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La burguesía quiere declarar vencedor a Calderón
Escrito por CECÍLIA TOLEDO   
Domingo 23 de Julio de 2006 00:00

En 1914, cuando Pancho Villa y Emiliano Zapata, líderes de la revolución campesina, entraron al palacio de gobierno, ingenuamente, lo primero que fueron a conocer fue la "silla" en que se sentaba el presidente de la nación. Hoy, esa misma "silla" es objeto de una dura disputa de poder en México, después de las elecciones presidenciales del 2 de julio, que terminaron prácticamente empatadas entre el opositor Andrés Manuel López Obrador, por el PRD (Partido de la Revolución Democrática), y el candidato oficialista Felipe de Jesús Calderón, del PAN (Partido de Acción Nacional).

Después de un primer recuento de los votos, hecho con apuro, para evitar que la crisis se prolongase, Calderón fue declarado vencedor. Obrador protestó y llamó a una manifestación que reunió 300.000 personas (según la prensa) en el centro de la Ciudad de México, denunciando fraude. Algo que es muy probable que haya ocurrido, ya que la burguesía mexicana tiene una larga historia de desvíos de urnas favorables a los adversarios, desaparición de cédulas de votación, manipulación de datos y cosas similares.

De cierta manera, esto fue lo que garantizó la permanencia del PRI (Partido Revolucionario Institucional) en el poder que, después de usurpar las tradiciones de la revolución agraria de 1910, terminó abandonando cualquier veleidad nacionalista y preparando la entrega del país a los EE.UU., a través del Nafta, en 1994. El PRI permaneció 70 años en el poder (desde 1929 a 2000), dominó de forma bonapartista las instituciones del Estado y utilizó el "dedazo" para apuntar al sucesor presidencial, dentro de la filas del propio PRI. Uno de los fraudes más escandalosas fue contra Cuauthémoc Cárdenas, también del PRD, en la elección de 1988.

En 2000, después de algunas medidas de apertura controlada en el régimen y en el proceso electoral, con el beneplácito de EE.UU., el PRI pagó el precio de la entrega y de la corrupción y perdió la elección frente al PAN de Vicente Fox (un representante del ala más entreguista de la burguesía como importante ejecutivo de la Coca-Cola en México).

Calderón representa la continuidad de la política de Fox

Fox también tuvo que enfrentar un desgaste por la aplicación de las políticas entreguistas y neoliberales. No consiguió designar el sucesor que quería (su esposa Marta Sahagun o su ministro Creel) y Calderón se impuso dentro del PAN, tratando de aparecer como neoliberal y proimperialista. Calderón optó por colocarse como o anti-izquierda, el mejor perfil burgués para enfrentar a López Obrador e intentar evitar que México entrase en la ola de gobiernos ?populistas? o de ?izquierda? que recorre América Latina. Por eso, realizó ataques permanentes a Obrador, intentando ligarlo a Chávez.
Pero, si llega a asumir,  Calderón tendrá que gobernar un país totalmente polarizado a partir de la propia campaña y con un Congreso dividido. Este ex-banquero, nunca fue un dirigente político conocido, e ya carga en sus espaldas el repudio de las masas trabajadoras y los sectores más pobres de la población. Este repudio empeoró después de su campaña electoral totalmente montada para atacar a  López Obrador, intentando meter miedo contra su perfil populista en la clase media. 

Candidato del neoliberalismo, programa que no teme en continuar defendiendo, Calderón quiere proseguir en el Nafta y dar continuidad a la política económica de Vicente Fox, que trajo lucros para la gran burguesía y una cierta estabilidad para una parte de la clase madia, al costo de un incremento extremo de la dependencia extrema de la economía mexicana con relación a Estados Unidos y un crecimiento de la miseria para las masas trabajadoras y pobres, a niveles nunca antes vistos en la historia reciente de México.

Durante la campaña, Calderón dejó claros sus lazos con la Iglesia y repitió las banderas de George Bush; no tuvo pruritos en atacar el aborto, la píldora anticonceptiva (incluso la <píldora del día siguiente>) y combatir el casamiento entre homosexuales, cartas en la manga a las cuales ciertamente va apelar cuando lo considere necesario.

Las esperanzas de las masas en López Obrador

Siguiendo una tendencia de los últimos años en América Latina, las masas trabajadoras y pobres de México depositaron sus esperanzas en un candidato de oposición, con un discurso populista, más a la izquierda. Obrador utilizó en su campaña presidencial su experiencia como alcalde de Ciudad de México, cuando apeló al asistencialismo, al mismo tiempo  que llenó los bolsillos de las empresas contratistas locales, gastando millones en obras viales de utilidad dudosa.

Sin embargo, en un país con tamaña desigualdad social, López Obrador significaba para las masas una esperanza de <días mejores> y supo aprovecharse de esa ventaja con relación a Calderón. Trabajó toda la campaña sobre la inmensa desigualdad en la distribución de la renta, que polariza a México y que se reflejo en esta elección, con un programa y un discurso muy parecidos al de Lula o Tabaré Vázquez. Las políticas compensatorias y los programas de distribución de renta, como la ?bolsa-familia? y otros paliativos para una población sufrida, fueron la tónica de su campaña.

La elección mexicana expresa un fenómeno latinoamericano. Corrientes políticas con un discurso de oposición al neoliberalismo y a la entrega de las riquezas al imperialismo logran resultados electorales importantes, ganando las elecciones presidenciales o creando alternativas de masas que alteran el panorama político en sus países. Fue lo que ocurrió con Lula en Brasil, Evo Morales en Bolivia, Ollanta Humala en Perú e, incluso, en Colombia donde, a pesar de la victoria de Uribe, el Polo Democrático Alternativo tuve una votación inédita para la izquierda en el país.

El repudio a la política neoliberal y la entrega al imperialismo, que profundiza la recolonización y la miseria, se expresa, de forma distorsionada en un "voto a la izquierda". También es el caso de López Obrador quien, aunque no tenga nada que ver con ?políticas radicales?, como dijeron sus adversarios, aparece ante las masas como una opción de ?justicia social de los pobres? después del gobierno de Vicente Fox,  en que la desigualdad y la entrega batieron todos los records.

Luchas e crisis económica

López Obrador apoyó su campaña en la difícil situación de la economía mexicana. A pesar del crecimiento del PIB, verificado poco después de la firma del Nafta con los Estados Unidos y Canadá, México viene rápidamente perdiendo capacidad productiva y autonomía económica. Entre los problemas estructurales de su economía, está la caída de la producción agraria, la pérdida de peso de la industria y el drama de la inmigración mexicana para EE.UU., agravado por el desempleo y los bajos salarios. Sólo una parte del país tuvo crecimiento económico, en especial el norte, región más próxima a Estados Unidos, pero fue con la proliferación de las maquilas.

En 2005, como todas las economías latinoamericanas, México tuvo un mejor desempeño, aunque más abajo de otros países, de modo parecido al Brasil. En 2006, el crecimiento, hasta ahora, fue superior a 5%, lo que fortaleció al gobierno de Vicente Fox en las vísperas de la elección. Sin embargo, la dependencia de la economía mexicana con relación a los Estados Unidos aumentó de forma espectacular: el 85% de las exportaciones van para allá. Aunque China ha afectado parte de ese mercado, perjudicando las exportaciones mexicanas.

Este agravamiento de la situación económica viene afectando,  hace bastante tiempo, los distintos sectores de la clase trabajadora y provoca que haya un aumento de la lucha de clases. Desde la huelga de la UNAM había un reflujo en las luchas, pero crecieron mucho en los últimos meses y están entrando en choque con el gobierno y el régimen.

Uno de los conflictos más graves, y que abrió una grave crisis política en el gobierno Fox, fue la lucha de los trabajadores mineros-metalúrgicos. En abril, dos mineros cayeron muertos por la policía en Lázaro Cárdenas, después de tres meses de enfrentamientos. Era una lucha combinada contra las terribles condiciones de trabajo impuestas por la patronal y por la independencia sindical, contra la ingerencia del gobierno en el sindicato. Los trabajadores de la Sección 271 del sindicato minero (Sicartsa de Lázaro Cárdenas) se mantuvieron por más de 60 días e hicieron retroceder a la policía, a pesar de la violenta represión que resultó en la muerte de sus compañeros.

En mayo, un enorme contingente policial atacó brutalmente a los trabajadores y al pueblo de Atenco, dejando dos muertos, más de 200 presos, mujeres violadas y centenares de casos de abusos policiales. Hasta hoy existen presos políticos, víctimas de esa violenta represión.
En junio, en Oaxaca, los profesores en huelga hicieron un campamento en la ciudad que fue violentamente atacado por la policía, con muertos y decenas de heridos.

Todas estas movilizaciones generaron una polarización, pues cuestionan los elementos bonapartistas del régimen y los abusos de la represión policial de un gobierno que se proclama democrático y coloca a orden del día la lucha por la defensa de los derechos de organización y expresión, y por la libertad de los presos políticos.

Fue en este clima que se realizaron las elecciones presidenciales del 2 de julio, con la masiva votación a López Obrador, reveladora de dos fenómenos fundamentales para América Latina. En primer lugar, el enorme repudio de las masas a la política neoliberal y al Nafta, y su disposición de lucha para cambiar este escenario. En segundo lugar, pero no menos importante, la crisis de dirección revolucionaria de las masas mexicanas para organizar este repudio y canalizarlo para barrer del poder a la burguesía, romper con el imperialismo y construir un gobierno de los trabajadores, única manera de revertir el proceso acelerado de recolonización de México, cuya burguesía entreguista viene transformando uno de los más importantes países del continente en una colonia al servicio del imperialismo americano.

El llamado de López Obrador a la movilización en la capital y la postergación de la decisión final sobre las elecciones por los tribunales mexicanos indican la gravedad de la situación. La continuidad de las luchas y la movilización de las masas en repudio a Calderón son fuertes indicativos de que la burguesía y el imperialismo tiene motivo para grandes preocupaciones en México.

El imperialismo norteamericano y el europeo, preocupados con la inestabilidad en un país de la importancia de México, salieron rápido a "reconocer el veredicto de las urnas", apoyando la asunción de Calderón. Por su parte, el PRD de López Obrador, así como representantes de sectores de la burguesía mexicana, incluso perjudicados por las manipulaciones electorales, muy probablemente van a retroceder delante del peligro de una crisis mayor que ponga en riesgo las instituciones burguesas, cediendo a las presiones internacionales y frenando las movilizaciones de repudio. Pero, cualquiera sea el resultado final, el próximo período verá un México dividido y un movimiento de masas en proceso de luchas y reorganización, aproximándose al conjunto de América Latina. 
 


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