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La primer semana de noviembre, el tribunal que juzgaba al depuesto presidente iraquí, Saddam Hussein, lo condenó a morir ahorcado por la matanza de 148 habitantes chiítas del poblado de Dujail, al norte de Bagdad, en 1982.
Saddam fue un dictador que reprimió de modo sangriento al pueblo iraquí, especialmente a los chiítas y kurdos. Sin dudas es responsable de este y otros crímenes. Sin embargo, este juicio sólo puede ser calificado como una farsa completa, propia de una "justicia colonial".
En primer lugar, porque su verdadero objetivo no es "hacer justicia" a favor del pueblo iraquí sino cubrir con un manto de "legalidad jurídica" a la invasión y la ocupación de Irak por parte de tropas imperialistas, cuya excusa principal fue, precisamente, "liberar" ese país de la "tiranía de Saddam Husseim".
En segundo lugar, porque el tribunal que lo juzgó es parte de un gobierno títere, agente de una ocupación colonial que ya causó 655.000 muertos en el país (ver recuadro) y utiliza de modo indiscriminado el método de la tortura y la matanza de civiles. Los crímenes cometidos por la ocupación son muchos mayores que los Saddam, pero ellos no son condenados ni juzgados. Por el contrario, son alentados por el gobierno estadounidenses y sus títeres en Irak. Recordemos que el gobierno Bush acaba de aprobar una ley liberando la tortura a los prisioneros considerados "combatientes enemigos".
En tercer lugar, con total hipocresía, se lo condena por un crimen que fue cometido en momentos en que Saddam era un aliado de imperialismo estadounidense y desarrollaba una guerra contra Irán, con el objetivo de debilitar a la revolución en este país.
En esos años, el imperialismo se calló la boca frente a los crímenes de Saddam, como siempre lo hace frente a todos los dictadores que le son útiles. Recordemos la respuesta que Franklin D. Roosevelt, entonces presidente de EE.UU., dio a quien le señalaba las atrocidades cometidos por Anastasio Somoza padre, en Nicaragua: "será un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta". Después de la invasión a Kuwait, en 1990, Sadam dejó de ser un "aliado" y pasó a ser un "enemigo". Por eso, los crímenes antes aceptados ahora son "condenados".
Nosotros no tenemos dudas de que Saddam merece ser juzgado y condenado por sus atrocidades. Pero ni el imperialismo criminal ni su gobierno títere en Irak tienen ningún derecho político ni moral para hacerlo. Sólo el pueblo iraquí tiene ese verdadero derecho para eso. Pero sólo podrá ser ejercido de modo efectivo una vez que los ocupantes imperialistas y sus títeres iraquíes hayan sido derrotados y expulsados del país. Por eso, denunciamos este juicio como una verdadera farsa y rechazamos la condena con que ha finalizado ese proceso.
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