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Los muchos nombres de la opresión en las escuelas
Escrito por Wilson H. da Silva   
Martes 29 de Noviembre de 2011 10:34
Sus nombres son Neusa, Iago, Helder o, simplemente, los conocemos por iniciales, como P., D. o A. De edades y origen distintos, todos ellos; sin embargo, tuvieron una cosa en común: fueron víctimas de opresión al interior de las escuelas o, peor, en función de ella, hoy, ya no frecuentan más el ambiente escolar.
 
Iago, lamentablemente, es el ejemplo más trágico. En mayo del 2009, el joven puso fin a su propia vida, a los 14 años, por no aguantar más ser golpeado, humillado y ofendido en la escuela y en el barrio en que vive, en la periferia de São Paulo. 

Helder, de 25 años, cuya vida fue radicalmente modificada al ser obligado a abandonar el curso que seguía en la Unipampa (Universidad Federal de los Pampas), en Río Grande del Sur, y la ciudad donde vivía (Jaguarão), después de una serie de ataques racistas y, peor, de la amenaza de muerte, por parte de los policías de la ciudad.

Neusa, profesora de la Escuela Municipal Benedito Calixto, en São Paulo, encaró dos años de lucha y procesos hasta conseguir una sentencia (bastante blanda, léala abajo) para la directora de su escuela, Francisca Silvana Teixeira que, en el 2009, usó la siguiente frase para llamarla en su sala: “ven aquí a firmar el documento, mono”.

P., D. y A. pueden ser las iniciales de cualquiera de las jóvenes mujeres que, en los últimos dos años, fueron agredidas y violadas al interior de campus universitarios tan distintos como los de la USP (São Paulo), de la Unicamp (Campinas) o de la Universidad Federal de Acre.

Muchos nombres, una misma realidad

Muchos son los “nombres” dados a las situaciones mencionadas. Algunos hablan de insultos, intimidación, humillación, violencia psicológica o física. Otros, siguiendo una tendencia internacional, hablan de “bullying” -un término derivado de “bully” (matonería, en inglés), que ha sido usado para designar agresiones o intimidaciones, principalmente al interior de las escuelas.
 
El hecho es que todas las situaciones mencionadas son expresiones de una vieja y nefasta acción conocida por las mujeres, los negros y por la comunidad LGBT (lésbicas, gays, bisexuales, transexuales y travestis): la opresión. O sea, son ejemplos de mecanismos de marginalización, exclusión y discriminación que se vuelca, invariablemente, contra personas que no se encuadran en el sector social que, hace siglos, detenta el poder económico y político en la sociedad capitalista: hombres, blancos, heterosexuales.
 

Mecanismos y prácticas que, según una encuesta divulgada en octubre del 2008, por la ONG Internacional Plan, están infestando las escuelas. Nada menos que el 70% de los 12 mil estudiantes encuestados, en seis estados de Brasil, afirmaron haber sido víctimas de algún tipo de violencia escolar, la mayoría de ellas relacionadas al hecho de ser vistos como “diferentes”. 
 

Con opresión, no hay educación viable

No fue el capitalismo el que “inventó” la opresión, pero ha sido con el surgimiento de la propiedad privada y su apropiación por un puñado de “señores” que las prácticas y discursos que buscan disminuir, descalificar, excluir o, al límite, eliminar a los “diferentes” se volvieron formas bastante eficientes para “justificar” la superexplotación de los sectores oprimidos.
 
Como nos decía un profesor de Guarulhos: “Las opresiones, el machismo, el racismo y la homofobia, son pilares de sustentación del capitalismo, pues sirven, exclusivamente, como instrumentos eficaces para dividir a la clase trabajadora y debilitarnos en la lucha contra la explotación”.
 

Y es, exactamente, en este sentido, que la escuela fue transformada en espacio para la opresión: “La sociedad necesita ‘educar’ a las personas para aceptar pacíficamente su condición de explotado. Y, para ello, las ideologías creadas y transmitidas por los medios de comunicación, por la Iglesia y, también, por la escuela son fundamentales; una realidad particularmente terrible en el ambiente escolar, una vez que éste, al ser controlado y tener su funcionamiento y producción encaminados a los intereses de la clase dominante, está impregnado, en los más diferentes niveles, por la ideología discriminatoria dominante”.
 

Ejemplos de esta cruel realidad no faltan y sus efectos sobre la vida escolar, particularmente de los alumnos, son de los más diversos, como destacó Salomón Ximenes, coordinador del programa Acción en la Justicia, en el periódico Folha de São Paulo:


Recordando que “la alta evasión es la más evidente representación del carácter selectivo y excluyente de nuestro sistema educacional”, Ximenes destacó que, “lejos de indicar problemas individuales de los estudiantes y de las familias”, estos números revelan el desajuste entre “el sistema educacional y el derecho humano a la educación, entendido como aprender en condiciones de igualdad y con dignidad”, cosas que no son garantizadas no sólo debido a la superpoblación de las aulas, la precarización de las condiciones de trabajo, la falta de fondos pero, también, por la “falta de estrategias de combate a la violencia, al preconcepto, al racismo y a la homofobia”.
 

Racismo: conocimiento distorsionado, desempeño afectado

En el caso de negros y negras, muchos ni siquiera llegan a ingresar en el sistema. De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de Muestras por Domicilio (PNAD), en el 2009, de las 530 mil niñas y adolescentes de 7 a 14 años que estaban fuera de la escuela, 330 mil eran negras y 190 mil son blancas.


Además, también es entre los negros que encontramos los mayores índices de reprobación y de evasión. Mientras el analfabetismo llega al 10% en términos nacionales, en la población negra el índice llega hasta el 40%. Ya, en las universidades, la situación bordea la catástrofe, haciendo que este sector, que corresponde a más de la mitad de la población, no corresponda ni siquiera al 3% de los estudiantes universitarios.


Al interior de las escuelas, el racismo también es una constante. Por ejemplo, una investigación realizada por la Red de Información Tecnológica Latinoamericana (Ritla) con cerca de 10 mil alumnos de escuelas públicas del Distrito Federal, en el primer semestre del 2010, reveló que más de la mitad (55,7%) de los alumnos admite haber visto situaciones de discriminación racial en el colegio.


Si la escuela cumpliese mínimamente su papel, debería ser un local privilegiado para discutir prácticas y mecanismos para revertir esta situación. Sin embargo, lo que ocurre es exactamente lo opuesto. De la misma forma que son “expulsados” de las escuelas, negros y negras, hace mucho que saben que su historia y cultura fueron marginalizadas y aparecen solo en notas de pie de página en los libros didácticos y materiales académicos.


Fue con el objetivo de revertir esta situación que, por décadas, el movimiento negro luchó por la inclusión de temas como historia y cultura afro-brasileña en los currículos escolares. Y, como se sabe, esta fue la primerísima ley sancionada, en enero del 2003, por el recién investido presidente Lula.


Con todo, así como todas las demás “promesas” hechas por el lulismo en el campo social y, particularmente, en la educación, esta medida también cayó en el vacío creado por la falta de inversiones (para formación de profesores y creación de cursos, por ejemplo) y, también, de “voluntad política” por parte de gobiernos cada vez más comprometidos con los intereses de la vieja élite racista de este país.


El movimiento conquistó las “cotas”[1], una reivindicación histórica, que ha sido implementada de forma ultra tímida.


Educación, ¿sustantivo femenino?

En las series iniciales de la Enseñanza Fundamental, las mujeres forman una mayoría, de cerca al 90%. En la medida en que los años avanzan, el número de mujeres va cayendo gradualmente, llegando a una inversión en la Enseñanza Superior, donde los hombres son mayoría.


Hace mucho que las escuelas dejaron de ser un “ambiente seguro” para las mujeres. Los sucesivos casos de estupro, al interior de escuelas y universidades, son apenas la punta más maloliente de un “iceberg” formado por las formas más asquerosas de asedio y violencia sexual y psicológica.


Cotidianamente en las escuelas, la situación relatada por varias compañeras bordea la barbarie. “Educadores” deformados por la ideología dominante hacen chistes en el aula y no se amilanan en asediar alumnas; directores tratan a las mujeres como sus “sirvientas”, las “autoridades” las desprecian públicamente. Y, generalmente, las denuncias son silenciadas o caen en el más completo vacío.


En tanto esto, de la misma forma que actúa en relación a todo el resto, el gobierno hace propaganda de su compromiso con el combate al machismo, teniendo como principal bandera, en este caso, la Ley María da Penha, que prevé, por ejemplo, la adopción de disciplinas escolares sobre género y derechos humanos en las escuelas de enseñanza fundamental. Algo que, como todos saben, ni siquiera salió del campo de las intenciones.


La homofobia deseduca y mata

El caso de Iago, citado al inicio de este material, está lejos de ser algo aislado o restringido al Brasil. En setiembre del 2004, Jokin Zeberio, un español, exactamente con la misma edad del brasileño, se tiró con su bicicleta en un peñasco, dejando atrás una carta donde se leía: “Libre, oh  libre. Mis ojos seguirán aunque paren mis pies”.  


Así como innumerables otras, las trágicas historias de estos jóvenes homosexuales comenzaron al interior de las escuelas. Todos ellos denunciaron los chistes e insultos, procuraron protección contra las agresiones físicas y psicológicas e, invariablemente, entraron en depresión en función del infierno en que sus jóvenes vidas fueron transformadas.


Un “infierno” que, lamentablemente, forma parte del día a día de millones de jóvenes en nuestro país. Una investigación reveló que el 28% de los brasileños admiten tener preconcepto contra homosexuales; el 58% consideran a la homosexualidad un pecado contra las leyes de Dios y el 29% la señala como una dolencia a ser tratada.


Particularmente no que se refiere al ambiente escolar, la situación es aún peor. Entre los muchachos, en la banda entre 16 y 17 años (o sea, en la enseñanza media), se encuentra uno de los mayores índices de los que admiten tener preconcepto contra gays, lésbicas, travestis: nada menos del 47% de los entrevistados.


Y, también, en este caso, la escuela está lejos de ser el lugar donde esta situación pueda ser discutida y revertida. Una investigación de la Fundación Perseu Abramo también reveló que la mayoría (59,5%) de los profesores entrevistados admitió no tener información suficiente para lidiar con la cuestión de la homosexualidad, lo que hace que prefieran “no tratar de la cuestión en aula”.


El resultado, también, no podría ser otro. La reciente ola de ataques homofóbicos, muchos de ellos hechos por jóvenes estudiantes de clase media, trajo a la luz pública algo hace mucho conocido por los LGBT al interior de la escuela. Entrevistas realizadas por la Fundación Perseu Abramo, con 413 homosexuales o bisexuales (con más de 18 años y también en todas las regiones brasileñas), revelaron que la escuela es uno de los lugares donde ellos más sufren la discriminación: el 27% de ellos sufrieron preconceptos en el ambiente escolar y, para el 13% de estos, la primera discriminación que sucedió por causa de la orientación sexual también ocurrió en la escuela.


El Kit Anti-Homofobia[2] que, a pesar de sus muchos problemas, podría ser un instrumento para abrir este debate al interior de las escuelas, fue vetado por la presidente Dilma en una negociación con los sectores más conservadores del Congreso, con la “bancada cristiana” al frente, para salvar a un corrupto (Pallocci[3]) y aprobar proyectos que significan más recortes para los proyectos sociales.


Además, cabe recordar que de la misma forma que se han negado a adoptar políticas reales de combate a la homofobia (hace años un proyecto titulado “Brasil sin homofobia” está encarpetado en algún rincón de Brasilia), Dilma y sus aliados aún están dando “cobertura” a los agresores, en la medida en que se niegan a votar el PLC 122 que, al criminalizar el preconcepto, podría imponer algún obstáculo a los homofóbicos que, también vale recordar, elevaron a Brasil al puesto de país donde más se asesina a los LGBT en el mundo, en una proporción de uno cada 36 horas, lo que provocó la muerte de cerca de 3.300 homosexuales desde 1980.


Para comenzar, ¡el 10%, ya! También para combatir la opresión
 
Conseguir el 10% del PBI ya para la educación pública posibilitaría modificar la situación de la Educación, también para los sectores oprimidos, que son los más afectados por el caos actual. Conseguir acceso a guarderías, educación básica y universidades públicas, gratuitas y de calidad es una necesidad aún más presente para los oprimidos, que son los primeros en ser excluidos en las crisis. Además, solamente con recursos dignos es posible desarrollar programas de formación y entrenamiento de profesores y administrativos, la publicación de materiales (libros, filmes, etc.) específicos que permitan desarrollar, en las escuelas, proyectos educativos y campañas sistemáticas de denuncia y esclarecimiento.


Para eliminar de una vez a la opresión (sea ella machista, racista u homofóbica) del interior de las escuelas, precisamos construir otro sistema educacional, que  sólo es posible en el socialismo. Pero, para avanzar en ese sentido, es necesario luchar en dos frentes: conseguir victorias parciales como la del 10% del PBI Ya, para educación, e incorporar desde ya profesores y alumnos, organizados en entidades como las que componen la CSP-Conlutas y la Asamblea Nacional de Estudiantes-Libre (ANEL), para la movilización activa contra el machismo, el racismo y la homofobia al interior de las escuelas.

Fuente: Opinião Socialista n° 434, Noviembre 2011
Traducción: Laura Sánchez


[1] Cotas: reserva de matrículas para los negros en las universidades públicas.
[2] Kit anti-homofobia – un conjunto de materiales destinados a la discusión de la orientación homosexual en las escuelas de enseñanza media, producidos por el Ministerio de la Educación y Cultura de Brasil.
[3] Palloci - ex-jefe de la Casa Civil de la presidencia, renunció al cargo debido a una serie de acusaciones de corrupción y enriquecimiento ilícito. Un acuerdo con la “bancada evangélica” del Congreso Nacional evitó que él fuera investigado por aquella institución

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