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La dictadura del proletariado y la transición hacia el socialismo PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por João Ricardo Soares   
Jueves 27 de Enero de 2011 17:51
Inicialmente, La Dictadura Revolucionaria del Proletariado, obra de Nahuel Moreno, publicada por primera vez en Colombia en 1979, tuvo como objetivo polemizar con una resolución escrita por Ernest Mandel para el XI Congreso del Secretariado Unificado de la IV Internacional. Ese documento de Mandel, conocido como Democracia Socialista y Dictadura del Proletariado, hacía concesiones programáticas y de principios a los partidos comunistas europeos que rompían con Moscú, movimiento que sería conocido como eurocomunismo. Sin embargo, La Dictadura revolucionaria del Proletariado, tanto por los temas que aborda, como por la metodología utilizada, transciende el objetivo inicial del debate y se revela de una profunda actualidad.

La actualidad del socialismo y la teoría de la transición
 
Uno de los temas centrales de la obra de Moreno es la actualización de la teoría de la transición al socialismo. Luego del derrocamiento de la URSS, hubo un profundo cuestionamiento al marxismo, desde los que pasaron sus maletas y equipajes hacia el régimen democrático burgués, como los que negaron que la lucha por el socialismo pasa por la necesidad de la conquista del poder del Estado. Pero ninguna de las corrientes que niegan la perspectiva socialista entra a fondo en el debate sobre el tema de la transición.

Moreno, al polemizar con Mandel sobre el carácter del nuevo Estado, explica cómo el marxismo revolucionario fue desarrollando una teoría de la transición hacia el socialismo a partir de los grandes acontecimientos de la lucha de clases. Según él, el hecho de que la revolución socialista venza en un país solamente inicia una primera fase, pero la tarea fundamental es la lucha por la derrota del imperialismo.

Partiendo de Marx, Moreno demostró, por medio de la experiencia de la Revolución Rusa (1917), que hay una primera etapa a ser vencida antes de la implementación del socialismo, que es a de la lucha implacable de ese nuevo Estado contra el imperialismo.

Según Moreno, la movilización de las masas para derrotar el imperialismo a escala mundial es la tarea fundamental de un Estado obrero. Esa tarea subordina a todas las otras, como la planificación de la economía, el desarrollo de las fuerzas productivas, la plena democracia soviética, etc.

Los programas para el periodo de transición
 
Moreno distingue tres programas que históricamente se presentaron para enfrentar el periodo de transición. Con variaciones de argumentos y de formas, hay una profunda actualidad en esta clasificación. Inicialmente, lo que él llamó “la reforma burocrática reformista”, que, en nombre de preservar las conquistas nacionales, ignoró la necesidad de destruir el imperialismo. Esta política de la burocracia, dice Moreno, acabó llevando a los acuerdos con el imperialismo y a la derrota de toda y cualquier transición al socialismo. Por otro lado, tenemos los que defienden la aplicación del programa máximo, o sea, la realización inmediata de las tareas de transición al socialismo antes que la amenaza imperialista sea aniquilada. A pesar de la crítica correcta a la opresión dictatorial y burocrática, ven solamente las necesidades de la libertad política, no estableciendo una relación entre ellas y la realidad concreta.

Para Moreno, el correcto es el tercer programa fundamentado en la obra de Trotsky. Solamente ella, sobre todo el Programa de transición y la Revolución permanente, consigue armonizar las tareas aparentemente contradictorias. Y ese movimiento deberá expresarse en todos los terrenos de la vida: del mantenimiento del ejército regular para la defensa del país, con las milicias populares y el armamento del pueblo,  la necesidad de funcionarios especializados en el aparato del Estado, con la disminución de la jornada para que la clase se ocupe de las tareas de administración estatal. La esencia de esta etapa es, por lo tanto, una profunda relación entre lo inmediato y lo histórico, entre el programa y la realidad sobre la cual ocurren las revoluciones: “En toda esta primera etapa, la combinación de esas actividades tendencias, leyes (...) estará determinada por las necesidades revolucionarias y por el grado de desarrollo de las fuerzas productivas, por el peso de la clase obrera, por el avance de la economía de transición y, principalmente, por las relaciones entre la contra-revolución imperialista y la revolución socialista mundial”. “Que las masas se movilicen y en esa movilización, hagan lo que democráticamente decidan. Esta es nuestra norma fundamental”, escribe Moreno.

El movimiento obrero de este último siglo estuvo siempre polarizado por las definiciones de orden táctico que, en última instancia, obedecieron a la distintas opciones estratégicas: de la militancia revolucionaria en los sindicatos, al sindicalismo o a la negación de la actuación en los sindicatos; lo mismo en relación al parlamento burgués, desde la adaptación al parlamento hasta la negación de la participación en las elecciones; de la guerrilla como un método a verla cómo única forma de lucha.

La tradición bolchevique no hizo fetiche de ninguna forma de lucha. El gran desafío de los revolucionarios es saber cómo ejercer la actuación del programa estratégico en la militancia cotidiana. En ese sentido, Dictadura Revolucionaria del Proletariado es un ejemplo de como la realidad concreta nunca modifica los principios fundamentales de la estrategia.

Así, la tarea de construcción de un nuevo fenómeno no tiene ningún fetiche organizativo y de forma, pero responde a un contenido fundamental: el de ser una acción consciente de las masas en lucha. Por eso, la movilización permanente toma distintas formas institucionales, que, por su parte, corresponden al periodo de la lucha entre las clases, desde la organización sindical en los días de hoy hasta el Estado proletario de mañana.

Pero, si las instituciones de clase son la forma que la movilización permanente adquiere, la estrategia concentrada en el programa toma la forma de los partidos nacionales y de la Internacional, sin la cual las energías de la lucha se disipan, sea antes o tras la toma del poder.

Sin embargo, falta un tercer elemento, que dice mucho sobre el carácter de una dirección que está al frente de las instituciones de la clase obrera. La lucha por el poder debe ser una acción consciente y la única forma por la cual esa acción consciente puede expresarse es la democracia obrera: “A pesar de que tenemos que aplicar normas programáticas, la ley absoluta es la de la lucha de clases. Estamos a favor de que las masas revolucionarias hagan lo que quieran, que tomen las iniciativas que les parezcan adecuadas. Este es el principio absoluto de toda nuestra acción política. Que las masas se movilicen y en esa movilización, hagan lo que democráticamente decidan. Esta es nuestra norma fundamental”.

De nuestra parte, nos resta añadir que los principios que guían nuestra lucha por el socialismo deben ser ejercidos en el día a día. Cambian la intensidad y la forma, pero no su contenido: la movilización permanente, la democracia obrera y la construcción de la Internacional.
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João Ricardo Soares es miembro de la Dirección Nacional del PSTU

Publicado en el periódico Opinião Socialista nº 291 (marzo de 2007)

Traducción: Jessica Barquero

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