristas encabezados por Barak entraran en el gobierno con los fascistas del Likud para darle una faceta más ‘humana’. La invitación de Netanyahu, con la lista de aceptación de los laborales, fue patrocinada por el nuevo gobierno de Estados Unidos, ansioso en que los asesinos sionistas presenten al mundo una cara más agradable para mejor pasar la propuesta de imponer a los árabes el reconocimiento de Israel.

Hillary Clinton, en visita a Israel, reafirmó el “leal compromiso” de Estados Unidos con la seguridad de Israel y Obama, en discurso en el Cairo, dirigiéndose a los musulmanes, enfatizó el compromiso de lealtad para con los sionistas. El nuevo gobierno norteamericano continúa sosteniendo a toda costa el régimen nazi del apartheid que detiene centenares de ojivas nucleares y uno de los ejércitos más fuertes del mundo, con la disculpa de que la seguridad de su población civil está amenazada por los cohetes caseros de Gaza. Obama aconsejó los palestinos que actuaran pacíficamente tras comparar su condición a los esclavos negros. Y entonces se dedicó a condenar los atentados palestinos contra los transportes y a lamentar por los niños israelíes heridos. Ni una palabra sobre la masacre de los palestinos por Israel en Gaza. Dijo que va a trabajar con cualquier gobierno que el pueblo de Israel elija. Es decir, aún con esos nazis declarados que proponen y votan leyes racistas y hasta la expulsión de los palestinos, pero impone como condiciones para conversar con el gobierno electo por los palestinos, encabezado por el Hamas, el “reconocimiento de Israel”.  

Ahí está el núcleo central de la política de Obama para la Palestina: aconseja que el pueblo palestino desista de la resistencia armada, que reconozca a Israel, que se resigne a convivir con el estado racista, lo que significa que abandone la lucha por su derecho a la autodeterminación, como ya hicieron Al Fatah y los que apoyan la Autoridad Nacional Palestina (ANP) de Abbas. Y esa política puede tener impacto: según el periódico The Independent, el Primer Ministro y dirigente de Hamas de Gaza, Ismail Haniyeh declaró después de entrevistarse con el expresidente Jimmy Carter, que aceptaría un estado palestino basado en sus fronteras de 1976 y que el movimiento había “escuchado atentamente” el discurso de Obama en el Cairo, que reconocía que Hamas tenía apoyo entre los palestinos pero también tenía responsabilidades. “Encontramos una nueva lengua, un nuevo lenguaje, un nuevo espíritu”, habría declarado Haniyeh.

El discurso de Obama mantiene la estrategia de defender Israel y su “derecho a la seguridad”, lo que significa colonizar y masacrar a los palestinos. Y se limita a dar consejos a sus gobiernos. Pero más que por sus palabras, debemos juzgar a un gobierno por sus actos. El gobierno de Obama ya mostró a que vino, al colocar en su presupuesto para 2010 la suma de 2.775 mil millones de dólares en ayuda militar para Israel, que serán convertidos en misiles, aviones ultramodernos y cantidad de munición para continuar la práctica del terror de Estado contra los palestinos.

* Artículo publicado en Marxismo Vivo n° 21, Julio 2009
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