| El 11 de setiembre y la crisis económica mundial |
| Escrito por Diego Cruz - PSTU | |||
| Jueves 15 de Septiembre de 2011 20:33 | |||
La prensa de todo el planeta recuerda el 11 de setiembre como el día del atentado terrorista a las torres del World Trade Center (WTC), en Nueva York. El mayor ataque sufrido por los Estados Unidos en su propio territorio tuvo un impacto multiplicado por el hecho de que en una época regida por la comunicación vía satélite, fue filmado y transmitido en vivo. Casi instantáneamente, los habitantes de los cuatro continentes pudieron ver las imágenes de los aviones embistiendo las torres gemelas así como el desmoronamiento de los edificios y la enorme humareda negra cubriendo parte de Manhattan bajo la mirada atónita de los neoyorquinos.
Los Estados Unidos aprovecharon el ataque para imprimir una nueva orientación en su política externa, concretada a través de una ofensiva militar en el Oriente Medio. Menos de un mes después de los ataques, George Bush, electo a través de un enorme fraude electoral y contando con un altísimo rechazo, orden la invasión de Afganistán con el justificativo de apresar a Osama Bin Laden, su antiguo aliado. En marzo de 2003, los Estados Unidos invadieron Irak utilizando la ya comprobada farsa de la existencia de armas nucleares de destrucción masiva en ese país.
Los escombros del WTC fueron removidos ya hace tiempo pero los hechos que yacen detrás del 11 de setiembre, aún permanecen ocultos. Es ampliamente conocido, por ejemplo, el hecho de que Washington tenía amplia información sobre el movimiento de los terroristas de Bin Laden en los Estados Unidos. ¿Hasta qué punto, por tanto, el gobierno norteamericano tenía conocimiento del atentado? O la extraña permanencia de Bin Laden hasta que fue asesinado por las fuerzas especiales estadounidenses en circunstancias no menos ostentosas.
Tal vez la verdad sobre eso nunca salga a la luz. Lo fundamental, sin embargo, es intentar entender lo que significó para el imperialismo el 11 de setiembre y sus consecuencias, tanto para los Estados Unidos como para el resto del mundo.
Crisis y recuperación
Los Estados Unidos que entraban en el siglo XXI ya no contaban con todo el optimismo que fortalecía en la década anterior. Los años 90 fueron marcados por la reafirmación de los Estados Unidos como potencia hegemónica en un nuevo orden mundial, que ya no contaba con la URSS o los otros países del bloque del llamado “socialismo real”. El avance del neoliberalismo, con el discurso de la globalización de la economía, promovía el fin de los derechos y la reducción de los salarios a los trabajadores del todo el mundo así como el desmoronamiento de las fronteras para los productos y las inversiones del imperialismo.
La entrada plena de los países del este al mercado capitalista y la integración de China como proveedora de abundante mano de obra barata y destino de las inversiones (así como consumidora voraz de commodities de países como el Brasil), otorgaban gran impulso al crecimiento económico mundial, pese a ciertas turbulencias en el medio del camino. A fines de los 90 e inicios del 2000, sin embargo, los límites de ese crecimiento ya se tornaban evidentes. Una crisis de superproducción capitalista se expresaba en la formación de la burbuja financiera de las empresas de tecnología en los Estados Unidos (las empresas “puntocom”).
La estrategia del imperialismo para mantener y ampliar su dominio y crecimiento, en las formas de acuerdos de libre comercio como el ALCA y los TLCs, tropezaba con el ascenso de las luchas de los pueblos de los países semicoloniales, como los países centroamericanos y en toda Latinoamérica. Era necesario dar una salida a esa crisis y la solución para eso, tuvo contornos militares.
La salida militar
Para retomar las tasas de ganancia anteriores, Bush apostó a un aumento de los gastos públicos, lo que ocurrió a través de los gastos militares, como defensa. En verdad, Bush multiplicó un proceso que ya había comenzado en el gobierno demócrata de Clinton. Curiosamente, el gobierno estadounidense incrementaba sus gastos como defensa desde 1999, cuando lo elevó en más de 5 por ciento.
El ataque del 11 de setiembre sirvió para dar legitimidad al gobierno de Bush y ampliar en forma exponencial los gastos militares, por un lado, y por el otro, ampliar su control sobre el Medio Oriente de manera a controlar directamente importantes reservas de petróleo de la región. Lejos de ser un aspecto secundario, tanto los gastos como la industria armamentista emprendidos por el gobierno de los EEUU en las dos guerras, posibilitó la apertura de un nuevo ciclo de crecimiento vía inyección directa de recursos públicos.
El documental “Irak a la venta” (Irak for sale), de Robert Greenwald, de 2006, da una muestra de las ganancias obtenidos por las empresas norteamericanas durante la guerra de Irak. Sólo la Halliburton, que tuvo como presidente al ex vicepresidente de EEUU Dick Cheney, ganó 13.600 millones de dólares con la guerra. La empresa actúa tanto en la infraestructura en la prospección de petróleo como en la logística de acciones militares. La Parsons, empresa de ingeniería, ganó otros 5.300 millones de dólares.
En total, las dos guerras cuatro billones de dólares, según investigaciones realizadas por la Universidad Brown. Los gastos de seguridad interna representan otro billón de dólares. El superávit que Bush encontró cuando llegó a la presidencia en 2001 se transformó en un déficit de 9% al final de 2010. A los billonarios gastos militares se sumaron los paquetes de ayuda financiera cuando explotó la nueva crisis.
Una nueva crisis
El gran problema del imperialismo es que la salida militar de Bush consiguió sustentar un periodo de crecimiento prolongado pero a costa de acumular una nueva crisis mucho más profunda que la de 2001. En setiembre de 2008 la quiebra del banco de inversiones Lehman Brothers fue el marco de la crisis más grave que tuvo EEUU desde 1929.
Una nueva crisis de superproducción explotó bajo la forma de un crash financiero y precipitaba un nuevo periodo de turbulencias en el mundo. Si en 2001 el exceso de capital especulativo se encontraba en las empresas de tecnología, después de la explosión de esa burbuja, esos capitales emigraron hacia otro sector. Esta vez en el mercado inmobiliario y en los “complejos” instrumentos financieros como los llamados “derivativos”. Esta vez, una masa de capital especulativo infinitamente superior a la burbuja de Nasdaq.
El imperialismo sufre, entonces, una doble derrota. Primero, la ofensiva militar de Bush que es frenada por la resistencia afgana e iraquí, lo que influyó en la recuperación de la crisis y en la victoria de Obama. Y la propia crisis, que rápidamente desgasta al nuevo gobierno y cuya perspectiva apunta a una larga recesión.
Si en la década pasada, la lucha de los pueblos latinoamericanos frustró la estrategia de la imposición de una zona de libre comercio del imperialismo, en los años siguientes, la resistencia en Irak y Afganistán no permitió que los EEUU lleven a cabo su estrategia para la región. Pero además, creó un enorme problema al imperialismo y un agravante más en un escenario de profunda recesión
Sin poder aumentar los gastos públicos y con millares de soldados varados en Oriente Medio, EEUU apuesta ahora en los recortes de presupuesto y en el ataque a los trabajadores a fin de restaurar la tasa de ganancia, en estrategia seguida por el conjunto de los países europeos, inmersos en una grave crisis fiscal y con algunos estados a orillas de la quiebra.
Ahora tenemos la resistencia armada en Medio Oriente, las revoluciones árabes que sacuden el norte de África y el conjunto de las luchas en Europa contra los ataques de los gobiernos.
Las escenas de las torres gemelas y de los militares norteamericanos fueron sustituidas por la transmisión en vivo de los rebeldes libios tomando la capital, Trípoli. O de las movilizaciones en Grecia o España.
Para que se abra un nuevo periodo de crecimiento, el imperialismo va a tener que derrotar a los trabajadores y promover una quema gigantesca de capitales que se va a traducir en forma de desempleo, y recortes de salarios y derechos sin precedentes. Esa es la estrategia. El futuro, sin embargo, va a ser definido, una vez más, en el terreno de la lucha de clases.
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La prensa de todo el planeta recuerda el 11 de setiembre como el día del atentado terrorista a las torres del World Trade Center (WTC), en Nueva York. 















