| Cuba… no es una isla |
| Escrito por Martín Hernández | |||
| Lunes 15 de Marzo de 2010 19:35 | |||
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Polémica con Roberto Ramírez, del Nuevo MAS
La conclusión de RR no aporta nada nuevo a lo que viene diciendo la mayoría de las organizaciones de izquierda pero, sin embargo, son bastantes novedosos los argumentos utilizados para justificar esa conclusión, así como el programa que propone, para hacer lo que él denomina: “Una nueva revolución cubana”.
Cuba: Un largo debate en el movimiento trotskista El carácter del estado cubano, y de su dirección, siempre ha sido un tema polémico en el interior del movimiento trotskista. En la década del ’60, después del triunfo de la Revolución Cubana, y especialmente después de la expropiación de la burguesía, hubo una intensa polémica.
La IV Internacional, fundada por León Trotsky en 1938, se había dividido en el año 1953. Por un lado estaba el Secretariado Internacional (SI), en donde actuaba Ernest Mandel (Bélgica), Pierre Frank (Francia) y Livio Maitán (Italia) y, por el otro estaba el Comité Internacional (encabezado por el SWP de los EE.UU.) en el cual, además de la dirección americana, estaban Pierre Lambert (Francia), Nahuel Moreno (Argentina) y Gerry Healy (Inglaterra).
La Revolución Cubana causó un gran impacto en los dos sectores en que estaba dividido el movimiento trotskista y en su interior se dio una importante discusión entre los que consideraban que Cuba seguía siendo un estado capitalista y los que, por el contrario, opinaban que con la Revolución Cubana había nacido el primer estado obrero del continente americano. Este debate culminó con la reunificación de la IV Internacional, en el año 1963, entre los que defendían la segunda posición. Nacía así el Secretariado Unificado de la IV Internacional.
Sin embargo, este acuerdo y esta reunificación, no impidieron que nuevos debates sobre Cuba se desarrollasen en el interior del movimiento trotskista.
Durante una buena parte de las décadas del ’60 y del ’70 se desarrolló una intensa batalla política entre las corrientes que opinaban que la gran tarea de los trotskistas era construir el partido revolucionario en el interior de la clase obrera y los que, por el contrario, defendían el “modelo cubano”, de los partidos/ejércitos, para llevar adelante la lucha guerrillera.
También, durante parte de la década del ’70, se dio una aguda polémica, no ya sobre el carácter de clase del Estado Cubano sino sobre su dirección. De un lado estaban los que consideraban que la dirección castrista era consecuentemente revolucionaria, comparable, e incluso superior a la de Lenin y Trotsky, y los que consideraban al castrismo como una dirección burocrática que minaba las bases del estado obrero cubano.
Por fin, durante la década del 90 y hasta hoy, se fue desarrollando una nueva polémica entre los que consideraban que en Cuba, al igual que en la ex-URSS, el resto del Este europeo y China, el capitalismo había sido restaurado, y los que, por el contrario, consideraban (y consideran) que en Cuba no se restauró el capitalismo. Las posiciones de Roberto Ramírez y nuestras respuestas hacen parte de este nuevo debate, el que, como veremos, tiene profundas consecuencias programáticas y políticas.
Restauración y revolución: años de confusión
Trotsky había previsto, en En Defensa del Marxismo, que si la burocracia no era expulsada del poder por la clase obrera, la restauración del capitalismo sería inevitable: “En cierto nivel, la degeneración acaba, inevitablemente, en la destrucción”. De allí que defendiese, como centro del programa para la URSS, una revolución política que tendría como objetivo (manteniendo las bases económicas del estado obrero) expulsar a la burocracia del poder, para volver a colocar en su lugar a las organizaciones de la clase obrera.
La clase obrera hizo varios intentos por expulsar a la burocracia del poder (en Alemania Oriental, Hungría, Checoslovaquia, Polonia) pero no lo consiguió y, de esta forma, el capitalismo acabó siendo restaurado por las propias burocracias gobernantes.
La restauración del capitalismo confirmó el pronóstico de Trotsky. Sin embargo, contradictoriamente, cuando esto se dio, el movimiento trotskista fue sorprendido por este acontecimiento y una enorme confusión se apoderó de todas sus organizaciones.
Esta confusión vino a demostrar algo que ya había planteado en muchas oportunidades Nahuel Moreno (dirigente trotskista argentino, fundador y principal dirigente de la LIT–CI): la tremenda contradicción que existía (y existe) entre la enorme herencia programática y teórica del trotskismo y la extrema debilidad de las organizaciones y dirigentes trotskistas.
La mayor confusión se expresó en el hecho de que la mayoría de las organizaciones trotskistas demoraron varios años en darse cuenta de que la restauración era un hecho en China (a partir de 1978) y también en la ex URSS (a partir de 1986).
Fue esa debilidad la que nos impidió entender en toda su profundidad, en su momento, dos nuevos procesos (la restauración del capitalismo y el derrumbe del aparato estalinista) que si bien habían sido previstos por Trotsky eran inéditos para todos sus seguidores.
Hubo dos elementos que favorecieron esa enorme confusión.
Por un lado, importantes dirigentes trotskistas, como Ernest Mandel, revisando las posiciones de Trotsky habían llegado a la conclusión de que la restauración del capitalismo estaba descartada.
Pero, por otro lado, un elemento del pronóstico de Trotsky creó mucha confusión, incluso en aquellas organizaciones que combatían, desde posiciones principistas, las posiciones revisionistas de Mandel.
Trotsky había previsto que la restauración del capitalismo sólo se podría imponer por medio de una represión sangrienta. Sin embargo, la burocracia desmotó lo que quedaba de los estados obreros y restauró el capitalismo sin precisar de una represión de ese tipo.
No es que no hubo represión, sino que ella ocurrió muchos años antes (a partir de la segunda mitad de la década del ’20) cuando el aparato estalinista, para expulsar a la clase obrera y a los revolucionarios del poder, llevó adelante un verdadero genocidio que preparó, históricamente, el terreno para la restauración del capitalismo, que en la URSS acabó por consumarse en la segunda mitad de la década del ’80.
De esta forma, una nueva vez, la realidad se mostró más rica que las previsiones.
La consumación de la restauración sin necesidad de una violenta represión, si bien no le dio la razón al pronóstico de Trotsky, le dio la razón a su caracterización sobre el régimen estalinista: era similar al fascismo y por eso no precisó de una nueva represión para restaurar el capitalismo. Y lo mismo valió para los otros estados. En estos casos, para restaurar el capitalismo tampoco la burocracia precisó de una nueva y violenta represión porque, en esos estados, la represión existía desde su nacimiento. Eran estados obreros pero burocratizados, justamente por el hecho de que, a raíz de la represión, la clase obrera nunca tuvo el control político de los mismos.
La anterior reflexión sobre el pronóstico de Trotsky continúa siendo un tema muy polémico. De cualquier manera, para entender la cuestión que estamos abordando, lo que hay que destacar es que el hecho de que no se haya cumplido, en este aspecto, la previsión de Trotsky creó una enorme confusión, que dio origen a dos conclusiones diferentes, ambas equivocadas, en el interior del movimiento trotskista.
Por un lado, una parte de las organizaciones, cuando llegó la restauración, se aferró al pronóstico de Trotsky e intentó negar la realidad: como no había habido una represión violenta no se podía hablar de restauración.
Por otro lado, varias organizaciones constataron correctamente que el capitalismo había sido restaurado pero, a partir de allí, llegaron a la conclusión de que no había habido represión porque los obreros no habían defendido a esos estados, lo que demostraba que ellos no eran estados obreros.
Por razones de espacio, y porque ya lo hemos analizado en otros artículos publicados en esta misma revista, no nos vamos a detener en analizar esta posición. De cualquier manera, es necesario aclarar que ese tipo de postura llevó a este sector a opinar que esos estados no eran ni burgueses ni obreros. Esta posición fue duramente combatida por Trotsky a finales de la década del ’30.
Roberto Ramírez, el autor del artículo sobre Cuba, que estamos analizando, hace parte de los intelectuales que sacaron ese tipo de conclusiones, lo que los llevó a pensar que el programa trotskista no había pasado la prueba de los hechos.
La mayoría de las organizaciones trotskistas acabaron reconociendo que hubo restauración
Pasados los primeros años de mucha confusión, la mayoría de las organizaciones trotskistas comenzó a reconocer que el capitalismo había sido restaurado en la ex URSS y en el resto del Este europeo. Sin embargo, fueron muy pocas las organizaciones que también reconocieron, en ese momento, que lo mismo había ocurrido en China, en Vietnam y en Cuba.
¿Pero cuál era la diferencia entre estos tres últimos países y el resto? La diferencia estaba en que, en estos tres países, los regímenes de partido único de los PCs continuaban intactos y eso fue visto, equivocadamente, como un obstáculo para la restauración del capitalismo cuando, en realidad, era lo contrario.
En todos los países, la restauración fue impulsada por las burocracias gobernantes. Por eso, en aquellos países en donde los partidos comunistas se mantuvieron en el poder porque no hubo una insurrección de las masas (Cuba y Vietnam) o porque esa insurrección fue derrotada (China), la restauración avanzó con mayor facilidad.
De todos modos, con el paso del tiempo, la mayoría de las organizaciones trotskistas también se vieron obligadas a reconocer que en China el capitalismo había sido restaurado, pero no sacaron la misma conclusión respecto de Cuba.
Cuba fue erigida como el último bastión de lucha contra la restauración.
Los argumentos usados para intentar demostrar esta tesis fueron de lo más variados, pero nadie, hasta ahora, había conseguido encontrar una explicación tan sofisticada como la que presenta Roberto Ramírez en su artículo.
¿“Cuba, un curso histórico excepcional”?
Como decíamos anteriormente, Roberto Ramírez hace parte de aquel sector originario del movimiento trotskista que, a partir de constatar la restauración del capitalismo en los estados obreros burocratizados, llegó a la conclusión de que el programa trotskista estaba equivocado. Para él, esos estados no eran obreros pero tampoco eran burgueses. En un curioso aunque nada nuevo análisis, de dudoso cuño “marxista”, llegó a la conclusión de que esos estados no tendrían un carácter de clase. Serían “burocráticos”.
En la actualidad, RR continúa opinando lo mismo, sólo que ahora ha llegado a la conclusión de que sus antiguos análisis sobre el triunfo de la restauración del capitalismo valen para todos los estados en donde se había expropiado a la burguesía… menos para Cuba.
En el texto ya citado, señala: Cuba pasó por varios años de terribles dificultades y penurias, sólo comparable a la de los países que han sufrido una dura guerra. Pero, para sorpresa del mundo, no siguió inmediatamente el mismo curso de la URSS y los países del este europeo ni tampoco el de China... En esos años no sólo la Unión Soviética sino todos los países de Europa y Asia que en la segunda mitad del siglo xx se autodefinían como ‘socialistas’ estaban en plena restauración del capitalismo… Pero en Cuba todo quedó como en suspenso… Cuba logró resistir en medio de la debacle de los ‘ex países socialistas’. Valiosamente, la isla permaneció como una excepción.
El texto reconoce que en Cuba se hicieron algunas reformas; pero, según el autor, Fidel Castro las habría tenido (…) que aceptar con reticencia. De cualquier manera, esas reformas serían “aisladas” y “parciales”.
En otras palabras, para el autor, en Cuba no sólo no se habría restaurado el capitalismo, sino que las pocas medidas pro capitalistas que se tomaron habrían sido hechas contra la voluntad de Fidel.
Según Ramírez, para encontrar una explicación a esta situación excepcional, sería necesario remontarse al siglo xix, ya que Cuba habría tenido un curso histórico excepcional. A partir de allí, Ramírez deja de lado las posiciones del trotskismo y pasa a adoptar, como suyas, las elaboraciones de una serie de autores de los medios académicos, especialmente las del británico, Richard Gott, y las del americano, Sam Farber, quienes son citados profusamente.
Así, entre las afirmaciones de RR y de los otros autores, el artículo afirma que: las raíces de la “excepcionalidad” de la Revolución Cubana hay que buscarlas en el curso histórico, también excepcional, de la Isla, en comparación con el resto de América Hispana.
Junto con la más pequeña isla de Puerto Rico –hoy colonia directa de los EE.UU. bajo el eufemismo de ‘estado libre asociado’–, Cuba fue la única región del imperio español que no se independizó. Y cuando finalmente las tropas españolas se retiraron de allí, fue sólo para ser reemplazadas por la ocupación militar de los Estados Unidos.
¿Por qué el Imperio Español, expulsado de todo el continente por los movimientos de la independencia, logró conservar su dominio en Cuba? Lo decisivo fue la actitud de las elites cubanas (propietarios e ingenios y plantaciones de caña, comerciantes, funcionarios, curas, etc.) que, en gran proporción, a diferencia del continente, no eran partidarias de la independencia.
Esta estrecha relación entre las elites cubanas y los imperios (primero el español y después el de los EE.UU.) es citado como un importante ingrediente en lo que sucederá en las dos grandes revoluciones que sacudieron a Cuba en el siglo xx.
En el marco de esta supuesta situación excepcional, en la segunda mitad de la década del ’50, habría surgido un movimiento, el 26 de Julio, encabezado por Fidel Castro, que también sería excepcional.
Según el artículo, ese movimiento encabezado por Fidel Castro, a diferencia de lo que siempre afirmó la mayoría del trotskismo, no habría tenido un carácter pequeño-burgués sino que se habría tratado de un liderazgo político revolucionario que, lejos de ser pequeño-burgués radical… era ‘sin clase’, en el sentido [de] que no tenía fuertes lazos orgánicos o institucionales ni con la pequeño-burguesía ni con las otras principales clases sociales.
Para Ramírez, al Movimiento 26 de Julio habría que caracterizarlo en forma similar al movimiento estudiantil, el cual no es una clase social y, por eso, bajo el impacto de ciertos problemas generales de la sociedad puede muchas veces orientarse en otros sentidos y defender otros intereses que los de su clase originaria.
Dentro de esta tesis, para RR, también sería equivocado el análisis trotskista que afirma que el Movimiento 26 de Julio, para responder a los ataques del imperialismo, se habría visto obligado a avanzar más allá de sus intenciones originales. Según Roberto Ramírez, Fidel Castro y el 26 de Julio, habrían tenido, desde un primer momento, un objetivo claro: independizar a Cuba del imperialismo americano. (…) Fidel comenzó atacando [el] gran problema heredado desde 1898-1902: la independencia nacional de Cuba.
En contraste con los análisis que retratan a los líderes cubanos como reaccionando meramente ante la política de los EE.U. y sus acciones, sostengo que estos líderes fueron actores fuertemente influenciados por sus propias predisposiciones políticas e inclinaciones ideológicas... Castro era un caudillo, pero un caudillo con ideas.
Por fin, toda esta excepcionalidad histórica cubana es lo que explicaría por qué el capitalismo fue restaurado en todo el mundo menos en Cuba. En Cuba, por un conjunto de factores excepcionales, este lamentable final de la restauración capitalista se aplazó.
Las corrientes castristas afirman que en Cuba no se restauró el capitalismo porque al frente del Estado cubano existe un gran dirigente revolucionario: Fidel Castro.
Roberto Ramírez no opina que Fidel Castro sea un gran revolucionario, pero la conclusión es la misma que para los castristas: Fidel impidió la restauración del capitalismo, por lo tanto, estaría jugando, objetivamente, un rol revolucionario.
Como ya hemos visto, para Ramírez esta postura excepcional de Fidel en relación con los otros líderes de los ex estados obreros, se explicaría por una supuesta historia excepcional de Cuba. Sin embargo, eso no es así.
Es verdad que Cuba, al no independizarse de España, tuvo, junto con Puerto Rico, un curso diferente al del resto de América Latina, pero no excepcional.
En Cuba, como en el resto del continente, hubo una violenta lucha por la independencia, y esto fue posible porque importantes sectores de la burguesía se pusieron a la cabeza de esa lucha.
También es verdad que Cuba pasó de ser una colonia del Imperio español, a ser una colonia de los EE.UU., pero ése es el mismo proceso que se dio en el resto del continente, en donde los países que se independizaron del Imperio español, en poco tiempo pasaron a ser colonizados por el Imperio inglés, primero, y por los EE.UU., después.
Y es verdad que esa dependencia de Cuba de los dos imperios fue posible por el papel de las “elites cubanas”, pero no es verdad que el resto de las elites latinoamericanas hayan tenido un comportamiento muy diferente.
Además, es equivocado hablar del Movimiento 26 de Julio como un movimiento que no es de clase. La comparación hecha con el movimiento estudiantil no tiene sentido. Lo que es correcto para el movimiento estudiantil (que es una fase en la vida de las personas), no puede ser usado para caracterizar una corriente política/militar, que tiene, a diferencia del movimiento estudiantil, un programa, una estructura, una política y una dirección.
Tampoco es correcto afirmar que el Movimiento 26 de Julio tenía como objetivo, desde un primer momento, enfrentar al imperialismo para conseguir la liberación nacional de Cuba. No hay ningún hecho de la realidad que pruebe esto.
El único hecho que el texto menciona es la reforma agraria, votada en el mes de mayo de 1959, la cual habría sido (...) inaceptable para EE.UU y la oligarquía cubana. Pero la realidad fue que esa reforma agraria fue sumamente limitada y sólo beneficiaba a unos 300.000 productores (burgueses y pequeño-burgueses) que ya eran propietarios de tierras.
Por otra parte, Fidel Castro, después de haber recibido, en su lucha contra Batista, el apoyo de sectores burgueses de los EE.UU., e incluso de la propia CIA (leer Jon Lee Anderson en Che Guevara. Una vida revolucionaria, Editora Anagrama), poco tiempo después de la toma del poder, en el mes de abril de 1959, viajó a los EE.UU. para buscar estrechar las relaciones con ese país, y allí declaró: Lo he dicho de manera clara y definitiva que no somos comunistas. Las puertas están abiertas a las inversiones privadas que contribuyan al desarrollo de la industria en Cuba. Es absolutamente imposible que hagamos progresos si no nos entendemos con los EE.UU (Ernesto González: El trotskismo obrero e internacionalista en la Argentina, tomo 3, vol. 1, Editorial Antídoto).
No había un plan predeterminado para enfrentar al imperialismo, como dice Ramírez.
El problema fue que EE.UU. se asustó con el proceso revolucionario que se había instalado en Cuba y, en lugar de tener una política para cooptar a su dirección, comenzó a atacar todas las medidas progresivas, por mínimas que fueran, y esto generó una reacción de la dirección castrista que, presionada por la revolución en curso, se vio obligada, tal como lo previó Trotsky, a ir más allá de sus intenciones.
El proceso cubano sí tuvo un elemento excepcional, pero no es el que señala Ramírez. Ese elemento de excepcionalidad fue el comportamiento del imperialismo en relación con una dirección pequeño-burguesa que había tomado el poder. En lugar de intentar cooptarla le exigió una rendición incondicional, cosa que acabó provocando la radicalización de esa dirección.
La restauración
El texto de Roberto Ramírez tiene importantes limitaciones desde el punto de vista histórico: la supuesta excepcionalidad histórica de Cuba y la supuesta lucha contra el imperialismo, desde su inicio, del Movimiento 26 de Julio. También tiene varias limitaciones teóricas: una corriente guerrillera que toma el poder y que no responde a ninguna clase social, y un estado que no es ni obrero ni burgués. Sin embargo, la principal limitación del texto es que este conjunto de historias y teorías son formuladas para tratar de explicar un hecho que no existe, como es el que Fidel Castro, al frente del estado cubano, estaría defendiendo las conquistas de la revolución del año ’59: la expropiación de la burguesía y la independencia nacional. Porque no sólo Fidel Castro no está haciendo eso, sino que esas conquistas no existen más.
Roberto Ramírez dice que Fidel Castro sólo hizo reformas económicas “aisladas” y “parciales”.
Realmente, en Cuba se hicieron una serie de reformas pro capitalistas aisladas y parciales, que no significaron la restauración del capitalismo. Pero esto ocurrió entre los años 1977 y 1983. Fue en ese período que se legalizaron las cooperativas (pasaron de 44, en el año 1977, a 1.472, en el año 1983) o que se liberaron una serie de trabajos autónomos pero, en los inicios de los años ’90, las reformas “aisladas” de las que habla Ramírez fueron dejadas de lado para dar lugar a profundas reformas en la estructura económica, que significaron un cambio cualitativo en el carácter del Estado cubano.
Es bueno señalar que ni los economistas cubanos (castristas) coinciden con Ramírez. Ellos no hablan de reformas parciales.
Un trabajo de tres economistas del CEA (Centro de Estudios sobre América), de La Habana, con el sugestivo título de Cuba: la restructuración de la economía (Julio Carranza, Luis Gutiérrez y Pedro Monreal, Impala Editorial, Madrid, 1995) daba cuenta, ya en el año 1995, de los profundos cambios llevados adelante por el gobierno.
Estos economistas, reproduciendo el discurso del gobierno cubano, dicen que no se restauró el capitalismo; no obstante, ellos demuestran ser serios, ya que no ocultan las profundas reformas estructurales.
Según sus informes, Cuba está completamente abierta al capital extranjero: “(…) a fines de octubre de 1994, el Gobierno cubano anunció que ningún sector productivo de la economía nacional estaría cerrado a la inversión extranjera”.
También destacan la creciente presencia de las sociedades anónimas: “Para 1994 existían alrededor de 200…También existen alrededor de 140 de capital estatal cubano”
Sobre el monopolio de comercio exterior, estos economistas son muy claros: “La actividad del comercio exterior, antes controlada en su totalidad por el Ministerio del Comercio Exterior… ha pasado a ser asumida directamente por un número creciente de empresas (pertenecientes a organismos estatales, sociedades mercantiles de capital cubano, mixtas, y representaciones de firmas extranjeras)”.
Como es bastante conocido, Cuba sigue siendo un país basado en el monocultivo del azúcar. Pues bien, en el trabajo citado se informa que ya en 1994, prácticamente la totalidad de la producción de caña de azúcar era hecha por particulares: “Hasta julio de 1994, las UBPC (Unidades Básicas de Producción Cooperativas) cañeras eran 1.555 y cubrían toda el área estatal dedicada a la caña, es decir el 80% de todos los terrenos con ese cultivo.
Los productores asociados en la UBPC… son los dueños del producto y consecuentemente se reparten las ganancias”.
Estos economistas también destacan que los productos industriales ya se venden en los mercados, y que: “(…) ellos permitirán la relación directa entre los compradores y vendedores, y los precios se establecen por la relación oferta-demanda”.
Por fin, es necesario señalar que el gobierno cubano, en el año 1992, disolvió la Junta de Planificación Económica Central y que, en ese mismo año, el parlamento (Asamblea Nacional) votó la reforma de la Constitución Nacional, con el objetivo de legalizar la propiedad privada de los medios de producción.
Como se puede ver, a diferencia de lo que dice Roberto Ramírez, en Cuba se hizo el mismo de tipo de reformas, en la estructura de la economía, que las que se hicieron en el resto de los ex estados obreros. Sin embargo, el autor del artículo parece ignorar estos hechos, reconocidos públicamente por el gobierno cubano. No creemos que Roberto Ramírez no haya tenido acceso a este tipo de informaciones, más bien nos parece que él oculta, deliberadamente, este tipo de informaciones para tratar de “demostrar” su indemostrable tesis de que el capitalismo se restauró en todo el mundo menos en Cuba. La poderosa presión de las corrientes castro/chavistas en América Latina es lo único que puede explicar este tipo de actitud.
El Programa para la Nueva Revolución Cubana
Roberto Ramírez termina su extenso artículo formulando un programa para “Una nueva Revolución Cubana”. La idea es muy importante porque, realmente, lo que se precisa en Cuba es una nueva revolución. Sin embargo, lamentablemente, la “revolución” defendida por Ramírez sólo queda en el enunciado.
Como no podía de ser de otra forma, los análisis y las caracterizaciones del autor, que poco o nada tienen que ver con la actual realidad cubana, lo llevan a presentar un programa de reformas y no un programa revolucionario.
El programa comienza por señalar: Por la defensa de las conquistas revolucionarias de 1959, en primer lugar la independencia nacional y la expropiación del capitalismo, y también los avances que aún se mantienen en materia de salud, educación, empleo, jubilación, etc.
¿Pero, cómo defender conquistas que ya no existen?
La salud y la educación, desde la restauración, sufrieron un importante deterioro. El pleno empleo no existe más (hay más de 400.000 desempleados) y todo esto es el resultado de haber acabado con las tres conquistas básicas de la Revolución Cubana, en el terreno económico.
La revolución cubana expropió a la burguesía nacional y extranjera, y puso los medios de producción en manos del Estado. Pero esos medios de producción, en su mayoría, están en manos de una nueva burguesía nacional y, fundamentalmente, de los capitalistas extranjeros.
La otra gran conquista, el monopolio del comercio exterior por parte del Estado, como ya hemos visto, tampoco existe más.
Y, por fin, con la conquista que engloba las dos anteriores: la planificación económica central, ocurre lo mismo.
Pero Roberto Ramírez, como pretende ignorar estos hechos, presenta un programa, para una nueva revolución, que ni siquiera plantea las tareas más elementales de ésta, como sería, por ejemplo, la expropiación de la burguesía, o como mínimo la expropiación de la burguesía imperialista (europea).
El programa de Ramírez para una “nueva revolución” no es sólo reformista porque ignora la restauración del capitalismo. Sería igualmente reformista, aún en el caso de que Ramírez estuviese correcto cuando afirma que tal restauración no existe.
Su programa defiende el fin del régimen de partido único, democracia obrera y socialista, y, más aún, defiende que “las organizaciones de masas obreras, campesinas, estudiantiles y populares, con funcionamiento absolutamente democrático, designen el gobierno de Cuba”. Pero todas estas reivindicaciones, por cierto muy correctas, son hechas sin plantear la necesidad de que las masas expulsen a la burocracia del poder. Es decir, no propone una revolución política como la que Trotsky proponía para la ex URSS.
En síntesis, el programa para “una nueva revolución” es un programa reformista, sea Cuba un estado capitalista, como decimos nosotros, o un “estado burocrático”, en el cual el capitalismo no ha sido restaurado, como dice Roberto Ramírez.
Por fin, una última reflexión sobre las posiciones de Roberto Ramírez.
En una parte de su texto, criticando nuestras posiciones, señala: “Asimismo, esto puede dar lugar a confusiones políticas aún peores. Si el día de mañana los grupos disidentes de centro derecha, alentados y financiados desde Miami, y la “Oficina de Interés” de EE.UU. en La Habana, llegaran a tomar fuerza en un sector de masas, ya estamos viendo a los compañeros del PSTU-LIT hablar de la “lucha democrática” contra la “dictadura del estado burgués cubano”. Creemos que esa preocupación y esa hipótesis del autor del artículo están mal formuladas. La hipótesis que hay que levantar es otra. Si en Cuba, igual que como pasó en el Este europeo, se da un levantamiento insurreccional contra el gobierno restauracionista (que casi seguramente contará con la presencia activa de los gusanos): ¿de qué lado se va a colocar Roberto Ramírez? ¿Se va colocar del lado de las masas, a pesar de los gusanos, o se va a colocar del lado del gobierno, con el pretexto de los gusanos? Por sus caracterizaciones y por su programa nos queda esa duda. Fuente: Marxismo Vivo n° 22, Noviembre 2009
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