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Ganar a las mujeres para el partido y la revolución
Escrito por Liga Internacional de los Trabajadores (LIT-CI)   
Martes 27 de Julio de 2010 13:38
Introducción
1- La mujer en el mercado de trabajo
2- El trabajo doméstico
3- Un poco de história
4-La Revolución Rusa
5- Las luchas en los años 60-70
6- La Marcha Mundial y el stalinismo
7- Relación entre opresión y explotación
8- La organización de las mujeres
9- Combatir el machismo en todos los frentes
10- La LIT ante este desafío
 
Introducción
 
“No puede existir un verdadero partido revolucionario sin la participación de las mujeres”. Esa frase de Lenin coloca a la LIT y sus secciones ante una necesidad imperiosa e impostergable: desarrollar de forma organizada y consciente el trabajo político entre las mujeres de la clase trabajadora, incorporar en nuestro programa y en nuestra actividad política cotidiana la lucha contra la opresión y las distintas formas de discriminación, en especial erradicar el machismo de nuestras filas y organizar a las mujeres para asumirse al frente de esa lucha, ganando y formando cuadros femeninos para las filas de la LIT y todas nuestras secciones.

Si tenemos acuerdo en construir nuestros partidos en el seno de la clase obrera y, sobre todo, entre sus sectores más explotados y oprimidos, debemos tener una política clara para organizar a las mujeres trabajadoras para enfrentar la opresión y la explotación.

Las mujeres trabajadoras y pobres vienen soportando sobre sus hombros, en todos los países del mundo, los peores efectos de la crisis crónica del capitalismo imperialista, tanto aquellas que viven en los países explotados, coloniales y semicoloniales, como aquellas que son superexplotadas en los países imperialistas de Europa y Estados Unidos. Su situación de explotadas, recibiendo los peores salarios, ocupando los peores puestos de trabajo, viviendo a merced del desempleo inminente y teniendo que cumplir una doble jornada, se combina con el agravamiento sin precedentes de todo tipo de opresión y humillación, un aumento sin precedentes de los índices de violencia doméstica, asedio moral y sexual. Mientras las Iglesias y los gobiernos prohíben el aborto y llevan a la muerte o a la mutilación a miles de mujeres, se vive una ola ascendente de los índices de gravidez en la adolescencia y mortalidad materna. Esa combinación entre opresión y explotación coloca a la mujer trabajadora y pobre al borde de la barbarie en este nuevo milenio.

En contrapartida, ellas vienen participando cada vez más activamente de las luchas de la clase trabajadora, tanto urbanas como rurales, y de las luchas estudiantiles. Incluso, con el aumento absurdo de las prácticas machistas y de la “moral del vale todo”, las mujeres están participando cada vez más de las acciones políticas de la clase trabajadora. Sin embargo, encuentran al frente direcciones reformistas, que tratan de restringir las reivindicaciones de las mujeres a las cuestiones de género, de carácter policlasista, para engañar a las mujeres trabajadoras y vaciar de contenido sus luchas.

1- La situación de la mujer en el mercado de trabajo

En la mayoría de países del mundo, las mujeres ya son la mitad de la clase trabajadora y, con la introducción de las políticas neoliberales ampliando la oferta de trabajos precarios, mal pagados, tercerizados e intensivos, tiende a aumentar el número de mujeres y demás sectores oprimidos en el seno de la clase.
En el documento Tendencias mundiales del empleo entre las mujeres, divulgado en ocasión del día 8 de marzo del 2008, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) informa que en la última década se dio un salto histórico con el ingreso de 200 millones de mujeres en los mercados de trabajo de todo el mundo. Sin embargo, el mismo documento constata que esas trabajadoras están más expuestas que los hombres a ocupar puestos de trabajo de baja productividad, con bajos salarios, sin protección social, sin derechos laborales y altamente vulnerables al desempleo.

Tanto es así, que el documento informa que en el mismo período en que 200 millones de mujeres ingresaron al mercado de trabajo, el número de desempleadas dio un salto de 70,2 a 81,6 millones. El estudio informa, también que, por cada 100 hombres hay 70 mujeres económicamente activas y que están concentradas sobre todo en el sector de servicios, que durante la década pasada superó a la agricultura como principal fuente de empleo para las mujeres, sin contar el trabajo doméstico, donde las mujeres son la amplia mayoría. Tanto que en el 2007 solamente el 31.1% de las mujeres trabajaban en la agricultura, en tanto que el 46.3% se concentraba en el sector servicios. 

Así, la mano de obra femenina, como principal componente del ejército industrial de reserva, continúa funcionando como un “regulador” del mercado de trabajo. El movimiento laboral femenino continúa hoy repitiendo al movimiento tradicional del capitalismo, señalado por Harry Braverman en los años 60-70 (Trabajo y capital monopolista. La degradación del trabajo en el siglo XX, Capítulo 5 “La estructura de la clase trabajadora”).

La inversión tecnológica en la industria y en los sectores de punta liberan masas de trabajo para la explotación en otros sectores, menos mecanizados, donde las tasas de salario son mantenidas bajas por la continua disponibilidad de población excedente relativa lo que, por su parte, estimula la inversión de capital en formas de trabajo que exigen masas de trabajo manual a bajo costo. “En consecuencia, vemos en la industria capitalista una tendencia secular a la acumulación de trabajo en aquellos segmentos de la industria y del comercio menos afectados por la revolución técnico-científica: el sector de servicios, ventas y otras formas de comercialización y trabajo en escritorio, en la medida en que no sean mecanizados”.

Braverman recuerda que como consecuencia de la internacionalización del trabajo, los países imperialistas pasaron a disponer de una vasta reserva de mano de obra que se extiende desde la India y Pakistán, hacia el este, pasando por África y el sur de Europa, por todo el Caribe y otras partes de América Latina, en occidente. Trabajadores hindúes, paquistaníes, turcos, griegos, italianos, africanos, españoles y otros fueron integrados al mercado como los sectores más explotados, cumpliendo el mismo papel que los portorriqueños, mexicanos y otros en los EE.UU., además de los negros en América Latina. Al mismo tiempo, en un proceso que discrimina razas y nacionalidades, la porción femenina de la población se volvió la principal reserva de trabajo. Braverman señala que en todos los sectores de la clase trabajadora, los que más rápidamente crecen, son los constituidos en mayoría, de mujeres, reserva ideal de trabajo para los nuevos oficios masivos, y confinadas a las escalas de salarios más bajas.

Esa gran cantidad es garantía, por su parte, en un considerable período de tiempo por la participación, en un nivel menor, en la población trabajadora, para la cual la mujer no entró en la era del capital monopolista. En tanto, la población masculina presenta un lento declive de participación (lo que pasa como una forma oculta del aumento del desempleo), las mujeres vienen participando en el empleo en una tasa rápidamente creciente a lo largo del siglo. Para el capital, eso expresa el movimiento ascendente de las ocupaciones mal pagadas, domésticas y “suplementarias”.

Por otro lado, la masa de empleo no puede ser separada de la masa de desempleo, que engorda el ejército industrial de reserva o población excedente relativa, donde las mujeres constituyen una parte esencial junto con los inmigrantes, la población negra y las reservas extranjeras de trabajo. Entre las 3 formas de ejército de reserva señaladas por Marx –la fluctuante, la latente y la estancada , en la situación actual las mujeres participan de las 3 formas pero hoy, en la mayoría de los países, la mujer es, sobre todo, mano de obra estancada, un excedente relativo que está “a la espera de trabajo”, a disposición del mercado y se destina, prioritariamente, a los puestos de trabajo irregulares, precarios, eventuales y marginales, que se mixturan con el “sedimento”, como Marx definía a la población excedente relativa que habita el mundo del pauperismo. El pauperismo es una condición de la producción capitalista, una población irregular y, ocasionalmente, empleada que provee al capital una reserva inagotable de fuerza de trabajo siempre disponible y elástica, que entra y sale del mercado conforme los intereses del capital. Son los sectores peor pagados y, por eso, sus condiciones de vida están por debajo del nivel normal de la clase trabajadora, haciendo de ella, al mismo tiempo, la amplia base de ramas especiales de explotación. No es casual que la ONU indique que el 70% de los pobres del mundo son mujeres. Son las mujeres, sobre todo las mujeres negras, las que soportan esa condición de la producción capitalista, como porción donde se concentra el pauperismo.

En los últimos años, el aumento de la población femenina en el mercado de trabajo viene creciendo en oposición a la masculina. Braverman explica que esos dos movimientos son contradictorios sólo en la forma, porque en la esencia representan dos aspectos del mismo fenómeno: el aumento de la masa relativa del ejército industrial de reserva. “Entre los hombres, asume la forma de un atolladero en las filas de los llamados no participantes en la fuerza de trabajo (población estancada) y entre las mujeres asume la forma de un creciente volumen de trabajo femenino que sale de la masa de mujeres que no trabajaban anteriormente, y representa un aumento de la reserva fluctuante o estancada”.

La desigualdad salarial entre hombres y mujeres, sobre todo debido a su concentración en ocupaciones menos remuneradas, muestra la concentración del empleo mejor pagado entre los técnicos (así como hombres de profesiones liberales y gerenciales) por un lado, y la tendencia de la masa de funciones de la clase trabajadora que gira en dirección a las ocupaciones femeninas de remuneración más baja, por otro; eso apunta a una polarización de la renta. Los sectores que más crecen (como el de servicios, empleados de comercio y empleo doméstico) ocupados, sobre todo, por mujeres, negros, los más jóvenes y los inmigrantes, son aquellos con índices de salario inferiores a la media. En cuanto al sector de servicios, existe una parte desproporcionada de aquellos que ganan salarios menores, empujando hacia abajo el promedio del sector y, al mismo tiempo, todos los trabajadores en el sector servicios, sea cual fuera su edad, color o sexo, reciben salarios más bajos.

Hay una tendencia a ampliar el número de empleos mal pagados, tendencia que es uno de los factores que llevan a lo que Marx llamaba una “acumulación de la miseria, correspondiendo a una acumulación del capital”; y eso sucede independiente del gran número de mujeres absorbidas por los empleos asalariados de bajo nivel. Por eso, Braverman dice que, en relación a la distribución de la renta salarial, se acostumbra despreciar el empleo femenino, que es considerado temporal, incidental y fortuito cuando, en realidad, debería ser colocado al centro de todos los estudios sobre el mundo laboral hoy. Es el empleo femenino el que explica el volumen de la alternancia ocupacional e industrial, y por eso constituye el volumen de las nuevas ocupaciones de la clase trabajadora.

Esta es una conclusión importante para entender la relevancia que tiene para la clase trabajadora la lucha contra la opresión de la mujer. La opresión sirve al capital para aumentar su tasa de ganancia sobre el trabajo femenino en dos instancias: a) en la producción social, mantiene la desigualdad salarial y con eso extrae una tasa extra de plusvalía sobre el trabajo femenino, en tanto nivela por abajo la tasa salarial de ramas enteras de la producción. Además, mantiene a la mujer como parte importante del ejército industrial de reserva, sometida a un desempleo latente. Cuando necesitan desemplear, los capitalistas aprovechan para despedir primero a las mujeres, que regresan al trabajo doméstico, lo que disimula el problema. Así, mantienen bajo control al conjunto de la clase trabajadora, y b) en el trabajo doméstico, donde la mujer garantiza el proceso de reproducción de la fuerza de trabajo sin la necesaria inversión de capital, únicamente por medio del esfuerzo de la familia obrera y la doble jornada de la mujer.

Por lo tanto, para el capital la opresión de la mujer es una masa de millones de trabajadoras que venden su fuerza de trabajo a un precio más bajo y que aún llevan encima el ejercicio de una doble jornada sin ninguna remuneración.

Este breve retrato de la situación de la mujer en el mercado de trabajo, siendo ya el 51% de la clase trabajadora, y sometida a una explotación brutal y desenfrenada, la obliga a vender su fuerza de trabajo a bajo costo, permitiendo que el capital extraiga una supercuota de plusvalía, nos da la idea de la importancia de hacer un trabajo político entre las mujeres, de ganarlas para el partido y para la lucha por el socialismo. Ellas tienen un interés directo en esa lucha, lo que confirma plenamente la opinión de Lenin, para quien no habrá un verdadero movimiento de masas sin la participación masiva de millones de mujeres trabajadoras y pobres.
 
2- El trabajo doméstico

Para entender la situación de las mujeres es necesario entender el significado del trabajo doméstico. El trabajo doméstico es tan importante que fue la primera preocupación de la dirección bolchevique luego del triunfo de la Revolución de Octubre.

El hecho de que el trabajo doméstico recaiga sobre los hombros de las mujeres hace toda la diferencia, porque el aumento de la tasa de incorporación de las mujeres en el mercado de trabajo no significa que ellas estén más emancipadas, sobre todo porque continúan acumulando las tareas domésticas, incluso con empleos fijos. La división de las tareas domésticas con los hombres aún es incipiente e, incluso, en esos casos aparece como una ayuda y no excluye la responsabilidad de la mujer por ese trabajo. Ese es el mayor factor de sobrecarga opresiva sobre las mujeres de la clase trabajadora, obligadas a soportar largas y penosas jornadas en las fábricas, en los bancos, en los hospitales, en las escuelas, como profesoras e, incluso, como campesina y, además, cargas con las responsabilidades de la casa. El resultado ha sido un crecimiento de la incidencia de alcoholismo entre las mujeres, de problemas cardíacos y nerviosos, ya que son forzadas a vivir como equilibristas entre innumerables tareas que no tienen condiciones de cumplir con alegría. Las mujeres trabajadoras y pobres no pueden contar con servicios públicos de calidad, lo que agrava aún más su situación ya difícil. En los países periféricos y entre los inmigrantes en los países imperialistas, gran parte de la clase trabajadora vive en barriadas pobres, en condiciones de vida subhumanas que penalizan sobremanera a las mujeres.

Pero el trabajo doméstico no puede ser visto como un problema específico de las mujeres, y sí como una imposición del capitalismo, para suplir el proceso de reproducción de la fuerza de trabajo y al mismo tiempo mantener un ejército industrial de reserva, con mano de obra disponible y a bajo costo. El problema de la reproducción de la fuerza de trabajo es explicada por Marx en El Capital: La fuerza de trabajo es la única mercancía que produce valor, ya que el valor que produce es siempre superior a su propio valor (éste se transforma en salario, entendido como lo necesario para su sobrevivencia, tanto en el sentido estricto como en el sentido social). La diferencia entre el valor producido por la fuerza de trabajo y su propio valor es la plusvalía (Marx, El Capital). Siendo así, de ese salario, pago del “costo de reproducción de la fuerza de trabajo”, se descuenta el trabajo hecho en el seno de la familia, el trabajo doméstico. Es una acumulación de gastos sociales que el capitalismo realiza de forma permanente, a costa de las mujeres. De esa forma, el capitalismo explota la separación entre el proceso de producción de mercaderías y el proceso de reproducción de la población, para incrementar la extracción de plusvalía. El trabajo doméstico realiza, gratis, el proceso de reproducción y mantención de la fuerza de trabajo para el capitalista y, para eso, el capital cuenta, sobre todo, con las mujeres, en especial las mujeres negras que son la amplia mayoría de las empleadas domésticas.

Mientras avanza la crisis del capitalismo, más empresas tienden a usar el trabajo doméstico de las mujeres para cumplir tareas que deberían ser hechas en el proceso de producción. Para economizar gastos, las empresas cierran los comedores o lavanderías propias, y esos servicios pasan a ser hechos en el hogar, a costa de las mujeres y del salario de la familia. Helena Hirata cita el ejemplo de la industria del vidrio, en Japón, en donde las fábricas son responsables por la limpieza diaria de los uniformes; algunas tienen un funcionario responsable por la lavandería, otras tenían máquinas que eran operadas por los mismos obreros. En cambio, en Brasil y en Francia, los obreros llevan sus uniformes a la casa, y allí son lavados por sus mujeres, en lavadoras o en la batea. (Hirata, 2002, p.80).     

A pesar de haber un aumento en la producción de electrodomésticos destinados a “facilitar” el trabajo en el hogar, éstos aún continúan inaccesibles para la mayoría de las mujeres trabajadoras y pobres. En los países coloniales y semi coloniales, gran parte de la clase trabajadora vive en barrios miserables, en habitaciones precarias, sin saneamiento básico y agua estancada, lo que vuelve al trabajo doméstico aún más penoso para las mujeres. Sin contar que la tendencia del capitalismo ha sido la privatización acelerada de los servicios públicos, como educación y salud, y al encarecimiento de los alimentos industrializados, obligando a las familias trabajadoras a suplir esas necesidades dentro del propio hogar.

En los países imperialistas, son las mujeres inmigrantes las que ocupan la mayor parte de los puestos en servicios domésticos, mal pagadas y expuestas a un trabajo exhaustivo y humillante. Es la doble explotación a la que el capitalismo somete a la mujer, además de trabajar para el patrón, ella trabaja en casa para el marido, lo que, además de dejarla agostada en sus fuerzas físicas, refuerza y reproduce el machismo entre los hijos y en el conjunto de la sociedad.

La responsabilidad por el trabajo doméstico, por tanto, hace que las mujeres tengan una relación diferente con la sociedad. Cuando una mujer sale de la fábrica, después de un día entero de trabajo, va a su casa a cocinar, cuidar de los hijos, limpiar la casa, etc. El trabajo doméstico, por lo tanto, ocupa el tiempo que ella podría dedicar a sí misma, al descanso, al pasatiempo o a la formación política y a la militancia.

Eso significa que no podemos tratar de forma igual a un hombre y a una mujer que queremos captar para el partido. Las reuniones y actividades partidarias tienen que ser adaptadas a ese ritmo de vida, diferenciado, de las mujeres. Es muy progresivo que argumentemos que las mujeres deben librarse del trabajo doméstico, deben insistir con sus maridos e hijos para que dividan con ella esas tareas. Sin embargo, no podemos cerrar los ojos a la realidad de millones de mujeres que no tienen otra salida a no ser continuar cargando con el peso de esas tareas, que no son tareas que pueden ser dejadas de lado, de un día para el otro.

Por otro lado, también no podemos ignorar el hecho de que innumerables mujeres están convencidas de que las tareas domésticas son de su responsabilidad, y se sienten ofendidas cuando las subestimamos o las tratamos como si fuesen personas incapaces de hacer otra cosa, o seres alienados.

Si queremos realmente que las mujeres entren al partido y permanezcan dentro, todo nuestro trabajo político tiene que se reformulado. Y la primera condición para acertar en ese terreno es partir del respeto por la vida y la situación de las mujeres trabajadoras, de la comprensión del papel que cumplen las ideologías nefastas que fueron impuestas en su conciencia desde la infancia y que no se cambian de la noche a la mañana, sobretodo si no cambian las bases materiales para ello.

Tenemos que saber que para que una mujer trabajadora, quien critica su dedicación a la familia y al trabajo doméstico es alguien que está criticando y desvalorizando aspectos que para ella son fundamentales, muchas veces, son las únicas cosas que ella tiene en la vida. Recordamos aquí lo que decía Clara Zetkin sobre la propaganda socialista entre las mujeres. Para ella, no es tarea de los revolucionarios tratar de alejar a la mujer proletaria de sus responsabilidades como madre y ama de casa. “Por el contrario, ella debe ser incentivada a cumplir esas tareas lo mejor posible, pero en interés de la liberación del proletariado. Cuando mejores fueran las condiciones dentro de la familia, cuanto más efectiva ella es dentro de la casa, ella será más capaz de luchar. Tanto mejor ella podrá servir como educadora y orientadora para sus hijos, tanto mejor ella será capaz de mostrarles que es necesario continuar la lucha por la liberación del proletariado” (discurso pronunciado el 16 de octubre de 1896 en Berlín, ante el Congreso del Partido Socialdemócrata Alemán).

Eso no significa defender el trabajo doméstico o sentir compasión por las mujeres, sino tener una actitud política que nos permita aproximarnos a las mujeres y “mostrar que los socialistas comprenden su situación y tienen una salida concreta para ella”, como indicó Lenin. La necesidad de estar atentos y tratar de comprender a fondo la situación contradictoria que vive la mujer de la clase trabajadora en el capitalismo, dividida entre la ideología de que nació para ser madre y esposa y los enormes obstáculos que encuentra en ese camino, es parte esencial del proceso de construcción del partido revolucionario. Esa contradicción es agravada en aquellas mujeres que también aspiran a una carrera profesional, a estudiar y, sobre todo, a entrar en un partido político. Ahí ella enfrenta otros obstáculos aún más poderosos, como la discriminación y el machismo, tanto dentro de la casa como en los organismos de la clase y en el propio partido.

3- Un poco de historia
 
La lucha de las mujeres contra la opresión pasó por varios momentos desde el siglo XIX hasta hoy. Históricamente, las mujeres en Inglaterra y en EE.UU. peleaban sobretodo por derechos y oportunidades iguales e involucraba básicamente a las mujeres burguesas. En el siglo XIX, gran parte de las luchas femeninas era por el derecho a la educación y a la profesionalización. Esas luchas llegaron a su auge con el movimiento sufragista de finales del siglo XIX e inicios del XX, en la primera campaña internacional de las mujeres por el derecho al voto.

Ese período estuvo marcado, sobre todo en Europa y EE.UU., por el desarrollo del capitalismo y la incorporación en masa de las mujeres al mercado de trabajo, cuando la extrema opresión que llegaba al conjunto de las mujeres quedó más evidenciada para las mujeres de la clase trabajadora, porque se combinó con las formas más brutales de explotación a que fueron sometidas en las fábricas. Continuó la expansión mundial del capitalismo y la consolidación del imperialismo, por un lado y, por otro, el proceso de organización del proletariado, que dio origen a la I Internacional, a los grandes sindicatos, después a la II Internacional y los partidos obreros revolucionarios de masas, cuya mayor expresión fue la socialdemocracia alemana, hasta la I Guerra Mundial y, después el Partido Bolchevique, que dirigió la primera revolución socialista triunfante de la historia del movimiento obrero, la Revolución Rusa, en octubre de 1917.

En ese período, las luchas femeninas tuvieron como característica general su carácter de clase: de un lado estaban burguesas exigiendo el derecho a la herencia y el voto para las mujeres que tuviesen propiedades y, del otro, siguiendo a los partidos obreros y a los sindicatos y como parte directa de las luchas obreras, las mujeres trabajadoras, que exigían mejores condiciones de trabajo, reducción de la jornada y el voto universal. En Francia, durante la revolución de 1848, las mujeres trabajadoras comienzan a reivindicar con más fuerza sus derechos: dejar de ser esclavas de los hombres, ser admitidas en las asambleas, que pudiesen discutir y decidir sus propios asuntos, que recibiesen salarios decentes a cambio de su trabajo, para que no tener que depender de los hombres. Exigían, también, que las jóvenes que habían sido seducidas y después abandonadas, pudiesen cuidar de sus hijos “sin deshonra” y que la vergüenza debería recaer sobre los hombres. Surgen los primeros círculos femeninos, como la Unión de las Trabajadoras, el Círculo de las Lavanderas y otros, que logran importantes conquistas, como la reducción de la jornada de 14 a 12 horas para las lavanderas, y el derecho de presentar sus reivindicaciones directamente a los poderes públicos.

El desarrollo de la clase trabajadora trae consigo la organización de las mujeres dentro de los propios sindicatos, como medio de defenderse de la terrible explotación a que eran sometidas. En 1865, el III Congreso de la Liga de las Sociedades Obreras alemanas aprueba la lucha por la igualdad entre el hombre y la mujer, la creación de escuelas superiores para las mujeres, la fundación de asociaciones obreras y el derecho de voto para las mujeres.

A pesar de que aún no tenían un programa claro en relación a la causa de la emancipación femenina, la I Internacional, fundada por Marx y Engels en 1864, tuvo un papel decisivo en la incorporación de las reivindicaciones femeninas en el programa general de la clase. Contra todas las costumbres de la época, elige a una mujer para su Consejo General, la sindicalista inglesa Henrietta Law. Fue un paso tan importante que Marx relata haber recibido innumerables cartas de mujeres queriendo afiliarse a la Internacional. Tanto es así, que él, personalmente, presentó una moción al Consejo General para que se organizasen secciones especiales de mujeres trabajadoras en las fábricas y zonas industriales de las ciudades donde hubiese grandes concentraciones de trabajadoras, alertando que eso no debía, de forma alguna, interferir en la construcción de secciones mixtas.

De 1865 hasta mediados de la década de 1880, el movimiento socialista en Alemania estuvo dividido entre los seguidores de Ferdinand Lasalle y los marxistas, dirigidos por Wilhelm Liebknecht y August Bebel. En1875, los dos grupos se unieron en un único partido, el SPD (Partido Socialdemócrata Alemán), pero mantuvieron serias divergencias dentro de la organización. Los lasalleanos se oponían a exigir la igualdad de derechos para la mujer como parte del programa del partido. Para ellos, las mujeres eran criaturas inferiores, cuyo lugar predestinado era el hogar. La victoria del socialismo, asegurando al marido un salario adecuado para abastecer a toda la familia, las llevaría de regreso a su hábitat natural, ya que no tendrían que trabajar por un salario. Los primeros programas de los socialdemócratas alemanes exigían sólo “plenos derechos políticos para los adultos” –dejando ambigua la cuestión de si la mujer era considerada adulta o no.

La ideología de que el "lugar de la mujer es el hogar” tuvo como uno de sus mayores impulsores al pensador francés Pierre-Joseph Proudhon quien, junto con Bakunín llevó adelante el movimiento anarquista en la década de 1860, que fue uno de los más serios rivales de las ideas marxistas en el plano internacional. Para Proudhon y los seguidores del anarquismo, la función de la mujer era la procreación y las tareas domésticas; aquella que trabajaba (fuera de casa) estaba robando el trabajo del hombre. El llegó a proponer que el marido tuviese derecho de vida o muerte sobre su mujer, por desobediencia o mal carácter, y demostraba, mediante una relación aritmética, la inferioridad del cerebro femenino sobre el masculino.

El prejuicio en contra de las mujeres envenenó a tal punto al movimiento obrero que, en 1867 los dirigentes de la Internacional llegaron al colmo de hacer la siguiente declaración solemne: “En nombre de la libertad de conciencia, en nombre de la iniciativa individual, en nombre de la libertad de la madre, debemos arrancarla de la fábrica que la desmoraliza y la mata, a esa mujer que soñamos libre... la mujer tiene por objetivo esencial el de ser madre de familia, ella debe permanecer en el hogar, el trabajo se le debe prohibir”.
 
En 1875, en el Congreso de Gotha, los socialistas alemanes, sensibles a las ideas de Proudhon, se oponen al grupo marxista dirigido por Bebel, que quería inscribir en el programa del partido la igualdad del hombre y de la mujer. El Congreso derrota a Bebel afirmando que “las mujeres no están preparadas para ejercer sus derechos".
 
Según Marx, la lucha por la igualdad entre el hombre y la mujer no era una lucha sólo ideológica, sino concreta, y partía de la necesidad de que la mujer se insertase en la producción social. Por eso, en 1866, él presenta a la Internacional una resolución en favor del trabajo de los niños y las mujeres, desde que estaban reglamentados por ley. El pensaba que el trabajo no podía separarse de la educación y era benéfico para los seres humanos. “Si los efectos inmediatos (del trabajo de los niños y las mujeres) son terribles y repugnantes, no por eso, el trabajo deja de contribuir al dar a las mujeres, jóvenes y niños de ambos sexos una parte importante en el proceso de producción fuera del medio doméstico, en la creación de nuevas bases económicas, necesarias para una forma más elevada de la familia y de la relación entre los dos sexos” (El Capital).
 
Igual opinaba Engels, para quien “la emancipación de la mujer, su igualdad de condición con el hombre, es y continúa siendo imposible en tanto la mujer permanezca excluida del trabajo social productivo y debe limitarse al trabajo privado doméstico… La liberación de la mujer tiene como condición primera la incorporación de todo el sexo en la industria pública” (Origen de la Familia).
 
Hasta mediados del siglo XIX, la idea de que la mujer tiene que quedarse en la casa, permaneció casi inalterada, pero la realidad otra vez se mostró más fuerte: la mujer trabajaba porque necesitaba sobrevivir.

En 1883, August Bebel publicó el libro La mujer y el socialismo, un marco en la lucha por la liberación de la mujer. En opinión de Clara Zetkin, ese libro no debe ser juzgado de acuerdo con sus aspectos positivos o negativos, sino por el contexto de aquella época en que fue escrito, “y, en ese sentido, él fue más que un libro, fue un evento porque señaló, por primera vez, la conexión que existe entre la cuestión de la mujer y el desarrollo histórico. Por primera vez se oye, por medio de ese libro, el llamado: nosotros solamente vamos a conquistar el futuro si conseguimos convencer a las mujeres que se tornen nuestras compañeras en esa lucha” (Berlín, 1896).

Pero el marxismo avanzó aún más en ese terreno con el libro de Engels, El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado, que explica las raíces profundas de la opresión de la mujer, las formas que adoptó a lo lago de los siglos, del significado históricamente progresivo de la integración de la mujer en la producción industrial y la necesidad de la revolución socialista para abrir el camino para su liberación definitiva.

En 1907, la II Internacional, siguiendo la tradición de la I Internacional, aprueba la campaña por el sufragio universal, sin distinción de sexo o clase social.

Iniciada en los Estados Unidos, la lucha sufragista fue la primera lucha feminista internacionalista; comprometió a mujeres de varios países del mundo e incorporó los métodos tradicionales de la lucha de la clase trabajadora, como movilizaciones masivas, asambleas, huelgas de hambre y enfrentamientos brutales con la policía, en los cuales muchas activistas fueron apresadas y asesinadas. En el campo socialista, la lucha sufragista fue dirigida por la II Internacional, dividida entre reformistas, que defendían el derecho del voto sólo para los hombres (ellos pensaban que las mujeres votarían a los partidos católicos reaccionarios) y marxistas, defensores del voto para todos. En el Congreso de Stuttgart, en 1907, Clara Zetkin defendió la posición de los marxistas, que salió vencedora. Y la II Internacional lanzó una campaña por el sufragio femenino, con movilizaciones de masas en diversos países. También ahí los marxistas tuvieron una política de clase. A pesar de ser una lucha democrática, nunca llamaron a las mujeres trabajadoras y pobres a luchar unidas con las mujeres burguesas. Ellas se organizaron de forma independiente de la burguesía, y unieron esa bandera a la lucha general de los trabajadores por la reducción de la jornada de trabajo.

Clara Zetkin dirigió el movimiento socialista de la mujer durante todo el período anterior a la guerra, y combatió dentro del partido por desarrollar una perspectiva revolucionaria en la lucha por la emancipación de la mujer. En1914, cuando la mayoría de la dirección del SPD capituló ante el imperialismo alemán y votó por la defensa de su “propia” burguesía en la I Guerra Mundial, Clara Zetkin fue uno de los pocos dirigentes del partido, junto con Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, que llamó a romper con el SPD y mantener una posición internacionalista revolucionaria.

Su preocupación central era ganar a las mujeres para la revolución. En un discurso ante el Congreso del SPD en Berlín, en 1896, Clara advertía: “Nosotros no debemos tener una propaganda especial para las mujeres, sino hace una agitación socialista entre las mujeres. Los intereses específicos y momentáneos del mundo femenino no deben ser el foco de nuestro trabajo. Nuestra tarea es incorporar el moderno proletariado femenino en nuestra batalla de clase. Nosotros no tenemos tareas especiales para la agitación entre las mujeres. Esas reformas para las mujeres que deben figurar dentro de las banderas sociales actuales son demandas del programa mínimo de nuestro partido. La propaganda para las mujeres necesita tocar todas esas cuestiones que tienen una gran importancia para el movimiento general del proletariado. La principal tarea es, sin embargo, despertar la conciencia de clase de las mujeres e incorporarlas a la lucha de clases”.

A partir de 1914, con la I Guerra Mundial, el movimiento feminista se dividió. En tanto que las mujeres burguesas apoyaban a la clase dominante de sus países, las mujeres de clase media exigían mejoras en la educación, derechos legales y control de la maternidad, mientras que las mujeres de la clase trabajadora participaban de manifestaciones contra la guerra, por pan, trabajo y salario. En 1917 explota la Revolución Rusa, donde las mujeres participaron de la movilización general de los obreros y campesinos por la toma del poder, dirigidas por el Partido Bolchevique, contra las mujeres zaristas y aquellas que apoyaban al gobierno de Kerensky. Después de la toma del poder, ellas participaron activamente de la construcción del Estado Obrero y lograron grandes conquistas.

4- La Revolución Rusa
 
La Revolución Rusa tuvo un profundo significado para las mujeres. Su ejemplo es uno de nuestros mayores triunfos para mostrar a las mujeres trabajadoras de hoy que sólo el camino de la lucha y del enfrentamiento contra el Estado Burgués, la socialización de los medios de producción y un gobierno de los trabajadores, podrá abrir el camino para la emancipación definitiva de las mujeres y de todos los oprimidos.

Siglos de luchas feministas en los marcos del capitalismo no consiguieron ni siquiera una migaja de todo lo que las mujeres rusas consiguieron con la revolución socialista. Por primera vez un país legisló que el salario femenino sería igual al masculino por el mismo trabajo. Tanto que, al finalizar la II Guerra Mundial, contrariamente a lo que ocurre en los países capitalistas, en la URSS se conservó la mano de obra femenina y se buscaron los medios para que éstas tuviesen mayor calificación. Había mujeres en todos los sectores de la producción: en las minas, en construcción civil, en los puertos, en fin, en todas las ramas de la producción industrial e intelectual.

En un país atrasado como Rusia en relación a las cuestiones morales y culturales, con una enorme carga de prejuicios arraigados hace siglos, lo que caracteriza en general a los países predominantemente campesinos, la cuestión de la emancipación de la mujer asumía, en aquellos momentos difíciles para el joven Estado Obrero, contornos tan complejos como muchos de los otros aspectos relativos a la transformación hacia el socialismo.

Por eso, Lenin y Trotsky, juntamente con muchas dirigentes mujeres, además de dedicarse a “explicar pacientemente” a las masas, sobre todo a las mujeres, cuáles eran las tareas generales del movimiento obrero femenino de la República Soviética, no esperaron para tomar las primeras medidas en ese terreno y revertir la situación humillante a la cual estaba sometida la mujer rusa hace siglos.

Esa tarea tenía dos aspectos fundamentales: 1) la abolición de las viejas leyes que colocaban a la mujer en situación de desigualdad en relación al hombre y, 2) la liberación de la mujer de las tareas domésticas, que exigía una economía colectiva en la cual ella participase en igualdad de condiciones con el hombre.
 
Desde los primeros meses de su existencia, el Estado Obrero concretizó el cambio más radical en la legislación referente a la mujer. Todas las leyes que colocaban a la mujer en una situación de desigualdad en relación al hombre fueron abolidas, entre ellas, las referentes al divorcio, a los hijos naturales y la pensión alimenticia. Fueron abolidos también todos los privilegios ligados a la propiedad que se mantenía en provecho del hombre en el derecho familiar. De esa forma, la Rusia Soviética, apenas en los primeros meses de su existencia, hizo más por la emancipación de la mujer que los más avanzados países capitalistas en todos los tiempos.

Fueron aprobados decretos estableciendo la protección legal para las mujeres y las/los niñas/os que trabajaban, el seguro social, igualdad de derechos para las mujeres en relación al matrimonio.

Con la acción política del Zhenotdel, el departamento femenino del Partido Bolchevique, las mujeres conquistaron el derecho al aborto legal y gratuito en los hospitales del Estado. Pero no se incentivaba la práctica del aborto y  quien cobrara para practicarlo era sancionado. La prostitución y su uso eran descritos como “un crimen contra los vínculos de camaradería y solidaridad”, pero el Zhenotdel propuso que no hubiese penas legales para ese crimen. Trató de atacar las causas de la prostitución mejorando las condiciones de vida y trabajo de las mujeres. E inició una amplia campaña contra los “resquicios de la moral burguesa".
 
La primera Constitución de la República Soviética, promulgada en julio de 1918, dio a la mujer el derecho a votar y ser elegida para cargos públicos. Sin embargo, igualdad ante la ley no era igualdad de hecho. Para la plena emancipación de la mujer, para su igualdad efectiva en relación al hombre era necesaria una economía que la libere del trabajo doméstico y en la cual ella participe de forma igualitaria al hombre. La esencia del programa bolchevique para la emancipación de la mujer era su liberación final del trabajo doméstico por medio de la socialización de esas tareas. Lenin insistía en que el papel de la mujer dentro de la familia era la clave de su opresión: “Independientemente de todas las leyes que emancipan a la mujer, ésta continúa siendo una esclava, porque el trabajo doméstico oprime, estrangula, degrada y la reduce a la cocina y al cuidado de los hijos, y ella desperdicia su fuerza en trabajos improductivos, intrascendentes, que agotan sus nervios y la idiotizan. Por eso, la emancipación de la mujer, el comunismo verdadero, comenzará solamente cuando y donde se inicie una lucha sin cuartel, dirigida por el proletariado, dueño del poder del Estado, contra esa naturaleza del trabajo doméstico, o sea, cuando se inicie su transformación total, en una economía a gran escala” (jul.1919).

El Estado Obrero comenzó por crear instituciones como comedores y guarderías modelo para liberar a la mujer del trabajo doméstico. Y eran justamente las mujeres quienes más se empeñaban en su organización. Esas instituciones, instrumentos de liberación de la mujer de su condición de esclava doméstica, surgían en todas partes donde era posible, así fueran pocas para lo que se necesitaba.

Rusia estaba en guerra civil, siendo atacada por sus enemigos, y las mujeres tuvieron que asumir, junto con los hombres, las tareas de la guerra y de defensa del Estado Obrero. Sin embargo, muchas de esas instituciones fueron creadas y funcionaron muy bien, mostrando su acierto y la necesidad de su expansión y mantenimiento.

En un discurso en homenaje al Día Internacional de la Mujer, en marzo de 1920, Lenin se dirigió a las mujeres rusas: “El capitalismo unió una igualdad puramente formal a la desigualdad económica y, en consecuencia, social. Y una de las manifestaciones más saltantes de esa inconsecuencia es la desigualdad de la mujer y del hombre. Ningún Estado burgués, por más democrático, progresivo y republicano que sea, reconoce la entera igualdad de los derechos del hombre y de la mujer. La República de los Soviets, por el contrario, destruyó de un solo golpe, sin excepción, todos los trazos jurídicos de la inferioridad de la mujer y, también, de un sólo golpe le aseguró,  por ley, la igualdad más completa” (Lenin, Obras Escogidas).
 
El movimiento obrero femenino ruso no se contentó con una igualdad puramente formal y asumió la tarea de luchar por la igualdad económica y social de la mujer, haciendo que ella participase del trabajo productivo social, liberándola de la esclavitud doméstica, que es siempre improductiva y embrutecedora.

La Tercera Internacional, fundada en 1919, fue la que más avanzó en relación a la mujer, porque fue la heredera de la experiencia práctica de la República Rusa. En la IC, Lenin trató de enfatizar “la conexión inquebrantable entre la posición humana y social de la mujer y la propiedad privada de los medios de producción”. Para cambiar las condiciones de opresión de la mujer en el seno de la familia, los comunistas deben esforzarse por unir el movimiento de la mujer con la “lucha de la clase proletaria y de la revolución”.

La “Tesis sobre el trabajo de propaganda entre las mujeres” del Tercer Congreso de la Comintern (junio de1921) destaca la necesidad de la revolución socialista para conseguir la liberación de la mujer, y de los partidos comunistas para conquistar el apoyo de las masas de mujeres para conducir la revolución socialista a la victoria. Si los comunistas fracasan en la tarea de movilizar a las masas de mujeres hacia el lado de la revolución, las fuerzas políticas se esforzarán por organizarlas contra ella. Ese era le centro de la tesis.

Por otro lado, la resolución de la IC incluyó una afirmación que siempre fue motivo de polémica entre los marxistas: “no existen cuestiones específicamente femeninas”. Eso no significa que no hubiese problemas que afectasen a las mujeres o reivindicaciones especiales en torno de las cuales las mujeres pueden ser movilizadas; significa solamente que no existe problema que afecte a la mujer y no sea también una cuestión social más amplia, de interés vital para el movimiento revolucionario, por la cual tanto los hombres como las mujeres deben luchar. No se dirigía contra la exigencia de levantar reivindicaciones especiales para las mujeres sino, justamente al contrario, para explicar a los trabajadores y trabajadoras más atrasados que tales reivindicaciones no pueden ser descartadas como “preocupaciones femeninas” sin importancia.

La resolución condenaba el feminismo burgués, refiriéndose al sector del movimiento feminista que apostaba por las reformas capitalistas, en la buena voluntad de los capitalistas y de la burguesía para con las mujeres. Exhortaba a las mujeres a repudiar esa orientación y explicaba por qué no podía existir una organización aparte para las mujeres al interior del partido y, por otro lado, por qué debe haber órganos especiales del partido para trabajar entre las mujeres. Volvía obligatorio, casi una condición, para ser miembro de la Internacional Comunista, que toda sección organizase una comisión de mujeres que funcionaría en todos los niveles del partido, desde la dirección nacional hasta las secciones o células. Instruía a los partidos para garantizar que por lo menos una camarada tuviese la tarea permanente para dirigir ese trabajo a nivel nacional. Y creaba una Secretaría Internacional de la Mujer para supervisar el trabajo y convocar cada seis meses a conferencias regulares de representantes de todas las secciones para discutir y coordinar su actividad.
 
Por último, la resolución trataba de dos tipos concretos de acciones que podían ayudar a movilizar a las mujeres en todo el mundo. Incluían manifestaciones y huelgas, conferencias públicas que aglutinasen a las mujeres sin partido, cursos, escuelas de cuadros, envío de miembros del partido a las fábricas donde trabajasen gran número de mujeres, utilización del periódico del partido, etc. Los sindicatos y las asociaciones profesionales de mujeres eran señaladas como los terrenos centrales de la actividad. Esta resolución fue aplicada dentro de la Internacional de forma muy desigual, debido a los diferentes niveles de desarrollo de las secciones.

Ese congreso trazó un programa y una orientación para el trabajo entre las mujeres que, por su claridad y concordancia con los principios del marxismo, hasta hoy no fueron superados por ninguna otra organización obrera. Y que, por eso, continúan siendo válidos hasta hoy. “Lo que el comunismo dará a la mujer, en ningún caso el movimiento femenino burgués podrá dar. En tanto exista la dominación del capital y de la propiedad privada, la liberación de la mujer no será posible”. Así, la IC definió su posición de que la liberación de la mujer de la injusticia secular, de la esclavitud y de la falta de derechos sólo será posible con la victoria del comunismo.

La mujer acabó por conquistar el derecho al voto en varios países, y la Internacional alertaba que eso, a pesar de importante, no suprimía la causa primordial de la servidumbre de la mujer en la familia y en la sociedad y no solucionaba el problema de las relaciones entre los sexos. Era necesario luchar por una igualdad real de la mujer y no sólo legal. Sin embargo, “la igualdad no formal, sino real, de la mujer, sólo es posible en un régimen donde la mujer de la clase obrera sea dueña de sus instrumentos de producción y distribución, participando de su administración y teniendo la obligación del trabajo en las mismas condiciones que todos los miembros de la sociedad trabajadora; o sea, esa igualdad sólo es realizable después de la destrucción del sistema capitalista y su sustitución por formas económicas comunistas”.

Lo mismo vale para la cuestión de la maternidad: sólo en el comunismo esa función natural de la mujer no entrará en conflicto con las obligaciones sociales y no impedirá su trabajo productivo. Sin embargo, la IC aclara que el comunismo es el objetivo último de todo el proletariado. Por eso, la lucha de la mujer y del hombre debe desarrollarse de forma inseparable.
 
5- Las luchas de las mujeres en los años 60-70
 
En rigor, no se puede hablar del “movimiento feminista”, porque en todas sus luchas, desde la Revolución Francesa hasta hoy, pasando incluso por la lucha sufragista, las mujeres de las distintas clases lucharon de manera separada. Feminismo significa la lucha de todas las mujeres por derechos iguales y, por lo tanto, no hace distinción de clase; es un término que se refiere a una lucha democrática, que envuelve a todas las mujeres, de todas las clases sociales.

En los años 60, sobre todo en Europa y los EE.UU., las feministas hicieron grandes manifestaciones por la igualdad de derechos, que tampoco contaron con la participación masiva de las mujeres trabajadoras. Eran estudiantes y mujeres de la pequeña burguesía, y en los EE.UU., las direcciones más reconocidas pertenecían a los partidos burgueses, como Betty Friedam, del Partido Demócrata, de Jimmy Carter. Ahí surgió, también, una fuerte corriente conocida como las feministas radicales, que señalaban que la opresión de la mujer era la esencia de la sociedad de clases. Solamente en Europa hubo mayor participación de las mujeres obreras, ya que, sobre todo en España, Italia y Francia, había un ascenso obrero mayor que en EE.UU. Sin embargo, también en esos países la base esencial de esos “movimientos” eran las mujeres pequeño-burguesas.

La falta de un poderoso movimiento obrero y de un fuerte partido de masas hizo que ganase fuerza la ilusión pequeño-burguesa de la independencia y autonomía de las mujeres, por encima de las clases. El SWP, partido que formaba parte de la IV Internacional en la época, fue víctima de esa ilusión. El documento escrito por Mary Alice Waters construyó toda una estrategia de un movimiento autónomo y unitario de mujeres, en una clara capitulación a las presiones pequeño-burguesas de las feministas radicales de los EE.UU. y de las poderosas direcciones reformistas o directamente imperialistas que actúan en el seno del movimiento feminista.

Para analizar las características de las luchas feministas de los años 60-70 es preciso compararlas con el período anterior, cuando había un fuerte ascenso obrero y grandes partidos obreros revolucionarios. Después de la II Guerra Mundial, la clase obrera en Europa y los EE.UU. vivió un largo proceso de estabilidad y descenso en sus luchas, haciendo que los partidos obreros reformistas, el stalinismo y la socialdemocracia, mantuviesen y consolidasen su control sobre los trabajadores. En los países coloniales y semicoloniales, las revoluciones que ocurrían eran dirigidas por partidos pequeño-burgueses o stalinistas, y asentadas sobre todo en las luchas campesinas y populares.

Eso marcó profundamente al movimiento feminista en los años 60-70, que fueron dirigidos por mujeres de la pequeño-burguesía, con políticas reformistas y policlasistas, que hicieron que las luchas de las mujeres perdieran su carácter de lucha y movilización que tuvieron en el período anterior. Las discusiones feministas salieron de las calles y pasaron a dentro de los muros de las universidades, lideradas por profesoras e intelectuales.

Las ideas de Simone de Beauvoir, que en 1949 lanzara su libro El Segundo Sexo, en Francia, tenían gran influencia, mostrando que “no se nace mujer, se hace mujer”. Los marxistas eran acusados de no dar importancia a la cuestión de la opresión. Para Simone de Beauvoir, por ejemplo, el materialismo histórico es insuficiente para explicar el problema de la opresión de la mujer porque, según ella, el marxismo ve al hombre como una abstracción, como homos economicus, y la opresión tiene que ver con el hombre por entero. “La mujer no fue creada solamente por el instrumento de bronce: la máquina no basta para abolirla. Reivindicar para ella todos los derechos, todas las oportunidades del ser humano en general, no significa que se deba cerrar los ojos a su situación particular. Y para conocerla es necesario ir más allá del materialismo histórico, que ve en el hombre y en la mujer nada más que entidades económicas”. (El Segundo Sexo, p. 59).

Esa posición existencialista influenció enormemente al feminismo en el mundo entero. Hablando sobre el feminismo en la década del 60 en Brasil y en Francia, Celia Jardim afirma que la izquierda marxista veía al feminismo como una doble amenaza: “a la unidad de lucha del proletariado para derrotar al capitalismo y al propio poder que los hombres ejercían dentro de esas organizaciones y en sus relaciones personales” (Una historia del feminismo en Brasil, Pág. 53). Eso llevaba a que las feministas defendiesen un movimiento autónomo y separatista de las mujeres, sin vinculación política, para luchar contra la opresión, en contraposición a las posiciones de la izquierda en la época. “(…) el ideario marxista reducía la condición de la mujer a las formas de dominación presentes en el modo de producción capitalista” y “en el espacio de la lucha política las mujeres simplemente no existían como sujetos de derechos propios, sino como objetos de opresión por su condición de género”. Por eso, las feministas querían un espacio en que las mujeres se expresasen como mujeres. (idem, p.55)

Al final de los años 60, los grupos feministas centran su acción en la crítica a la dominación masculina y en el patriarcado, como división social más importante que la división de clase, y muchos estudios se hicieron para demostrar que la división en géneros (femenino y masculino) es la que estructura la sociedad capitalista. Esa fue la base para la estrategia de construcción de movimientos autónomos y separatistas de mujeres, que existen hasta hoy, como la Marcha Mundial de Mujeres, que se reivindica como dirección de las mujeres a escala mundial.  
 
6- La Marcha Mundial y el stalinismo

Dentro de la LIT no tenemos aún un conocimiento detallado sobre el movimiento feminista en el mundo.  Es dudoso, incluso, que exista de hecho un movimiento feminista único. Lo que existe son organizaciones, más o menos influyentes, que se reivindican movimientos feministas autónomos. Entre ellos, los más conocidos son la Marcha Mundial de las Mujeres, que agrega varios sectores, sobre todo las ONGs, y las Mujeres Radicales, en los EE.UU.

La Marcha Mundial de Mujeres (MMM) se autodefine como una acción del movimiento feminista internacional de lucha contra la pobreza y la violencia sexista. Nació  en el inicio de los movimientos antiglobalización, en 1995, cuando 850 mujeres marcharon 200 kilómetros contra la pobreza por el interior de Québec, en Canadá, llegando a Montreal, donde fueron recibidas por 15 mil personas. La bandera simbólica era “Pan y rosas”. La principal conquista de esa manifestación fue el aumento real del salario mínimo, en una economía de precios estables y presionada por el mercado común con los EE.UU., más derechos para las mujeres inmigrantes y apoyo a la economía solidaria. La iniciativa del movimiento de mujeres de Québec inspiró a mujeres de todo el mundo a unirse en la Marcha Mundial de Mujeres del 2000. Nadie sabe muy bien quién hizo parte de la MMM.

Ellas informan en su web que entre el 8 de marzo y el 17 de octubre del 2000, adhirieron a la Marcha 6000 grupos de 159 países y territorios, cuando fue entregado a la ONU un petitorio con cerca de 5 millones de firmas en apoyo a las reivindicaciones de la Marcha. Fue el momento del boom de las ONGs, y el auge de las iniciativas de tipo Foro Social Mundial, en el cual la MMM siempre participó con la misma bandera de “un mundo mejor es posible para las mujeres”. Eso responde a una política de género, de transferir todo el problema de la desigualdad de las mujeres a una cuestión meramente cultural, de discriminación, que debe ser combatida con acciones positivas y democráticas (marchas, petitorios, congresos) que reúnan a todas las mujeres y se dirijan a los gobiernos e instituciones del Estado y del FMI.

Practican un “feminismo de resultados”, esto es, se proponen acciones que se concreticen en leyes y proyectos votados en el parlamento burgués. Jamás se dirigen a las mujeres trabajadoras, y vetan  la adhesión nominal de sindicatos y partidos que, en su concepción, dividen al movimiento. Las personas pueden participar de la MMM individualmente o como integrantes de movimientos, pero no hablan en nombre de sindicatos o partidos políticos.

En Brasil, la MMM agrega sectores diversos del movimiento autónomo de mujeres, movimiento popular y sindical, rural y urbano. En su "Carta de las Mujeres Brasileñas" exigen tierra, trabajo, derechos sociales, autodeterminación de las mujeres y soberanía del país. El combate a la pobreza y violencia contra las mujeres es el centro de su intervención, además de la lucha por igualdad, justicia, distribución de renta, recursos y poder. Denuncian la subordinación del gobierno actual a los intereses del FMI y el Banco Mundial, pero apoyan sus políticas “progresistas”. Denuncian el recorte del presupuesto en salud, educación, ciencia y tecnología y acceso a la tierra, la deuda externa, la impunidad de los crímenes contra las mujeres, y defienden una inexplicable “economía feminista”, con la valorización del salario mínimo. Creen que el movimiento antiglobalización que comenzó en Seattle y Praga está imponiendo una derrota al pensamiento único neoliberal y desean que el movimiento de mujeres sea parte activa en esa lucha. Para eso, hacen acciones internacionales, nacionales y locales en el sentido de crear una conciencia social favorable a las reivindicaciones feministas.

La Marcha Mundial de las Mujeres es entonces lo que más se parece a un movimiento. No es una asociación o un organismo. Sólo pueden adherir a ella organizaciones no gubernamentales de mujeres y comités de mujeres dentro de grupos mixtos (formados por hombres y mujeres). Con el apoyo entusiasta de las primeras damas y ministras de los gobiernos burgueses, financiada por las ONGs, gobiernos locales y organismos especiales de mujeres de la ONU, la MMM se dedica a despolitizar la lucha de las mujeres trabajadoras y diluir su carácter de clase. Se considera la dirección de todas las mujeres, da “consejos políticos” al imperialismo para combatir la pobreza, llama a las mujeres a apoyar las políticas asistenciales de los gobiernos de frente popular y a votar a mujeres para cargos públicos como forma de reducir la desigualdad y la discriminación, como si todo eso fuera posible en un sistema que a cada día amplia por mil las formas más salvajes de explotación y discriminación contra las mujeres trabajadoras y pobres.
 
El stalinismo 
 
La política del stalinismo para las mujeres debe seranalizada en dos niveles. Por un lado, su política de estado durante el proceso de degeneración del régimen soviético y de consolidación de la contrarrevolución burocrática y, por otro, la política que defendieron y defienden en los países capitalistas. En los dos niveles su política para las mujeres siempre fue una parte coherente de su política más general para la clase obrera de conjunto.

La política estatal del stalinismo fue muy bien explicada por Trotsky. En diversos escritos, él muestra como la situación de la mujer en la URSS, que había tenido un gran avance con la Revolución de Octubre, fue retrocediendo conforme se fue consolidando el dominio stalinista. Esa pérdida de conquistas por parte de la mujer acompañó la pérdida del poder político y de los derechos democráticos de la clase obrera como un todo.

En La Revolución Traicionada, Trotskyexplica las causas materiales que condicionan la situación de la mujer y por qué la burocracia era obligada, para proteger sus privilegios, a reforzar la familia y profundizar la opresión de la mujer. Después de afirmar que “la Revolución de Octubre cumplió honradamente su palabra en relación a la  mujer”, Trotsky explica por qué no fue posible ir más allá:

“No fue posible transformar la antigua familia, y no por falta de buena voluntad; tampoco porque la familia estuviese tan firmemente arraigada en los corazones. Por el contrario, después de un corto período de desconfianza en relación al Estado y sus guarderías, jardines de infantes y sus diversos establecimientos, las obreras y, después de ellas, las campesinas más avanzadas, apreciaron las inmensas ventajas de la educación colectiva y de la socialización de la economía familiar”. Pero, “…lamentablemente, la sociedad fue demasiado pobre y poco civilizada. Los recursos reales del Estado no correspondían con las intenciones o con los planes del Partido Comunista. La familia no puede ser abolida: es necesario sustituirla. La verdadera emancipación de la mujer es imposible en el terreno de la ‘miseria socializada’. La experiencia reveló, muy rápidamente, esta dura verdad, formulada hace cerca de 80 años por Marx.
 
Durante los años de hambre, los obreros se alimentaron siempre que podían, a veces con sus familias, en los restaurantes de las fábricas o en establecimientos análogos, y eso fue interpretado oficialmente como que ya se hubiesen incorporado las costumbres socialistas (...) La verdad es que desde la supresión de las cuotas de racionamiento de 1935, los obreros mejor pagados comenzaron a volver a la mesa familiar. Sería un error ver en esa actitud una condena al sistema socialista, que aún no había sido puesto a prueba. No obstante, esa actitud de los obreros y sus mujeres significaba un juicio implacable contra ‘la alimentación social’ organizada por la burocracia. La misma conclusión vale en relación a las lavanderías socializadas, donde se roba y se estropea la ropa más de lo que se lava. ¡Vuelta al hogar! Pero la cocina y la lavandería caseras, hoy reivindicadas con cierta vergüenza por oradores y periodistas soviéticos, significan el regreso de la mujer a las ollas y al lavadero, o sea, a la antigua esclavitud. Es muy dudoso, después de eso, que la resolución de la Internacional Comunista sobre ‘la victoria completa e irreversible del socialismo en la URSS’ sea convincente para las amas de casa”.

En 1938, en un texto titulado ¿El gobierno soviético aún sigue los principios adoptados hace 20 años?, Trotsky resumía el proceso por el cual fueron anuladas las conquistas de la mujer: “La posición de la mujer es el indicador más claro y elocuente para evaluar un régimen social y la política del Estado. La revolución de octubre escribió en su bandera la emancipación de la mujer y creó la legislación más progresista de la historia sobre el matrimonio y la familia. Eso no quiere decir, claro, que bastase para que la mujer soviética tuviese una ‘vida feliz’. La verdadera emancipación de la mujer es inconcebible sin un crecimiento general de la economía y de la cultura, sin la destrucción de la unidad económica familiar pequeño-burguesa, sin la introducción de la elaboración socializada de los alimentos y de la educación. En relación a eso, la burocracia, guiada por el instinto de conservación, se asustó con la ‘desintegración’ de la familia. Comienza a hacer elogios a la vida en familia, o sea, a la esclavitud doméstica de la mujer. Como si eso no bastase, la burocracia restauró la penalización del aborto, haciendo retroceder oficialmente a la mujer a la posición de animal de carga. En completa contradicción con el ABC del comunismo, la casta dominante restableció así el núcleo más reaccionario y oscurantista del régimen clasista, la familia pequeño-burguesa” (Escritos, 1937-38).

Por un lado, la conducción irracional de la economía y la corrupción generadas por la burocracia (mal funcionamiento de las guarderías, restaurantes, lavanderías) hicieron que la clase obrera de conjunto repudiase las instituciones que podían liberar a la mujer de la esclavitud doméstica. Pero, por otro, hubo una política consciente de la burocracia para modificar la legislación, liquidando las conquistas que la mujer lograra con la revolución. No sólo se hacía propaganda sobre las “alegrías” del regreso de la mujer al hogar, sino que en 1934 se aprobó un nuevo código familiar, prohibiendo el aborto, reintroduciendo la división entre hijos legítimos e ilegítimos, condenando a la unión libre, reprimiendo el homosexualismo. En ese proceso, las mujeres fueron siendo separadas de los cargos de importancia que habían ocupado en el Estado soviético y hubo una insistente persecución contra aquellas que osaban resistir a ese proceso. Incluso, Alejandra Kollontai, la antigua dirigente feminista, a pesar de haber capitulado totalmente al régimen stalinista, fue mantenida en el “exilio dorado” como embajadora en Noruega.

Esa política aplicada por Stalin en la URSS y reproducida en los demás estados obreros degenerados no es casual. Así como la burguesía utiliza la opresión para profundizar la explotación que garantice sus ganancias, la burocracia la utilizó para fortalecer su poder político y garantizar sus privilegios materiales.

En relación a la política del stalinismo en los países capitalistas, es falsa la idea de que el stalinismo se niega a encarar el problema de la mujer, con el argumento de que la liberación sólo vendrá con la revolución y la construcción del socialismo y que, por eso, la única lucha válida es la anticapitalista. Eso sólo fue así durante el período del “ultraizquierdismo del tercer período” (1929-1935). A partir de 1935, el stalinismo asumió la estrategia del Frente Popular y todas sus políticas tienen ese marco. A veces actúan con organizaciones propias de mujeres, otras se diluyen en organizaciones amplias, pero siempre los diversos sectores del stalinismo defienden una política de alianza de clases para el problema de la mujer.

El mejor ejemplo es la política del PCR en Argentina. Ese partido se reivindica públicamente como estalinista; en el logo de su periódico aparecen las fotos de Marx, Lenin, Mao y Stalin. El PCR es la dirección indiscutible del Encuentro de la Mujer, un evento que se institucionalizó en Argentina hace 22 años. Inicialmente surgió como iniciativa de las feministas, con la bandera de la lucha por la legalización del aborto y se realizaron encuentros en varios países de América Latina, pero sólo el Encuentro de Argentina tuvo continuidad. Probablemente porque el PCR tuvo una política para eso y con el peso de su aparato partidario y sindical fue ocupando el espacio de las feministas.

Así, hace más de dos décadas,  una vez por año, durante 3 días, se reúnen mujeres de todo el país (cada año en una ciudad diferente). Se forman grupos de discusión sobre los diversos temas relacionados a la mujer y, al final, hay una gran marcha por las calles de la ciudad y se leen las conclusiones, que son la suma de todas las propuestas, porque no se vota nada. Y, por fin, se decide –nadie sabe mucho cómo se hace- dónde será el próximo Encuentro. Desde ese momento, mujeres de diversas ciudades de Argentina, se dedican a juntar dinero para el próximo viaje, y las organizaciones de la ciudad escogida se reúnen para organizar el próximo evento.

Esos Encuentros tienen un carácter contradictorio. Desde el origen tuvieron un aspecto políticamente progresivo porque se definían por la legalización del aborto y, con eso, tenían un fuerte enfrentamiento con la Iglesia. A pesar de que el problema del aborto continúa siendo central, en los últimos años, acompañando el ascenso revolucionario, fue creciendo, además, su carácter antiimperialista y antigubernamental. El Encuentro del 2005, por ejemplo, que coincidió con la visita de Bush a Argentina se convirtió en la mayor acción de repudio de todo el país. Por otro lado, el hecho de que durante 3 días, mujeres trabajadoras, algunas de ellas muy humildes, se liberen de la esclavitud doméstica y se dediquen a estudiar y discutir diferentes temas sociales y políticos, es muy positivo. También es positivo el hecho de que se encuentren y cambien experiencias con mujeres luchadoras de diversos sectores y ciudades del país, incluso de otros países latinoamericanos.

Pero todo eso se da en el marco de un Encuentro que reivindica e impone en la conciencia de miles de mujeres trabajadoras una ideología reaccionaria y policlasista. Es el “Encuentro de las Mujeres” y no de las “mujeres trabajadoras”. Las mujeres burguesas no participan del Encuentro, pero si quisiesen participar, podrían hacerlo, ya que no hay ninguna frontera que impida su entrada. Para poder alcanzar esa “hermandad” de las mujeres, hay reglas no escritas, pero que el PCR hace cumplir con su aparato: no se vota nada, todo se decide por consenso. Con el argumento de garantizar la “unidad de las mujeres”, la dirección impone la despolitización del Encuentro; nadie puede hablar en nombre de un partido político o de un sindicato. Allí dentro son todas “mujeres”, como si en la vida real ellas no estuviesen divididas en clases y en partidos políticos; como si el problema de la mujer fuese un problema de género y no de clase.

Con esa despolitización, el stalinismo garantiza que sea un Encuentro autónomo y policlasista, que no sirve para llevar adelante las luchas concretas de las mujeres trabajadoras, porque nada se vota, no sale ninguna propuesta para el año, a no ser prepararse para el próximo Encuentro. Eso es lo que explica, por ejemplo, que durante 3 días centenas de mujeres estudien, discutan y hagan una gran marcha (de 20 o 30 mil personas) por la legalización del aborto, y después los actos del 8 de marzo o las movilizaciones en defensa del aborto legal y gratuito sean muy pobres y vacías. Esa es la política del PCR, todo es canalizado por dentro del Encuentro y después el PCR se niega a discutir el problema de la mujer en los sindicatos que dirige. Todo es hecho con un lenguaje clasista de defensa de la mujer trabajadora, pero la organización que defienden es el Encuentro, una entidad policlasista.

Otro ejemplo, también de Argentina, es el Partido Comunista (pro Moscú) en los años 70. Tenía una organización de mujeres, participaba del movimiento feminista y fue una de las organizaciones de mujeres que llamó al voto de la lista Perón-Perón, porque tenía una mujer (Isabelita) como candidata a vicepresidente. Esa propuesta frentepopulista para el problema de la mujer es constante en los diferentes sectores del stalinismo. No defendían que la liberación de la mujer vendría con la victoria de la revolución socialista, porque no defendían la lucha por la revolución socialista en ningún lugar. Lo que ocurre es que, mientras existió  la URSS, ellas justificaban la política que allí se aplicaba con el argumento de la defensa de la “patria socialista”. Eso los llevó, sobre todo durante el período de la “guerra fría”, a reproducir esa política, defendiendo a la “familia como célula de la sociedad”.

En Brasil, el PCB siempre mantuvo trabajo político entre las mujeres en las fábricas. Levantaba un programa de lucha contra la carestía de la vida, por mejores condiciones de trabajo y reducción de la jornada, como consta en las tesis aprobadas durante el Congreso Sindical de Trabajadores de 1946, presentadas por el PCB. En ellas, pedían protección para el trabajo de la mujer y exigían que su jornada no excediese las 8 horas, porque “es un deber del Estado la defensa de la familia, que es la célula de la sociedad y de la mujer trabajadora, de la industria, del campo y del comercio, y tienen aún sus tareas domésticas (Pena, p. 214). Todo se hacía en el marco de su política de alianza de clases, frentepopulista. Así, el propio PCB organizó en la década del 40 la Unión Nacional de Mujeres, que reunía mujeres burguesas y trabajadoras.

Hoy, el partido stalinista más fuerte en Brasil, el PCdoB, integra el gobierno de Lula y llama a las mujeres a apoyar al Frente Popular y sus políticas asistencialistas, como la bolsa de familia, que no resuelven el problema de las mujeres pobres, y sólo sirven para hacer propaganda para el gobierno. No moviliza a las mujeres para luchar por sus banderas, como la legalización del aborto, y jamás imprime un carácter de clase a la cuestión de la mujer. Por el contrario, el stalinismo es expresión de la política llevada por la Marcha Mundial de Mujeres, con una política de género, llamando a las mujeres a votar “por mujeres” y no “a mujeres trabajadoras”, alimentando así la ilusión en el parlamento burgués. Condolezza Rice, Hillary Clinton, Cristina Kirchner son enaltecidas como ejemplos de mujeres que  “triunfaron”, que llegaron al poder, y que por ser mujeres, van a defender los intereses de las mujeres. Como parte integrante del gobierno de Lula, el PCdoB es cómplice del aumento de la violencia contra la mujer, del crecimiento indiscriminado de la gravidez en la adolescencia y de todas las formas de opresión que alcanza a las mujeres trabajadoras y pobres de Brasil.    

7- La relación entre opresión y explotación
 
Las distintas y variadas formas de opresión y discriminación fueron heredadas por el capitalismo de las sociedades anteriores. En su fase de ascenso, con el desarrollo de las fuerzas productivas, de la ciencia y de la técnica, el capitalismo creo las bases que posibilitarían la superación de esas desigualdades. En el caso de las mujeres, ese proceso fue decisivo porque, por primera vez en la historia, ellas fueron incorporadas en masa al mercado de trabajo, ocupando su lugar en la gran industria, lado a lado con los hombres.

Como dijo Lenin, “la gran industria mecanizada, concentrando masas de obreros que a menudo acuden de distintos extremos del país, no admite ya en absoluto los restos de relaciones patriarcales y de la dependencia personal, diferenciándose por una verdadera ‘actitud despectiva hacia el pasado’. Y precisamente esta ruptura con las tradiciones caducas fue una de las condiciones sustanciales que crearon la posibilidad y originaron la necesidad de regular la producción y de someterla al control social. En particular, hablando de la transformación de las condiciones de vida de la población por la fábrica, es preciso advertir que la incorporación de mujeres y adolescentes a la producción es un fenómeno progresivo en su base”. (El Desarrollo del Capitalismo en Rusia, Cap. VII: Desarrollo de la Gran Industria Mecanizada.

Pero, el capitalismo es un sistema contradictorio y anárquico. A pesar de estar basado en la producción social amplia, ésta no está dirigida a resolver los grandes problemas humanos y la apropiación de los medios de producción y de las riquezas humanas, es individual. El objetivo central del sistema es obtener la mayor ganancia posible y, para ello, explota a los trabajadores, sean hombres, mujeres o niños e, incluso pueblos enteros. Los grandes avances del capitalismo en la producción de riquezas, en el desarrollo de la ciencia y la técnica, que podrían llevar a la emancipación total de las mujeres y acabar con todas las desigualdades, están al servicio de una minoría y esa contradicción fundamental hace que el capitalismo no llegue hasta las últimas consecuencias en la superación de la opresión. Pese a ser un fenómeno progresivo, decía Lenin que “la fábrica capitalista pone a estos sectores de la población obrera en una situación particularmente difícil”. (idem)
 
Y eso se debe a las distintas formas de explotación que mantiene el sistema capitalista. Lo que impide el fin de la opresión es el mantenimiento de la propiedad privada de los medios de producción, incluso de la tierra, la injusta distribución de la renta que crea islas de prosperidad cercadas de un mar de miseria y de violencia y desigualdades de todo tipo. A pesar de ser ideológica y cultural, la opresión contra las mujeres no encuentra su solución en la sociedad burguesa justamente porque el capitalismo se aprovecha de esa ideología para mantener millones de personas sojuzgadas, dispuestas a dar todo de sí por un plato de comida.

Cuando más se profundiza la crisis del capitalismo imperialista, mayores son los niveles de explotación y más se refuerzan todos los tipos de opresión. Esa es una ley de la historia. Refiriéndose a la URSS en el período stalinista, Trotsky recuerda que la emancipación de la mujer no es subjetiva, sino concreta, por eso no puede darse en el terreno de la miseria. “La verdadera emancipación de la mujer es imposible en el terreno de la miseria socializada. La experiencia reveló rápidamente esa dura verdad, formulada hace cerca de 80 años por Marx (“Termidor en el hogar”). La mujer es más o menos emancipada cuanto más o menos ella tiene condiciones de vida; un empleo digno, independencia financiera, poder estudiar y contar con servicios públicos de calidad, etc. Todo eso exige inversión estatal, representa gastos sociales que el Estado burgués no está dispuesto a hacer.

Desde la revolución industrial, cuando las mujeres entraron en masa en el mercado de trabajo, su situación fue siempre más penosa que la de los hombres, justamente porque su condición de mano de obra explotada se combinaba con la ideología burguesa de la inferioridad femenina. La mujer entró en la fábrica, lado a lado con el hombre, pero ese avance colosal para su emancipación no consiguió liberarla, porque en la fábrica ella trabajaba 10, 12 horas por día, sufría asedio sexual, hacía los peores servicios y ganaba los peores salarios y, cuando regresaba al hogar, tenía por delante otra jornada de trabajo. Esa ideología, en sus innumerables variantes, se transformó durante siglos, y la burguesía como clase dominante, no fue capaz de abolirla. Por el contrario, fue incorporando esa condición femenina cada vez más orgánicamente al modo de producción capitalista.

Así, al profundizar las desigualdades entre los miembros de la clase trabajadora, extendió esa situación al conjunto de la sociedad y puede beneficiarse de una sobreexplotación de sus sectores más oprimidos, las mujeres, los negros, los más jóvenes, los inmigrantes, los homosexuales, que pasarán a aportar una cuota extra de plusvalía al capital. Envés de superar las distintas desigualdades que generan las ideologías opresivas y discriminatorias, el capitalismo, en su fase imperialista y de decadencia crónica, tuvo como parte de su proceso de destrucción de las fuerzas productivas, la consagración de la profundización de las opresiones y desigualdades.

Así, tenemos que ver la opresión de las mujeres y sectores oprimidos como una forma de destrucción de las fuerzas productivas, porque esa inmensa porción de la clase trabajadora (las mujeres), al estar en una situación de opresión, funciona para el capitalismo como mano de obra descartable, no calificada, precaria, dividida entre la casa y la fábrica. 

En esa relación entre opresión y explotación, es necesario tener una definición sobre el carácter de las banderas de lucha por la liberación femenina. En el articulo “En el Cuarto Aniversario de la Revolución de Octubre”, Lenin se refiere al tema diciendo: “la religión o la falta de derechos de la mujer o la opresión y la desigualdad de derechos de las naciones rusas. Todos esos son problemas de la revolución democrático-burguesa. Los agentes vulgares de la democracia pequeño-burguesa pasaron ocho meses hablando de ellos; ninguno de los países más avanzados del mundo solucionó hasta el fin esos problemas en el sentido democrático burgués. En nuestro país, la legislación de la Revolución de Octubre los resolvió hasta el fin”. (Pravda, 18 de octubre de 1921).

El decir que son banderas democráticas, que son derechos de todos, indiferente de la clase social, significa que son banderas que hicieron parte de la revolución burguesa en los inicios del capitalismo, pero que no fueron resueltas por la burguesía. Esos problemas no parten de  la estructura del sistema capitalista, como la explotación del trabajo por el capital y, por lo tanto, pueden ser parcialmente conquistadas dependiendo del momento histórico y de la correlación de fuerzas.

No era esa la concepción del SU, que veía la opresión como parte estructural del capitalismo. El documento del SU escrito en los años 70 por Mary-Alice Waters, partía de un análisis equivocado sobre el capitalismo, porque trataba de mostrar que “las necesidades sociales y económicas” del capitalismo imponen a éste como “política básica” el mantenimiento del sistema familiar, que es su “núcleo básico”, y que la opresión de la mujer es “indispensable” para la continuidad del sistema. En suma, para Mary-Alice, la opresión de la mujer es algo “inherente” al capitalismo, un “trazo esencial”, “indispensable” para la continuación del sistema. Siendo así, toda la lucha contra la opresión atacaba directamente los pilares del capitalismo, entonces las tareas de la liberación de la mujer eran banderas de transición, es decir, anticapitalistas y socialistas. De ahí la política de organizar a los oprimidos de forma autónoma, creando movimientos de negros, de mujeres y otros sectores oprimidos, para llevar adelante la lucha anticapitalista.

Para nosotros, esa es una visión totalmente equivocada. Las tareas de liberación de las mujeres son democrático-burguesas, surgen históricamente al comienzo del capitalismo y pertenecen a las mujeres de todas las clases. Es la misma posición de Lenin que, refiriéndose a la opresión religiosa, la opresión de las nacionalidades, a la “inferioridad jurídica de las mujeres”, decía que “todos ellos son problemas de la revolución democrático-burguesa”.

El capitalismo surge introduciendo masivamente a las mujeres a la producción social, pero lo hace aprovechándose de su opresión heredada de las sociedades anteriores, y con eso provoca una situación contradictoria. De un lado, las mujeres son tan explotadas como los hombres pero, de otro, no tienen los mismos derechos. Esta ruptura del papel tradicional de la mujer, promovida por el capitalismo, que se daba en la estructura económica, entraba en contradicción con las viejas leyes y costumbres que consagraban la desigualdad de la mujer. El proceso de ajuste entre la nueva realidad de la producción capitalista y las normas consagradas hasta entonces, se dio de forma lenta, tanto mediante reformas impuestas directamente por las clases dominantes, como por las conquistas logradas por las propias mujeres, en grandes luchas entabladas, sobre todo, durante el siglo XX.

Mary-Alice cita algunas de esas conquistas: el derecho a la educación superior, ejercer profesiones liberales, recibir y disponer de su salario, el derecho a la propiedad, a la herencia, al voto, al divorcio, a la participación política, en fin, a una serie de derechos que las mujeres del siglo XIX ni siquiera podían imaginar. En la década del 70, las mujeres lograron otras conquistas contra la opresión y la desigualdad, como la legalización del aborto en EE.UU. y en la mayor parte de Europa, el acceso a los anticonceptivos, y que la sociedad se encargue de cuidar a los niños y a los enfermos de Sida, la instalación amplia de guarderías públicas y en los locales de trabajo y la asistencia social. Esas conquistas fueron hechas, sobre todo, en los países imperialistas; en los países coloniales y semicoloniales, las mujeres continuarán soportando una carga mayor de opresión.

Pero, esas conquistas, demuestran que, desde el punto de vista teórico, no existe ningún impedimento absoluto para que el capitalismo otorgue la plena igualdad jurídica para las mujeres, instale guarderías colectivas, acepte legalizar el aborto y el divorcio. Incluso, el aborto fue recientemente legalizado en Portugal, por ejemplo, uno de los países más católicos de Europa.

Precisar ese carácter esencialmente democrático de las demandas de las mujeres no significa despreciar sus luchas. Por el contrario, el proceso de liberación de las mujeres es profundamente revolucionario, porque afecta todas las costumbres y la vida cotidiana y, tal vez, será más revolucionario aún después de la victoria de la revolución proletaria, en el período de transición al socialismo. Por otro lado, las luchas contra la desigualdad y la opresión ayudan a desenmascarar a las instituciones de la democracia burguesa, a demostrar la hipocresía de los sermones de la Iglesia, a aumentar el nivel de conciencia de las mujeres de que lo que el capitalismo da con una mano, lo quita con la otra, o sea, que sus conquistas democráticas nunca llegan a ser totalmente efectivas, porque se combinan con una explotación cada vez mayor. Pues, como dice Lenin, “el capitalismo unió una igualdad puramente formal a la desigualdad económica y, en consecuencia, social” (1921).

A pesar que las luchas específicas de las mujeres no tienen “un carácter objetivamente anticapitalista”, como dice Mary-Alice Waters, ya que fue el capitalismo que dio las bases para la emancipación de las mujeres al incorporarlas masivamente al mercado de trabajo, el capitalismo se mostró incapaz de llevar hasta el final esa tendencia, pues es incapaz de incorporar a todas las mujeres a la producción y, con su crisis profundiza todas las formas de explotación que recaen, sobre todo, en los hombros de las mujeres. Por lo tanto, la solución definitiva para el problema de las mujeres sólo vendrá con la victoria de la revolución socialista, que emancipará al conjunto de la clase trabajadora.

Aparentemente, entonces, estaríamos de acuerdo en un punto: sólo la derrota del imperialismo traerá la emancipación total de las mujeres. Sin embargo, la concepción de Mary-Alice de que todas las luchas feministas, concretas, actuales, conjuntas, “tienen una dinámica anticapitalista objetiva” está totalmente equivocada, porque ninguna lucha democrática va directamente contra el capitalismo. Lo único que se puede afirmar es que en la actual época histórica, el imperialismo no puede solucionar ningún problema de forma definitiva y, por lo tanto, las luchas democráticas, como las de las mujeres, pueden, en determinado momento y bajo determinadas condiciones, adquirir una dinámica anticapitalista. Pero, estas luchas no serán, por sí solas, objetivamente anticapitalistas, como pretende Mary-Alice Waters. Si así fuese, todas las mujeres que luchan son luchadoras anticapitalistas. Y eso no es verdad. Todo depende de su contexto, de su programa y, sobre todo, de su dirección.

Un ejemplo de eso fue el propio movimiento feminista de la década de los 60 y, también el de hoy. En aquella época, una de las principales organizaciones feministas que surgieron en EE.UU., el NOW, dirigida por Betty Friedman, apoyaba al Partido Demócrata de Jimmy Carter quien, acto seguido, hizo de todo para abortar las conquistas feministas.

Hoy, la Marcha Mundial de Mujeres es financiada por la ONU y tiene una política policlasista, de “unir a todas las mujeres” para conquistar la igualdad que, de hecho, no ayuda en nada a la mujer trabajadora. La MMM, al contrario de Mary-Alice Waters, considera que el problema de la mujer es un problema de género, o sea, que la opresión es un problema cultural, que puede ser superado en el capitalismo mediante políticas públicas afirmativas, con un fuerte contenido ideológico contra el machismo, por la valorización de la figura femenina, en fin, por la exigencia a que todo en la sociedad tenga “el carácter de género”.

De esa forma, tienen una política esencialmente reformista, ya que se restringen a pedir reformas dentro del capitalismo, lo que las transforma en asesoras directas del imperialismo, con una política clara de cooptar a las mujeres de la clase trabajadora para su programa y para la unidad con las mujeres burguesas.
 
8- La organización de las mujeres en el partido y en la clase
 
Para hacer el trabajo político entre las mujeres, nosotros tenemos que encarar dos discusiones fundamentales: la organización de las mujeres dentro del partido y en la clase. Una surge de la otra. Refiriéndose a la organización de las mujeres dentro del partido, Lenin insistía en que “Nosotros deducimos nuestras ideas organizativas de nuestras concepciones ideológicas. No queremos organizaciones separadas de mujeres comunistas. La comunista es miembro del partido tanto como el comunista. Tiene los mismos derechos y deberes. Sin embargo, no debemos cerrar los ojos a los hechos. El partido debe contar con organismos –grupos de trabajo, comisiones, comités, secciones o como se quiera llamar- con el objetivo de despertar a las amplias masas de mujeres” (1925).

Eso significa que Lenin defendía que dentro del Partido Bolchevique y en las demás secciones de la Internacional hubiese un organismo que discutiese específicamente las tareas políticas a ser realizadas con el objetivo de movilizar a las mujeres, pero que, al mismo tiempo, no dividiesen a la clase. O sea, la gran cuestión es cómo organizar a las mujeres sin dividir a la clase y, al mismo tiempo, sin ignorar las especificidades de su condición de oprimidas.

En el Partido Bolchevique, el Zhenotdel tuvo un papel activo en la movilización y organización de las mujeres para las tareas de la revolución. En el ámbito internacional, al contrario de la II Internacional que ni siquiera trató de crear una organización destinada a discutir y organizar el trabajo entre las mujeres, la III Internacional, desde su primer congreso en 1919, formuló claramente esa necesidad. Y en 1920, después de la Primera Conferencia de Mujeres Comunistas, fue fundado el Secretariado Internacional para la propaganda entre las mujeres, con representación permanente en el Comité Ejecutivo de la IC (III IC, Resoluciones, p.203).

Lenin fue un crítico feroz de las secciones nacionales de la Comintern que adoptaban una actitud pasiva ante la necesidad de crear un movimiento masivo de mujeres trabajadoras bajo la dirección comunista y atribuida a la debilidad del trabajo sobre la mujer en la Internacional a la persistencia de ideas machistas que llevaban a la subestimación de la importancia vital de construir un movimiento de masas de la mujer.

Para Lenin, las mujeres trabajadoras, así como todos los explotados y oprimidos, víctimas del capitalismo,  deberían organizarse en el mismo movimiento, el movimiento de los proletarios, de la clase trabajadora, de las masas. “En eso consiste la importancia del movimiento femenino para la lucha de clases del proletariado y para su misión histórica creadora: la organización de la sociedad comunista. Nos podemos sentir orgullosos de tener a la flor y nata de las mujeres revolucionarias en nuestro partido y en la IC. Pero eso no tiene, aún, una importancia decisiva. Debemos atraer a millones de trabajadoras de la ciudad y del campo para participar de nuestra lucha y, en particular, de la obra de reestructuración comunista de la sociedad. Sin las mujeres no puede haber un verdadero movimiento de masas”.

“Para eso, naturalmente, es necesario desarrollar plenamente un trabajo sistemático entre las masas femeninas. Debemos educar a las mujeres que hayamos sacado de la pasividad, debemos reclutarlas y armarlas para la lucha proletaria de clase, bajo la dirección del partido comunista. (…) Necesitamos de nuestros propios organismos para trabajar entre ellas, necesitamos métodos especiales de agitación y formas especiales de organización. No se trata de una defensa burguesa de los ‘derechos de la mujer’, sino de los intereses prácticos de la revolución” (Conversación con Clara Zetkin, 1925).

En esa misma discusión con Clara Zetkin, Lenin dice que “la negación de la necesidad de organismos especiales para nuestro trabajo entre las masas femeninas” (aquí Lenin se refería a la creación de comités dentro de las secciones de la IC) puede ser una actitud “muy principista”, pero que no ve la realidad. “Sin millones de mujeres no podremos realizar la dictadura proletaria, sin ellas no podemos llevar a cabo la edificación comunista”. Por eso, insiste Lenin, “debemos encontrar el camino hasta ellas, debemos estudiar mucho, probar muchos métodos para encontrarlo”. Pero jamás defendió la creación de un movimiento de mujeres autónomo, separado de los organismos del movimiento obrero. Para Lenin, las mujeres, los negros, todos los oprimidos que son explotados por el capitalismo deben integrar el movimiento obrero, porque sin ellos no puede haber un verdadero movimiento de masas.

Y, para movilizar a las mujeres, para ganarlas a la revolución, defendía como “totalmente justo que presentemos reivindicaciones a favor de la mujer. Eso no es un programa mínimo, no es un programa de reformas en el espíritu socialdemócrata. Eso no es el reconocimiento que señalamos para la eternidad o, al menos, en una existencia prolongada de la burguesía y de su Estado. No es, tampoco, una tentativa de apaciguar a las masas femeninas con reformas o desviarlas de la lucha revolucionaria. (...) Los derechos y las medidas sociales que exigimos de la sociedad burguesa para la mujer son una prueba de que comprendemos la situación y los intereses de la mujer y de que en la dictadura del proletariado las tomamos en cuenta. Naturalmente, no con adormecedoras medidas de tutela, sino como revolucionarios que llaman a la mujer a trabajar en pie de igualdad por la transformación de la economía y de la superestructura ideológica”.

En suma, para Lenin, nuestro trabajo entre las mujeres debe tener el mismo eje de todo nuestro trabajo entre la clase: la dictadura del proletariado. “Pregunta: ¿Aún debemos convencernos unos a otros de que la lucha por los derechos de la mujer tiene que estar vinculada al objetivo fundamental: la conquista del poder y la instauración de la dictadura del proletariado?” (Conversación con Clara Zetkin, 1925).

Hoy, esa necesidad de organizar a las mujeres, de ganarlas al partido y para la revolución, se enfrenta con la realidad del imperialismo, de una superexplotación de la clase trabajadora y un agravamiento sin precedentes de todas las formas de opresión y discriminación. Esa situación hizo que surgiesen movimientos autónomos de los distintos sectores oprimidos como una forma de resistencia y una alternativa de lucha contra la discriminación. Lo que caracteriza a esos movimientos es su carácter amplio y policlasista, donde los organismos de la clase, como los partidos y los sindicatos, no tienen espacio para manifestarse, incluso, a pesar de ser extremadamente progresivos en su inicio, porque enfrentan cuestiones justas, al no tener un carácter de clase, al no ser encabezados por la clase trabajadora, acaban siendo cooptados por la burguesía y paralizando la lucha contra la opresión misma que los generó.

Dentro de nuestras filas, Moreno encabezó, a finales de los 70, las discusiones contra la posición del SWP, expresadas en el documento de Mary-Alice Waters, quien proponía una unidad de todas las mujeres en un movimiento autónomo policlasista e independiente para luchar contra la opresión. Para Waters, las mujeres de todas las clases lucharán cada día más unidas entre sí frente el capitalismo, que es el enemigo común, en una dinámica que no parará hasta derrotarlo.

Para retomar las posiciones del trotskismo, la Fracción Bolchevique lanzó en 1980 el documento Las tareas del trotskismo entre las mujeres, afirmando que la unidad de las mujeres por encima de las clases es imposible debido a las contradicciones políticas y sociales de la lucha entre la revolución y la contrarrevolución. Los trotskistas deben apoyar y hacer unidad de acción en las luchas por las reivindicaciones democráticas específicas de las mujeres, pero su participación en esos movimientos tiene como objetivo ganar a las mujeres, principalmente a las obreras, para que rompan con la burguesía y el reformismo y se unan a su clase y al partido revolucionario. Reafirma que los trotskistas están en primera fila de la lucha por las reivindicaciones contra la opresión de la mujer, y para eso, su programa debe contemplar las demandas democráticas como aborto libre y gratuito, divorcio, plena igualdad legal, etc. Por las demandas de las obreras y las mujeres pobres, como igual a  igual trabajo, reducción de la jornada, guarderías, restaurantes y lavanderías colectivas, por un salario para el ama de casa y pleno empleo para la mujer. Exige representación de las mujeres en las direcciones sindicales y creación de comisiones femeninas en los sindicatos. Por la defensa de las condiciones de vida de la familia obrera y campesina, por servicios públicos de salud, educación y recreación gratuitos, y por subsidios para los hijos.

Ese programa democrático y transicional tiene un sólo objetivo: la movilización de las mujeres obreras y pobres junto a su clase, por la toma del poder por el proletariado y la revolución socialista mundial, que es la única que podrá garantizar la igualdad plena y permanente de las mujeres y de todos los oprimidos.

El hecho que las banderas feministas tengan un carácter democrático puede llevarnos a proponer la unidad de todas las mujeres, de todas las clases, creando movimientos unitarios y organismos que alejan a las mujeres trabajadoras del seno de su clase. Moreno alerta para el peligro de formar frentes para luchar por las banderas democráticas, como las feministas y las antiimperialistas.

 “La palabra ‘frente’ y su identidad con la expresión ‘frente obrero’ provocó en nuestro movimiento una confusión que fue hábilmente utilizada por el revisionismo para contrabandear sus posiciones dentro de nuestras filas. Ese contrabando consistió en igualar, en cuanto a su importancia y carácter, el frente obrero –que es un frente para conseguir una acción de independencia de clase- con los diversos ‘frentes’ que pueden llegar a constituir para acciones antiimperialistas, democráticas, feministas”. Y alerta que “la gran tarea de la Cuarta Internacional es independizar a los trabajadores de cualquier relación estable con las otras clases” (...) Pero eso no significa ignorar las luchas progresivas de cualquier sector de clase contra el imperialismo, los capitalistas, los latifundistas feudales, el machismo o los gobiernos burocráticos totalitarios y dictatoriales. Moreno insiste en que nosotros no estamos a favor de un frente único antiimperialista, ni antifeudal, ni feminista antimachista ni democrático antidictatorial, y si de acciones antiimperialistas, feministas, democráticas y antilatifundistas (...) Y eso porque, “aunque durante una etapa, esos frentes puedan ser relativamente progresivos, históricamente sirven a la burguesía y frenan el proceso de independencia política del proletariado. Por eso, es indispensable eliminar definitivamente de nuestra política el llamado a un frente de cualquier tipo que no sea el frente obrero, y levantar, en su lugar, la línea de la unidad de acción”. (Tesis XXIX de las Tesis para Actualización del Programa de Transición).

Con el agravamiento de la explotación y expoliación de los pueblos por el capitalismo imperialista, las cuestiones de la opresión y las distintas formas de discriminación asumirán grandes proporciones. Los gobiernos burgueses se aprovechan de eso para, de cierta forma, absorber y neutralizar esas reivindicaciones. Por primera vez en la historia, un candidato negro (Barak Obama) disputa la presidencia de los EE.UU. Las mujeres son cooptadas por el sistema, para dar una apariencia de igualdad. Casos como el de Hillary Clinton, Condolezza Rice, Cristina Kirshner, Dilma Roussef y otras, que asumen puestos de comando en los gobiernos burgueses, al absoluto servicio de la ideología burguesa y aplicando disciplinadamente las políticas neoliberales y de superexplotación de la clase trabajadora, dentro de ella, de la mujer trabajadora. 

La mayor lucha contra la opresión que ya existió, el movimiento gay, fue totalmente cooptada por la burguesía y se transformó en un gran espectáculo comercial, financiado por empresas millonarias, con el apoyo integral de los gobiernos de turno e integrado por homosexuales de todas las clases. En especial en Brasil, sobre todo en Sao Paulo, la marcha gay se transformó en un movimiento de masas; es la mayor manifestación de masas contra la opresión en el mundo entero, muy superior a las que las feministas consiguieron hacer en los últimos años (y tal vez, incluso, en los años 60 y 70). Sin embargo, las direcciones del movimiento fueron hábilmente cooptadas por los gobiernos burgueses llamados “liberales”, a cambio de mucho dinero y publicidad, y se volvieron portavoces de una política reaccionaria, que margina a los partidos de izquierda y hacen de la lucha contra el preconcepto a los homosexuales un gran carnaval, pasando la falsa idea de que la democracia burguesa permite todo. Ese movimiento, que comenzó como algo progresivo, ahora no pasa de una bandera reaccionaria y engañadora, porque la masificación del movimiento no significó que la lucha se hizo más fuerte. Por el contrario, el prejuicio contra el homosexualismo avanza a pasos gigantes, de la mano de  la violencia y de la aparición de grupos de derecha que, impunemente, agraden y humillan a los homosexuales, expuestos a un prejuicio cada vez mayor. Ese movimiento no tiene nada de anticapitalista. Por el contrario, refuerza la creencia en la democracia burguesa y en el gobierno, mientras los gays, sobre todo los más pobres, son agredidos y forzados a prostituirse en el mercado de trabajo.

Otro ejemplo de movimiento progresivo que fue cooptado por la burguesía fue el movimiento ecologista. Los “verdes” organizaron un movimiento autónomo para luchar por la preservación del medio ambiente. Con un programa de reivindicaciones perfectamente justo y que conquistó amplio apoyo, hoy no pasa de quinta columna de los gobiernos burgueses, porque no es un movimiento de la clase trabajadora, sino un movimiento policlasista, que es utilizado por los gobiernos burgueses para pura propaganda. Mientras que, en concreto, la naturaleza continúa siendo depredada y el medio ambiente nunca estuvo tan amenazado como hoy.

Lo mismo viene ocurriendo con las luchas históricas de las feministas contra la prostitución y la mercantilización del cuerpo de la mujer. Esas banderas son diariamente utilizadas por la propaganda burguesa para aumentar sus ganancias en comerciales de televisión, donde las mujeres aparecen semidesnudas para vender automóviles o comparadas con botellas de cerveza, y hay una glamourización de la prostitución, como el sumun de la modernidad.

Por eso, como dice Moreno en la tesis XXIX,aunque durante una etapa esos movimientos policlasistas puedan ser relativamente progresistas, históricamente acaban sirviendo a la burguesía y frenando el proceso de independencia política del proletariado. Por eso, es indispensable eliminar definitivamente de nuestra política el llamado al frente de cualquier tipo que no sea el frente obrero, y levantar, en su lugar, la línea de la unidad de acción”.
 
Ese debe ser el centro de nuestra política para las mujeres trabajadoras. Mostrarles que la única forma de luchar contra la opresión es luchar contra el capitalismo en el seno de la clase trabajadora, como parte de su lucha contra la explotación por el socialismo. Ningún movimiento autónomo de mujeres para luchar contra la opresión, que separe a las mujeres trabajadoras de su clase, podrá hacernos avanzar e, inevitablemente, más temprano que tarde, acabará siendo cooptado por el gobierno y por la burguesía, como ocurre con el movimiento gay. Todo movimiento que tenga como programa la lucha contra la opresión es, por sí sólo, un movimiento policlasista, aunque no tenga  burguesas dentro de su organización, porque la opresión golpea a todas las clases.

Somos categóricos: el problema de la mujer no es un problema de género, sino un problema de clase. Las mujeres están divididas en clases sociales distintas y eso hace que tengan programas de lucha distintos. Al mismo tiempo, y porque damos enorme importancia a todas las luchas contra la opresión, participamos en unidad de acción en todas las actividades posibles por las banderas democráticas, siempre manteniendo la más completa independencia política y organizativa de las mujeres trabajadoras. Podemos trabajar en unidad de acción con todos los grupos de mujeres, incluso burguesas, por una bandera concreta y determinada, como la lucha por la legalización del aborto, contra la violencia, contra el acoso sexual y otras. 

Pero en su día a día las mujeres trabajadoras están irremediablemente separadas de las mujeres burguesas en todo lo que tiene que ver con la explotación capitalista. Por eso, hay que traer a las mujeres para los organismos de la clase, que tomen a frente en el combate contra la opresión y procurando mostrar que las banderas contra la opresión se combinan con las luchas contra la explotación, el capitalismo y el imperialismo, única forma de alcanzar la emancipación definitiva de las mujeres.
 
9- Combatir el machismo en todos los frentes
 
Pero es absolutamente imposible que nuestros partidos ganen a las mujeres para la lucha revolucionaria si no enfrentamos de forma categórica el machismo en todos los frentes: dentro del partido, en el seno de la clase y dentro de nuestra propia casa.

Machismo es un prejuicio contra la mujer y, como todo tipo de prejuicio, es inadmisible dentro de las filas revolucionarias. Y no sólo como un problema de orden moral –el machismo corresponde a la moral burguesa, por lo tanto, de la clase enemiga del proletariado– sino también de orden político, ya que se vuelve una traba objetiva para la construcción del partido.

Como moral de la burguesía, que penetra en las filas del proletariado, desagregando las relaciones humanas y minando las fuerzas de la clase trabajadora, el machismo es más una excrecencia alimentada diariamente por las relaciones capitalistas de producción y una prueba irrefutable de que el capitalismo no sirva para hacer que la humanidad avance. Marx ya había señalado eso en el siglo XVIII, al señalar sobre el hecho de que La evolución de una época histórica es determinada por la relación entre el progreso de la mujer y de la libertad, porque las relaciones entre el hombre y la mujer, entre el débil y el fuerte, hacen resaltar nítidamente el triunfo de la naturaleza humana sobre la bestialidad. El grado de emancipación femenina determina naturalmente la emancipación general de la sociedad (La ideología alemana).

El avance del machismo, por lo tanto, muestra el grado de degeneración en el que se encuentra la sociedad burguesa. La idea de que el hombre es más fuerte que la mujer, de que es superior intelectualmente, de que es más capaz para administrar, para dirigir, para planificar, en fin, de que el hombre es “cerebro” y la mujer es “emoción”, además de no tener ningún fundamente científico, arrastra todo tipo de relaciones asentadas en la opresión, con consecuencias nefastas, como el aumento de la violencia y de la brutalidad contra la mujeres. 

El machismo, el racismo, el sionismo, el antisemitismo, la homofobia, la opresión contra los inmigrantes, contra los más jóvenes o los más viejos, en fin, todo tipo de prejuicio, viene avanzando y sirviendo para poner a alguien en una situación de desigualdad, de fragilidad, de sumisión y humillación. En ese sentido, puede ser visto como un cierto nivel de conciencia (una conciencia machista, una conciencia sionista, etc.), que tiene sus fundamentos en el modo de existencia. Para el marxismo, la existencia hace a la conciencia, la vida concreta es la que determina la conciencia y no la conciencia la que determina la vida concreta. Esas ideologías nefastas, que la burguesía fue institucionalizando y agravando a lo largo de los tiempos, siempre movida por intereses materiales, fueron combatidas de forma implacable por el marxismo. La mayor contribución del marxismo en ese sentido fue justamente desenmascarar la idea de que las ideologías son algo inherentes a los hombres; ellas son algo adquirido y, por lo tanto, pasibles de superación. Eso significa que el machismo no es parte constitutiva de los hombres, ergo, hay hombres más o menos machistas e, incluso hombres que no son machistas.

En la ideología alemana, polemizando con los viejos y nuevos hegelianos, Marx afirma que según su fantasía, las relaciones entre los hombres, todos sus actos y su modo de actuar, sus trabas y sus barreras, son productos de su conciencia. Por eso los neohegelianos formulan el postulado moral de que deben cambiar su conciencia actual por la conciencia humana, crítica o egoísta, derrumbando así sus barreras. Ese postulado de cambiar de conciencia es lo mismo que interpretar lo existente de otro modo, hacer otra interpretación, una lucha contra “frases”. A pesar de su fraseología revolucionaria, los neohegelianos son, para Marx, los mayores conservadores, porque no combaten al mundo real existente, porque parten de premisas arbitrarias y no de la realidad concreta, de los individuos reales, de su acción y de sus condiciones materiales de vida. La producción de las ideas y de las representaciones (de la conciencia), entre ellas el machismo, la ideología de la inferioridad femenina y de la superioridad masculina, está directamente entrelazada con la actividad material y el intercambio entre los hombres, como el lenguaje de la vida real. Es la emanación de su comportamiento material. Lo mismo ocurre con la producción espiritual, tal como se manifiesta en el lenguaje de la política, de las leyes, de la moral, de la religión, de la metafísica de un pueblo. Los hombres son los productores de sus representaciones, de sus ideas, pero los hombres reales y actuantes, tal y como se encuentran condicionados por un determinado desarrollo de sus fuerzas productivas y por el intercambio que a él corresponde. La conciencia no puede ser nunca otra cosa que el ser consciente, el ser de los hombres es su proceso de vida real. (La ideología alemana).

Eso significa que el machismo no es una cualidad del hombre (como macho), así como el feminismo (o la femineidad) no es cualidad de la mujer. No existe una esencia masculina, así como no existe una esencia femenina. Las mujeres y los hombres son constituidos históricamente, de acuerdo con su existencia, sus condiciones materiales de vida y su ubicación en el modo de producción dominante. Las distintas formas de opresión tienen un punto de partida en desigualdades naturales (entre hombres y mujeres, entre blancos y negros, entre jóvenes y viejos y así los siguientes) que son transformadas históricamente en desventajas y motivo de opresión, discriminación y mayor explotación de otros.

Cuando se discute el problema del machismo, es necesario preguntar por sus bases materiales y concretas. En las instancias en que actúa el partido revolucionario, el machismo se manifiesta de forma distinta de acuerdo a sus bases materiales y, por lo tanto, debe ser enfrentado de forma distinta. Así, en la sociedad burguesa, el machismo se asienta en la superexplotación de las mujeres; su base material es la extracción de una plusvalía de millones de mujeres trabajadoras. Dentro del movimiento obrero, sobre todo en los sindicatos y también en los partidos de la clase, el machismo como ideología burguesa se transforma en un arma para dividir a la clase, envenenar y desmoralizar a sus principales dirigentes, para quebrar y apartar de la lucha de clases a gran parte de sus combatientes. Ahí, el machismo también tiene una base material, que es la burocracia, su poder, su control sobre la máquina sindical y los privilegios materiales de los cuales se beneficia, contra los intereses de la clase trabajadora de conjunto.

El partido revolucionario, inserto en la clase obrera, no está inmune a ese peligro; por el contrario, está más vulnerable que cualquier otro organismo a esa amenaza. Sin embargo, si comprendemos a fondo lo que dice Marx sobre las bases materiales de la ideología, tenemos que entender que en el partido revolucionario el machismo no encuentra las bases materiales sobre las cuales asentarse y consolidarse. Los dirigentes y militantes revolucionarios no se benefician de ningún privilegio material y, por eso, dentro del partido existen condiciones más favorables para el combate al machismo. Lo que sustenta el machismo en el partido revolucionario son los resquicios de la moral burguesa que penetran en nuestras filas por todos sus poros. La ideología del poder, del status, del prestigio, que llega, sobre todo, a los militantes que ocupan cargos de dirección y las tareas más prestigiadas, como dirigir un sindicato, estar en el Comité Central, ser el responsable por un equipo de seguridad, etc. Ese tipo de comportamiento o de ideología (los rasgos machistas) también se dan entre las mujeres que, al asumir puestos de comando tienden a ejercer un “poder masculino” sobre los demás, y pasan a distinguir a las otras mujeres como seres inferiores y, por lo tanto, pasibles de sumisión.

Esos rasgos machistas dentro del partido necesitan ser combatidos con una política clara y la discusión permanente sobre la necesidad de mantener y renovar la moral revolucionaria en nuestras filas. Nuestra moral es la moral de la clase trabajadora en lucha; lo que debe prevalecer, por encima de todo, es la igualdad entre todos los militantes para hacer todas las tareas, sin ningún tipo de discriminación. Lo único que debe primar en el partido es el criterio político y la preparación del militante para desempeñar ésta o aquella tarea. Cualquier tipo de discriminación –dar solamente las tareas organizativas a las mujeres, distinguir a las mujeres como menos competentes para dirigir equipos, para asumir tareas de seguridad o para elaborar políticamente- es nefasto para la construcción del partido, además de alimentar entre nosotros un sentimiento discriminatorio que, más temprano que tarde, acabamos por reproducir en el seno del movimiento obrero.

Esa lucha, por lo tanto, es vital para nuestra construcción como revolucionarios, para construir relaciones políticas de camaradería y construirnos como dirigentes respetados por la clase trabajadora. Por otro lado, no es una verdadera dirección revolucionaria aquella que delega a las mujeres el combate al machismo o a la comisión moral. “Si son las mujeres las perjudicadas por el machismo, ellas deben luchar contra él”. Esa también es una forma disfrazada del machismo. La lucha contra el machismo es una tarea del conjunto del partido. Lógicamente, las mujeres deben estar al frente de ella y, en ese sentido, la comisión de la mujer tiene un papel central que ocupar. Sin embargo, la lucha contra el machismo comienza por la dirección del partido, que debe ser el máximo ejemplo revolucionario.

Pero no combatimos al machismo sólo en el ámbito del partido. También somos los mayores defensores de la igualdad entre hombres y mujeres en el ámbito de la lucha de los trabajadores, en los organismos de la clase, en todos los sectores de la sociedad y, también, dentro de nuestro ámbito familiar.

En los sindicatos y organismos de la clase, somos defensores de las cuotas para mujeres en todos los cargos de dirección, como forma de enfrentar a la burocracia sindical, que margina a las mujeres para obtener ventajas materiales en la dirección del sindicato (mayor poder de decisión, mayor control sobre las finanzas, etc.). Defendemos que todo organismo de la clase debe tener una política especial para atraer a las mujeres trabajadoras, debe organizar departamentos femeninos y mantener cursos de formación política para las mujeres, como forma de hacer que ellas se conviertan en dirigentas del movimiento obrero. Las esposas de los trabajadores, madres y amas de casa, también deben ser motivo de atención y respeto de nuestra parte, sean o no militantes o simpatizantes del partido.

De una forma general, dentro del partido la mayoría de los compañeros tienen una comprensión sobre la necesidad de enfrentar las desviaciones machistas. Sin embargo, esos mismos compañeros, cuando llegan a su casa, tienden a ser machistas, porque ahí sí obtienen ventajas materiales. Con el argumento de que tienen que hacer cosas importantes en el partido, no dividen las tareas domésticas o solamente “dan una ayuda” a su compañera, haciendo una cosa u otra. Si se trata de un dirigente del partido, peor aún, porque él se apoya en un argumento verdadero, el hecho de tener mayor responsabilidad con las tareas partidarias, para oprimir aún más a su compañera, que acaba haciendo todas las tareas domésticas, convencida de que así ella está contribuyendo a la construcción del partido. De esa forma, la compañera no puede desarrollarse políticamente. La situación es aún peor cuando ella no es militante del partido; en ese caso, el compañero tiende a mantener una relación aún más parecida con el casamiento burgués. Ve a la mujer como alienada, como “su” mujer y “madre” de sus hijos, y se aprovecha aún más del trabajo doméstico para tener “tiempo libre” para militar.  

Ese comportamiento machista, que reproduce en casa el modelo de la familia burguesa, no contribuye a la construcción del partido, porque la tendencia es que ese compañero comience a reproducir ese mismo comportamiento en las filas del partido y del movimiento obrero. Ningún compañero o compañera puede captar a las mujeres trabajadoras si no comprende la situación de la mujer en el capitalismo, si no entiende que ella vive una situación de discriminación en todos los niveles de la sociedad (en casa, en el trabajo, en el ocio). No existe un lugar en la sociedad donde la mujer no sea discriminada. Ella soporta la doble jornada, tiene horarios reducidos para el estudio y la militarice, es vista como objeto sexual, como ser humano de segunda categoría, una esclava para hacer los trabajos más pesados y mecánicos sin reclamar. Si el capitalismo y nuestros enemigos de clase dan ese tipo de trato a todas las mujeres, principalmente a las mujeres trabajadoras y, entre ellas, a las trabajadoras negras, nosotros, militantes revolucionarios tenemos que hacer exactamente lo opuesto: repudiar con todas nuestras fuerzas esa ideología y esa práctica machista y discriminatoria, opresiva y humillante, y ver en toda mujer un ser humano con iguales derechos, y ver en la mujer trabajadora un potencial soldado de la revolución.

El machismo es incompatible con la moral revolucionaria, pero la lucha contra esa ideología burguesa en nuestras filas no se reduce a un problema moral. El partido es, por encima de todo, una herramienta para la revolución; pero, si tenemos un partido machista, esa es una herramienta que no sirve para captar a las mujeres, por lo tanto, no sirve para hacer la revolución. También en ese terreno debemos ser marxistas consecuentes y recordar lo que dice Marx en la “Crítica al Programa de Gotha” y que resume bien a nuestra batalla: “En la fase superior de la sociedad comunista, cuando hay desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división el trabajo y, con ella, la oposición entre el trabajo manual y del trabajo intelectual; cuando el trabajo ya no sea un simple medio de existencia, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo en todos los sentidos de los individuos, crezcan también  las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo  entonces el estrecho horizonte jurídico burgués podrá ser totalmente superado y la sociedad escribirá en sus banderas: ¡De cada cual  según sus capacidad, a cada cual según sus necesidad!”

10- La LIT ante ese desafío
 
El papel que la mujer viene cumpliendo hoy en el mercado de trabajo, ya no es más el mismo que hace 20 ó 30 años atrás. Hoy, ella está en el centro de los proyectos imperialistas, como la mitad más explotada y oprimida de la clase, sobre la cual el capitalismo imperialista descarga toda su crisis. Eso nos coloca ante el desafío improrrogable de construir un programa y una política para las mujeres trabajadoras y pobres como cuestión de vida o muerte para la construcción del partido revolucionario.

Eso significa que, si queremos proletarizar nuestras secciones, tenemos que tener una política clara para las mujeres obreras y, también, para las mujeres de los obreros. Si queremos abrir trabajo en el campo, tenemos que tener una política para las campesinas pobres, las agricultoras sin tierra y los trabajadores temporales. Si queremos hacer trabajo político entre los inmigrantes, tenemos que saber que las mujeres ya son la mayoría entre los trabajadores que dejan a sus familias y sus países coloniales o semi coloniales en busca de empleo en los EE.UU. y Europa. En los sectores de servicios, las mujeres también son la mayoría, así como en las empresas maquiladoras, en las industrias electrónicas y en las zonas francas.

En estos tiempos de la moral del “vale todo”, que en rigor es la moral que sirve a la burguesía, la expoliación de pueblos enteros, la superexplotación de la mujer y de toda la clase trabajadora, la LITCI reafirma la moral revolucionaria de lucha y enfrentamiento contra todo tipo de opresión, su firme convicción de que la única forma de emancipar a la mujer es emancipar al conjunto de la clase trabajadora por medio de la revolución socialista y de la dictadura del proletariado, que quebrará las bases materiales de la opresión capitalista imperialista y posibilitará la construcción de otra sociedad, bajo nuevas bases sociales, sin explotación, sin opresión y con igualdad plena entre hombres y mujeres.

Sólo la clase trabajadora organizada, con la participación decisiva de las mujeres, podrá asumir el programa de lucha contra la opresión y la discriminación, sin depositar ninguna confianza en el estado burgués y, mucho menos, en los organismos del imperialismo, como la ONU y la Unesco, o en las presidentes, primeras damas y mujeres ministras de los gobiernos burgueses.

También para luchar contra la opresión de las mujeres es necesario construir el partido revolucionario, que lleve el trabajo político entre las mujeres trabajadoras, incentivando su organización dentro de los marcos de la clase, y con el objetivo fundamental de ganarlas para el partido y la revolución. Para eso es necesario combatir todo tipo de machismo en nuestras secciones, crear un ambiente propicio para que las militantes no se sientan despreciadas o discriminadas, que sean valorizadas tanto como cualquier militante, que se aplique el medio punto en el momento de elegir las direcciones, haciendo balances que tomen en cuenta la opresión que vive la mujer, que se busque facilitar su militancia organizando guarderías en todas las actividades, discusiones permanentes sobre la necesidad de repartir en igualdad de condiciones las tareas domésticas y el cuidado de los niños, planes concretos para acelerar la formación política de las compañeras y creación de comisiones de mujeres en todas las secciones de la LIT (o, al menos, nombrar a una compañera que se responsabilice por la tarea), acompañadas por la dirección.

La realidad es concreta: si la mitad de la clase trabajadora, hoy, es conformada por mujeres, eso significa que la LIT está ante el desafío de comprender el fondo del problema de la opresión de la mujer, no sólo como un problema democrático, sino también como un problema estratégico para la construcción de nuestras secciones y la organización de la clase para las tareas de la revolución.

Como dice Trotsky en el Programa de Transición, “la época de decadencia capitalista, es golpe tras golpe cada vez más duros a la mujer, tanto como obrera como doméstica. Las secciones de la IV Internacional deben lograr apoyo en las camadas más oprimidas de la clase obrera y, por consiguiente, entre las mujeres trabajadoras. Encontrarán en ellas las fuentes inagotables de devoción, abnegación y espíritu de sacrificio. Por eso, ¡debemos dar lugar a las mujeres trabajadoras! Esa consigna está inscrita en la bandera de la IV Internacional”.
 
En ese sentido, también es fundamental tener claro que sin teoría revolucionaria no hay política revolucionaria. Existe mucho material producido sobre el tema, sea por las feministas académicas, sea por las corrientes de izquierda, sobre todo a partir de los años 60, varios estudios serios y profundos que tenemos que tomar en consideración. Además, están los clásicos del marxismo, Marx y Engels, Lenin y Trotsky, Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo, Moreno, en fin, todos los grandes revolucionarios que siempre se preocuparon con ese problema, y en sus escritos teóricos se pueden encontrar aportes que nos ayudan a entender la cuestión de la opresión de las mujeres desde el punto de vista marxista y revolucionario.

Y más de una vez debemos repetir que, no cabe sólo a las compañeras la tarea de estudiar el tema, sino al conjunto de los militantes. Necesitamos incorporar la cuestión de la mujer en los cursos y escuelas de cuadros normales que ya tenemos preparados o en preparación y, por otro lado, organizar cursos y escuelas específicos sobre el tema. Fue el caso del Seminario de Mujeres organizado por el SI de la LIT, que abordó los principales temas relacionados a la cuestión de la mujer (el origen de la opresión, la mujer en el capitalismo, la cuestión de clase y la mujer en el socialismo). El Seminario ya fue organizado en cuatro oportunidades, reuniendo a aproximadamente 200 militantes, la amplia mayoría mujeres, que pasaron 4 días estudiando el tema. Los efectos del Seminario ya se hicieron sentir en el cambio de la relación de los militantes con la teoría y en la valorización del trabajo entre las mujeres para la construcción del partido, lo que se reflejó en el fortalecimiento de las comisiones de mujeres y tuvo influencia directa en la reducción del machismo en nuestras filas.

La posición de la IC, de que la lucha de la mujer contra la doble opresión: el capitalismo y la dependencia de la familia y del marido, debe tomar, en la fase que se aproxima, un carácter internacional, transformándose en lucha del proletariado de los dos sexos, por la dictadura y el régimen soviético bajo la bandera de la III Internacional, también debe ser nuestra política. Recuperar el marxismo en la lucha de las mujeres, recuperar la visión de clase en su opresión y explotación es necesario y urgente para tratar de recuperar la militancia femenina, para reubicar en los marcos de la revolución socialista todo el potencial revolucionario inserto en la lucha por la liberación de las mujeres.

Junio/2008

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