| Educación y movilidad social: una vieja promesa de las élites |
| Escrito por Valério Arcary * |
| Viernes 16 de Diciembre de 2011 01:53 |
Una de las premisas del liberalismo fue la igualdad jurídica de los ciudadanos. La ley sería igual para todos. Derechos y deberes iguales, aunque en una sociedad de desiguales, sería una utopía posible.La promesa de los gobiernos que se sucedieron en el poder, en Brasil, después del fin del régimen militar fue, con todo, más audaz: afirmaron durante las últimas décadas de régimen democrático-liberal que la educación sería una vía de afirmación de mayor justicia social: “estudien y trabajen duro, y tendrán un futuro superior al de vuestros padres”.
Los defensores de un capitalismo más o menos regulado, fuesen liberales o reformistas, con inspiración en la experiencia norteamericana o europea, presumían que la escuela podría cambiar el Brasil disminuyendo las desigualdades sociales. Defendían que a través de la meritocracia, por tanto, da la igualdad de oportunidades, la equidad, existiría la posibilidad de mejorar la vida.
Toda la promesa de la meritocracia consistía en la premisa de una justicia universal. Expliquémonos: siendo las oportunidades de educación y trabajo mucho menores a las necesidades, sería justo regular la selección de los más capaces, más tenaces, más inteligentes, a través de obstáculos o barreras que deberían ser universales. La equidad era el único horizonte posible, porque presumían que la igualdad social sería una utopía. Educación y trabajo para todos garantizarían, se esperaba, una mayor cohesión social a la democracia en Brasil, en la periferia del capitalismo. La democracia liberal afianzaría, gradualmente, prosperidad. Sería una cuestión de paciencia. Los más esforzados tendrían una mejor educación, conseguirían mejores empleos y la movilidad social premiaría el talento y la perseverancia.
Otra forma de ilusión gradualista en las perspectivas de justicia social en los límites del capitalismo fue la esperanza de que una población más educada cambiaría, gradualmente, la realidad política del país. Su fuese así, la Argentina o Corea del Sur, dos ejemplos de sociedades que conquistaron –la primera en el pasado, la segunda más recientemente- índices elevados de escolaridad, no serían infiernos de desigualdad social para los trabajadores. Todas las promesas de que la educación sería un instrumento meritocrático que permitiría, en los países de inserción periférica, que cada uno tuviese su justa función en la sociedad, se desmoronan con la crisis de la globalización y de los ajustes neoliberales de finales de los años noventa.
Fuera de las prioridades
Pero a pesar del discurso meritocrático, la educación estuvo lejos de ser la política social más importante del último período histórico. En San Pablo, el más rico Estado, se construyeron mucho más prisiones que universidades. Liberales y reformistas, en el gobierno, insistieron en que la disminución de la desigualdad no pasaba por retirar de los más ricos para los más pobres, sino elevando el patrón de vida de los trabajadores, sin perjudicar a los capitalistas, que no podrían ser contrariados para fortalecer la disposición para la inversión.
Entretanto, todos los datos estadísticos disponibles a partir del censo de IBGE del 2000 y de los PNAD’s (Encuesta Nacional de Muestro a Domicilio) de los años siguientes informan que, a pesar de mejoras cuantitativas modestas de los índices de la educación, la situación de la educación pública es poco alentadora, y la situación social permanece crítica.
La expansión de la red pública fue significativa en los años sesenta, setenta y ochenta, pero no disminuyó la desigualdad social. Al contrario, la desigualdad aumentó entre los años sesenta y los años noventa, aun cuando el PNB brasileño duplicaba en el intervalo de una década, como entre los años treinta y setenta. El aumento de la escolaridad media ocurrió muy tarde en relación con la velocidad de la industrialización, y fue muy lento. El costo de la universalización de la educación se reveló muy alto. El capitalismo brasileño fue incapaz de garantizar un financiamiento suficiente del Estado para el costeo de la escuela obligatoria, de calidad y universal.
Después, a partir de los años noventa, vinieron las políticas sociales focalizadas –primero en un gobierno del PSDB en Campinas (estado de São Paulo), después en el de Cristóvão Buarque electo por el PT en Brasilia y, finalmente con el de FHC- que los gobiernos de Lula y Dilma perseveraron y aumentaron en escala. En el intervalo que va desde 1980 al 2008, el PNB brasileño se duplicó si consideramos la paridad del poder adquisitivo como un factor de ajuste, más la población también se duplicó, o sea, la renta per cápita permaneció estancada. Considerando estos números fríos de larga duración, el Brasil ni avanzó, ni retrocedió: se transformó en una sociedad de capitalismo de bajo crecimiento.
Mobilidad congelada
La movilidad social, o sea, la esperanza de ascenso social de una generación a otra se vuelve muy pequeña. Los estudios de estos últimos años que descubren un Brasil con mayoría de “clase media” (porque un poco más del 50% de la población tendrán una renta familiar mensual igual o superior a 1.200 reales, o sea, tuvieron la capacidad de endeudarse para comprar algunos bienes durables con la expansión del crédito consignado) son insuficientes para justificar el optimismo. La desigualdad social brasileña continúa entre las más elevadas del mundo, y la participación del trabajo sobre el conjunto de la riqueza nacional disminuyó de más del 50% antes de 1964 a menos del 40% en nuestros días.
En más de veinte años de democracia y de alternancia en el poder municipal, estadual y nacional entre la centro-derecha y centro-izquierda, que tuvieron la oportunidad de aplicar las más variadas políticas económicas y los más diferentes proyectos educacionales, no trajeron mayor movilidad social. Según los datos del IBGE, los 10% más ricos de la población aún son dueños del 46% del total de la renta nacional. Y el 50% de los más pobres sólo se quedan con el 13,3%.
El resumen de la ópera es que el Brasil entró en decadencia, y la escuela pública se pervirtió como instrumento del ascenso social. Sería ingenuo imaginar que esa degradación de la promesa de equidad meritocrática por la educación no tendría consecuencia en las escuelas: desmotivación de los alumnos y desmoralización de los profesores.
La escuela es hoy un encuentro de socialización, pero ya no es un encuentro con un tesoro científico y el repertorio cultural que la humanidad construyó. Los profesores se sienten tristes, siendo la última línea de la defensa de la escuela pública. Nosotros sentimos esa angustia, que es reconocer que la escuela agoniza. Nosotros somos, con todo, los guardianes de una promesa: que a través del arte, la cultura y la ciencia que las generaciones anteriores nos legaron, podemos construir un mundo mejor.
* Profesor do IF/SP (Instituto Federal de Educación, Ciencia y Tecnología), y doctor en Historia pela USP |
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Una de las premisas del liberalismo fue la igualdad jurídica de los ciudadanos. La ley sería igual para todos. Derechos y deberes iguales, aunque en una sociedad de desiguales, sería una utopía posible.















