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Indignados, Anonymous, Somos el 99%: los socialistas y los nuevos movimientos
Escrito por Henrique Canary   
Lunes 12 de Diciembre de 2011 19:47
Hay, sin sombra de duda, una nueva situación mundial. Las revoluciones árabes, la crisis económica mundial y los planes de “austeridad” impuestos por los gobiernos hicieron despertar, en innumerables países, una infinidad de nuevos movimientos sociales.

“Indignados” y “Democracia Real Ya!”, en España, “Occupy Wall Street” y “Somos el 99%” en 
EE.UU., “Anonymous” en todo el mundo, “Generación a rasca” (en peligro) en Portugal y un largo etc. El carácter espontáneo de esos movimientos es evidente: actos convocados por facebook, carteles de cartón y una increíble creatividad en las formas de lucha y expresión. ¡Son movimientos que inspiran y cautivan!

Pero, más allá de las cuestiones de forma, existen también las cuestiones de contenido. ¿Cuál es el significado más general de todos esos movimientos? ¿Cuáles sus perspectivas? ¿Sus méritos? ¿Sus límites? Una respuesta precisa a esa pregunta es fundamental para una estrategia revolucionaria, que debe evitar tanto el sectarismo estéril frente a los movimientos populares espontáneos, como el oportunismo ante las fuerzas tan vivas y combativas.

¿Por qué mundo se lucha?

Recientemente, Boaventura de Sousa Santos, un intelectual portugués ampliamente reconocido en los nuevos movimientos sociales, escribió un artículo denominado “Carta a las izquierdas”, donde expone las bases teóricas para una “renovación” de lo que él llama de las “izquierdas”. En esta carta, Sousa Santos defiende que “la propiedad privada sólo es un bien social si fuera una entre varias formas de propiedad y si todas fueran protegidas”. Esta frase encierra, en sí, todo un programa pero, lamentablemente, está errada de la primera a la última palabra.

La propiedad privada no es, nunca fue, y nunca será un “bien social”. La propiedad privada es fruto de la apropiación, por un individuo, del trabajo excedente producido por toda la sociedad. ¿Cómo puede, entonces, el robo del trabajo social ser, al mismo tiempo, un bien social? Respuesta: no puede. Por eso, la propiedad privada no debe ser “una entre varias formas de propiedad”. Ella debe ser eliminada y sustituida por la propiedad estatal, primer paso rumbo a su socialización completa.

En el campo político, Sousa Santos afirma: “La defensa de la democracia de alta intensidad es la gran bandera de las izquierdas”. El texto no explica lo qué significa “de alta intensidad”, pero suponemos que sea una democracia más “participativa” que la actual. Pero, el problema fundamental de la democracia no es su mayor o menor “intensidad”, ni la existencia de más o menos mecanismos de participación popular. El problema fundamental es su carácter de clase: una democracia que sirve a la dominación de una clase sobre la otra; que tiene asegurada la victoria del capital en todos los terrenos importantes; que tiene, por detrás de sí, fuerzas represivas salvajes y asesinas; que se basan en leyes que condenan y aplastan la pobreza, en tanto criminalizan la lucha y la organización de la clase trabajadora, en fin, una democracia burguesa.

Un ejemplo práctico de esa concepción de “democracia de alta intensidad” es el movimiento “Democracia Real Ya!” en España, cuyo programa no dice una sola palabra sobre el fin de la monarquía, ni sobre la autodeterminación de las naciones oprimidas por el Estado español, ni sobre la expropiación de los grandes bancos y monopolios españoles. ¿Entonces qué tiene esta nueva democracia de “real” o de “alta intensidad”? ¿En qué instituciones se basará este nuevo modelo “democrático?” ¿En los actuales parlamentos nacionales? ¿En el Parlamento Europeo? Pero, los trabajadores griegos ya están recibiendo una dura lección sobre estas instituciones: millones luchan contra los planes de “austeridad”, en tanto el gobierno y el Parlamento griego permanecen de rodillas ante los bancos alemanes. La verdad es que la democracia burguesa no puede ser reformada, intensificada o radicalizada. Ella debe ser destruida y sustituida por un régimen político absolutamente distinto, no en su forma, sino en su contenido de clase: una democracia obrera, basada en las organizaciones de la clase trabajadora.

El carácter de clase de los nuevos movimientos

La caracterización social de los nuevos movimientos es que son movimientos juveniles-populares sin un claro carácter de clase. Los trabajadores aún representan una pequeña minoría en esas manifestaciones. La excepción es Grecia, donde las luchas tienen los métodos tradicionales de la clase trabajadora: la movilización de masas y la huelga general.

Hasta ahora, lamentablemente, el contenido social de esos movimientos han determinado, también, la relación que éstos establecen con las organizaciones obreras: los sindicatos y los partidos de izquierda. Sobre todo en España y también en Brasil, los nuevos movimientos han sido contrarios a la participación de las organizaciones de la clase trabajadora en los actos, campamentos y manifestaciones. El discurso predominante es que sólo se puede participar de esos movimientos como “persona física”. Veamos ese argumento más de cerca.

El recorte del 13º y 14º salarios, en Portugal, no es un ataque a las “personas físicas” en general, sino a los trabajadores. Medidas similares están siendo tomadas por los gobiernos en España, EE.UU., Grecia y en muchos países. Todo eso ¿qué tiene que ver con las “personas físicas”? ¡Nada!

Es evidente que se trata de ataques de una clase contra la otra: de la burguesía contra el proletariado. Así, nada más justo que los trabajadores participaran no como “personas físicas”, sino como clase, o sea, a través de sus organizaciones políticas y sindicales.

Los sindicatos organizan a los trabajadores por empresa o profesión; los partidos organizan a los trabajadores por afinidad ideológica. Combinadas, esas formas de organización son extremadamente poderosas y podrían significar un salto en la capacidad de movilización, organización y continuidad de todos esos movimientos.

El sentimiento antipartido

El movimiento o red Anonymous se volvió conocido en todo el mundo por haber atacado virtualmente a las webs de la PayPal, Visa, MasterCard y otras operadoras de crédito, que se rehusaban a transferir los donativos hechos a la web de WikiLeaks, desde la detención de Julian Assange, en el 2010. En Brasil, tuvieron un importante papel en la organización de las marchas contra la corrupción el día 7 de setiembre y, también, el 15 de octubre. Su marca registrada es la máscara del personaje “V”, del filme “V de Venganza”. Lamentablemente, durante esas manifestaciones, hubo muchos conflictos alrededor al problema de la presencia de los partidos.

El sentimiento antipartido en este tipo de movimiento tiene una raíz contradictoria: por un lado, es fruto de una idea progresiva -la de que el régimen político burgués, con sus elecciones fraudulentas, su parlamento podrido y carcomido, sus partidos burgueses vendidos y su sistema electoral antidemocrático, no representa a la sociedad. Esta es una gran verdad. Pero, es preciso distinguir entre el régimen político, como un todo y una parte específica de este régimen: las libertades democráticas, que son una enorme conquista del movimiento de masas. Aquellos que exigen que se baje la bandera de un partido de izquierda o que expulsan a los militantes de un sindicato de una manifestación, simplemente pisotean una de las principales libertades democráticas: la libertad de organización.

Se puede argumentar que nadie quiere acabar con la libertad de organización. Sólo se quiere impedir que los partidos “aparateen” a los movimientos. Preocupación justa -método errado. El derecho de organización es inseparable del derecho de expresión. Levantar una bandera es expresarse. Por eso, la prohibición de las banderas tiene consecuencias gravísimas para la unidad y la fuerza del movimiento.

La otra ideología, ampliamente difundida entre esos movimientos, es directamente reaccionaria: es la idea de que el poder no importa, de que la lucha política es, por si sola, corruptora y fuente de degeneración, o sea, el anarquismo. Esa tesis de que debemos construir un “contrapoder” o un “no-poder” puede ser muy hermosa, pero no tiene ningún contenido.

Todas las transformaciones sociales importantes se dieron por medio de revoluciones de masas. Todas las revoluciones de masas colocaron, no sólo la cuestión de la caída del poder sino, también, de su conquista. Aquellos que, ante el poder, se negaran a tomarlo, se alejarán de él como un cáliz envenenado, acabarán conduciendo al movimiento a la derrota y preparando la contraofensiva del enemigo. El Estado y, por lo tanto, el poder y la política, no son una arbitrariedad, sino la expresión inevitable de la división de la sociedad en clases sociales antagónicas. Hacer una revolución social no significa, incluso, acabar con ese antagonismo. Por lo tanto, la toma del poder (y no sólo su derrumbe) continua siendo la tarea de aquellos que quieren vencer.

El consenso y la democracia obrera

¿Cómo resuelven los trabajadores sus divergencias? Por mayoría. La propuesta que obtiene la mayor cantidad de votos es la vencedora. Todos aplican lo que la mayoría decidió. Eso es así en los sindicatos y en los partidos de nuestra clase. Eso se llama “democracia obrera”. Ese método ha sido utilizado desde el surgimiento del movimiento obrero, hace cerca de 200 años. Con él se conquistó pequeñas reformas y se hizo grandes revoluciones.

¿Cómo resuelven sus divergencias los nuevos movimientos? Por consenso. A primera vista, parece mucho más democrático. Al final, en una votación de, digamos, 70% contra 30%, el 30% derrotado será obligado a aplicar una decisión con la cual no concuerdan. El método del consenso tiene como objetivo impedir esa “injusticia”. ¡Sólo se hace aquello en lo que todos concuerdan! Es muy bonito, sin embargo inaplicable.

Cualquier persona que ya haya participado de alguna movilización sabe cuán difícil es convencer a los trabajadores a luchar. Los trabajadores no son seres sedientos por combatir, siempre dispuestos a los más heroicos sacrificios. Eso es una idealización romántica. Los trabajadores son una clase social explotada, oprimida y alienada, que durante la mayor parte del tiempo reproduce las ideas de sus dominadores. Es una clase “en sí”, antes de se convierter en una clase “para sí”. Por eso, casi siempre, hay una enorme mayoría que está en contra de la lucha o tiene miedo de ella. De tiempo en tiempo, esa difícil correlación de fuerzas se invierte, y una parte considerable de los trabajadores gira a la izquierda, cambia de opinión, se dispone a salir a la lucha. Pero, incluso en esos momentos, no é posible convencer a la totalidad de la profesión, de la empresa o de la clase. En la mejor de las hipótesis, se conquista una mayoría más o menos sólida -pero nunca la totalidad.

Por eso, buscamos ganar la conciencia de la mayoría de la clase, nunca de la totalidad. Eso es suficiente para que se haga una huelga, una movilización y hasta una revolución. ¿Qué sucedería si los sindicatos funcionasen por consenso? La respuesta es simple: no sucedería nada, ellos no harían nada, se quedarían paralizados porque siempre habría alguien para “vetar” las decisiones de la dirigencia, de la asamblea o de toda la rama. Sería la dictadura de la minoría sobre la mayoría. No es preciso decir que ese método sería el paraíso de los provocadores, de la patronal y de los gobiernos.

La actitud de los socialistas

Ante movimientos tan heterogéneos y contradictorios, los socialistas adoptan la actitud más paciente y constructiva posible. Queremos marchar juntos y buscaremos todos los acuerdos para eso. Al mismo tiempo, lucharemos en todos los actos y actividades no sólo para que se respete nuestro derecho de expresión (y, por lo tanto, de portar banderas, de declararnos miembros de un partido, etc.), sino y sobre todo, para que esos movimientos se aproximen a la clase trabajadora, adopten sus métodos, se enriquezcan con la experiencia de los viejos combatientes obreros y, al mismo tiempo, rejuvenezcan al movimiento de masas con su creatividad e irreverencia.

Es el propio personaje “V”, del filme “V de Venganza”, que sentencia: “Nadie debería temer a su gobierno. El gobierno es el que debería temer a su pueblo”. Debemos creer que solamente el pueblo trabajador es capaz de imponer a los gobernantes un miedo verdadero. La unidad con los trabajadores y el respeto a sus organizaciones es, por lo tanto, la única garantía de futuro de todos esos movimientos.

Fuente: Opinião Socialista nº 435, Noviembre 2011

Traducción: Laura Sánchez

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