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El 17 de enero pasado, se realizó la segunda vuelta de las elecciones presidenciales chilenas. Sebastián Piñera, candidato de la opositora Coalición por el Cambio, obtuvo el 51,6% de los votos válidos, y derrotó a Eduardo Frei Ruiz-Tagle, candidato de la Concertación de Partidos por la Democracia, actualmente en el gobierno, que logró el 48,4.
Este resultado puso fin a 20 años y cuatro presidentes de la Concertación, que siempre gobernó el país desde el fin de la dictadura del general Augusto Pinochet y, al mismo tiempo, es la primera vez, desde 1958, que gana las elecciones un candidato que no proviene del Partido Socialista o de la Democracia Cristiana.
Por esta razón, tanto numerosos medios proimperialistas como toda una serie de publicaciones de izquierda lo han caracterizado como un "triunfo electoral de la derecha". En el último caso, se agrega que, junto con el triunfo de Porfirio Lobo en Honduras y la posible reelección de Uribe en Colombia, formarían parte de un "giro reaccionario" que se estaría dando en la vida política de varios países latinoamericanos.
Por nuestra parte, creemos que es totalmente equivocado afirmar que lo que estaba en juego en esta segunda vuelta era un enfrentamiento electoral entre "derecha" e "izquierda". Es que si, por un lado, es correcto decir que Sebastián Piñera era un candidato burgués de derecha, postulado por las fuerzas que apoyaron a Pinochet en el pasado; por el otro, es falsificar la realidad presentar a la Concertación como representante de la "izquierda" y, menos aún, a Eduardo Frei (quien ya fue presidente del país), como un "izquierdista".
En este sentido, coincidimos con la definición que un grupo de dirigentes sindicales chilenos hizo de ambos candidatos en una declaración llamando al voto nulo: "Eduardo Frei y Sebastián Piñera son dos empresarios que se beneficiaron del modelo económico implantado en la dictadura militar y que fue continuado y legitimado por los sucesivos gobiernos de la Concertación"[1].
En otras palabras, en esta segunda vuelta electoral, los trabajadores y el pueblo chileno no tuvieron ninguna alternativa propia y quedaron encerrados, como en tantas elecciones en el continente latinoamericano, en una falsa polarización entre dos candidatos burgueses básicamente similares.
Un poco de historia
Para comprender mejor cómo se llega a esta falsa polarización, nos parece necesario repasar brevemente cómo se conformó al actual régimen político y la actual estructura de partidos en Chile.
En setiembre de 1973, el general Augusto Pinochet encabezó un sangriento golpe militar contra el gobierno constitucional de Salvador Allende de la Unidad Popular. El golpe asesinó y encarceló a miles de personas y forzó también un gran número de exiliados. En la época comenzó a llamarse "pinochetazo" a este tipo de golpes.
Sobre esta base represiva, el Chile de Pinochet fue el "laboratorio" en que se aplicaron, por primera vez, todas las recetas neoliberales de la llamada "escuela de Chicago": privatizaciones, "apertura" de la economía, rebajas salariales y deterioro de las condiciones laborales, como base de una gran reconversión de la economía chilena.
Salvando a Pinochet
Pero, en la década de 1980, un gran ascenso revolucionario de masas comenzó a barrer los regímenes militares de Argentina, Brasil, Uruguay y otros países de Latinoamérica. En Chile, la lucha contra la dictadura también dio un salto. En 1988, Pinochet fue derrotado en un plebiscito donde se votaba por sí o por no a su continuidad en el poder hasta 1997. Se planteaba, entonces, la posibilidad de su derrocamiento por la acción del movimiento de masas.
Pero, en lugar de avanzar en esa dirección, las organizaciones políticas con peso de masas (Partido Socialista, Partido Comunista, Democracia Cristiana) aceptaron los términos previstos en la constitución pinochetista de 1980: el inicio de una "transición" hacia una "democracia pactada" con el cronograma fijado por el propio régimen de Pinochet.
Además de evitar el derrocamiento de Pinochet, este "pacto de salvación" aseguró la continuidad de la constitución de 1980, su impunidad y la de los golpistas de 1973, y lo premió con el cargo de "senador vitalicio", no sujeto al voto popular. Al mismo tiempo, el régimen político resultante de la transición mantuvo un carácter mucho más bonapartista y reaccionario que los de otros países latinoamericanos que habían vivido procesos revolucionarios democráticos triunfantes. Por ejemplo, se mantenía el Consejo de Seguridad Nacional, integrado por cuatro militares (los jefes de las tres FFAA y del cuerpo de Carabineros) y cuatro civiles.
Desde entonces ha estado planteado para el pueblo chileno la necesidad de luchar por el cambio de esta reaccionaria constitución y su régimen político; y por el juicio y castigo a los responsables del golpe y de la sangrienta represión pinochetista[2]. Es decir luchar contra lo que, junto al modelo económico, constituyó la herencia pinochetista.
Los gobiernos de la Concertación
Durante la "transición pactada", la Democracia Cristiana, el Partido Socialista y otros partidos menores formaron la Concertación de Partidos por la Democracia para la disputa electoral con las coaliciones que formaron las fuerzas que habían apoyado al pinochetismo.
Hasta ahora la Concertación había ganado todas las elecciones y gobernó desde entonces. Dos presidentes fueron de la Democracia Cristiana (Patricio Aylwin, 1990-1994, y Eduardo Frei, 1994-2000) y dos del PS (Ricardo Lagos, 2000-2006, y Michelle Bachelet, 2006-2010).
Los gobiernos de la Concertación defendieron los aspectos esenciales de la "herencia pinochetista", como el régimen político y la impunidad para los asesinos, y mantuvieron, e incluso profundizaron, el modelo económico.
Por ejemplo, durante su gobierno, Eduardo Frei nunca quiso recibir a las organizaciones de los familiares de las víctimas de la dictadura y movió todo el aparato del Estado para evitar que Pinochet fuera juzgado en Londres por las violaciones de los derechos humanos. En el terreno económico, privatizó el agua, extendió el sistema de concesiones a los bienes nacionales de uso público, como las autopistas y el desempleo pasó de 7.6% a 9.1%.
Lo mismo podemos decir de Michelle Bachelet que defendió a fondo la LOCE (Ley Orgánica Constitucional de la Educación), promulgada por Pinochet, en 1990; A pocos meses de asumir, en 2006, debió enfrentar una gran movilización de estudiantes secundarios (la famosa "rebelión de los pingüinos") que exigían su derogación y otros reclamos. Bachelet respondió con una dura represión. Una respuesta que se repitió frente a otras luchas, como la huelga de los trabajadores forestales de Celulosa Arauco, en 2007, en la que los carabineros mataron a Rodrigo Cisterna. Hoy, antes de acabar su mandato, ha enviado una ley al Congreso para "privatizar el mar", entregándolo a la banca y a las multinacionales.
Entonces, ¿quién puede calificar seriamente a estos gobiernos y a la propia candidatura de Frei como de "izquierda"? Como decía una declaración del FR-IC (Fuerza Revolucionaria - Izquierda Comunista, sección chilena de la LIT-CI), llamando al voto nulo: "La Concertación, en sus años de mandato, lo único que ha hecho es gobernar según los intereses de la burguesía y del imperialismo; no cambio la Constitución heredada de la Dictadura, continua reprimiendo la lucha de los trabajadores, ahí esta la muerte del compañero Rodrigo Cisterna; mantiene el código laboral de Pinochet y nada ha hecho para resolver el conflicto mapuche, solo militarizar la Araucanía; la educación continua siendo privatizada, etc. Por todo esto es que hace rato que la Concertación no es de izquierda y no por nada algunos la han bautizado como la 'derecha democrática' (.) No existe ninguna diferencia entre Frei y Piñera. (.) Ninguno de los dos representa un cambio a favor de los trabajadores".
De esta forma, atrapados en una falsa polarización entre dos candidatos básicamente similares, sin ninguna alternativa de los trabajadores, pesó el desgaste y la decepción provocada por los años de gobierno de la Concertación y la balanza electoral se inclinó, por poco, hacia el candidato de la derecha más clásica.
El PC apoyó a Frei
En la primera vuelta electoral, realizada en noviembre pasado, además de Piñera y Frei, también se habían presentado Marco Enriquez Ominami, apoyado por una ruptura de la Concertación, que obtuvo el 20, 14%, y Jorge Arrate (ex ministro de Frei), respaldado por el Partido Comunista y su coalición Juntos Podemos Más (6,21%).
A lo largo de todos estos años, el PC ha sido parte del andamiaje que sostiene la "democracia pactada". Pero lo ha hecho intentando aparecer siempre como "independiente" y "crítico" de la Concertación. Pero en estas elecciones, ha desenmascarado su verdadero rol de "auxiliar" importante del sistema, al apoyar sin ambigüedades a Frei en la segunda vuelta. Esta política se fundamentó, por un lado, en la excusa de "parar a la derecha" y, por el otro, en un acuerdo de 12 puntos de una generalidad completas, firmado entre Frei-Concertación y Arrate-Juntos Podemos.
La absoluta duplicidad de la política del PC queda claramente expresada en el informe de las resoluciones adoptadas por el pleno de su Comité Central, al hacer el balance de las elecciones. Por un lado, se expresa que "la responsabilidad de la derrota de la Concertación radica en la propia coalición, que durante largos 20 años no tuvo la voluntad política de hacer los cambios reclamados por el pueblo manteniendo, por el contrario, el predominio de políticas neoliberales en su gestión como gobierno".
Pero, al mismo tiempo, Guillermo Tellier, presidente del partido y diputado electo, afirmó, al realizar el informe al CC que: "Hacia el futuro, los 12 doce puntos establecidos y acordados entre la Concertación y su ex candidato presidencial, Eduardo Frei, y el Juntos Podemos Más-Frente Amplio y el ex candidato presidencial de Izquierda, Jorge Arrate, son un pilar fundamental para convergencias políticas y caminos de movilización y lucha social". En otras palabras, para el PC, la conclusión de la derrota electoral frente a la derecha es que hay que aliarse con. "los responsables de la derrota". Sin palabras.
¿Cómo enfrentar al gobierno de Piñera?
Por su parte, es totalmente claro que el supuesto "cambio" del que tanto habló Piñera en su campaña electoral sólo va a beneficiar a los empresarios y el imperialismo y representará duros ataques a los trabajadores y al patrimonio nacional. Basta ver cuáles eran sus propuestas para "cambiar Chile":
• Disminuir las indemnizaciones por despido.
• Aumentar el arancel de la educación.
• Profundizar la privatización de la salud, impulsando la atención en centros privados.
• Disminuir el pago de impuestos de las empresas a través de donaciones a instituciones sin fines lucro.
• Flexibilidad salarial para pagar menores sueldos a jóvenes entre 18 y 24 años.
• Privatizar empresas públicas como Codelco y Enap, etc.
• Entregar la reserva de la explotación de los hidrocarburos sólidos y gaseosos a grandes empresas.
Es evidente también que los trabajadores y el pueblo chilenos deberán luchar duramente contra el gobierno y la política de Piñera. Pero el camino para desarrollar esta lucha es el opuesto al que propone el PC (es decir, el acuerdo con Frei y la Concertación). Por el contrario, para preparar y avanzar en ese camino de movilización y lucha contra el gobierno de Piñera, es imprescindible la más completa independencia de todas las variantes de la burguesía.
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[1] Ver Dirigentes sindicales llaman al voto nulo en la segunda vuelta, publicada el 10/1/2010, en http://www.litci.org/MateriaES.aspx?MAT_ID=2027
[2] La Ley 20.050, en 2005, introdujo una serie de modificaciones a la constitución de 1980, como la eliminación del cargo de "senador vitalicio" y una reducción de la autonomía del Consejo de Seguridad Nacional, pero mantuvo sus aspectos esenciales.
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