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Directo de Egipto: De la decepción a la euforia
Escrito por Luis Gustavo Porfírio - PSTU   
Lunes 14 de Febrero de 2011 02:15
El anticlímax
 
La noche tenía un clima pesado. Claro, Mubarak estaba perturbando el orgullo de la gente y, por eso, ellas no querían mostrar el abatimiento ante el mundo. Pero, había sufrimiento, y sí que lo había. Era un aire de perplejidad, todas aquellas personas tratando de escuchar lo que se decía desde las tarimas o radios y celulares, para recibir tantas duras palabras del dictador. La imagen de los mártires surgía en la cabeza, la gente lloraba o se desesperaba por encontrar una muralla de incomprensión del otro lado de la política. El ejército, el vicepresidente, EEUU ¿Quién dejó a ese hombre hablar de esas cosas?

Muchas personas continuaron en la plaza y fue bastante inteligente, de parte de los organizadores, lanzar otras tareas. Ir al palacio, ir a los ministerios, ir a la TV estatal. Mantenerse ocupado. Tener la meta en mente. ¡Erhal, erhal, erhal! (¡Fuera, fuera, fuera!). Con las columnas saliendo, mucha gente todavía circulando en una plaza que ya no tenía lugares para colocar frazadas y dormir.

Cuando llegó la mañana en la plaza, las filas en el bloqueo aumentaban, ya estaba llena la plaza. Un poco más tarde, el Imán comenzó a hablar con lamento, pausado, como un padre que desea motivar a un hijo cabizbajo, que acababa de tener una primera decepción en la vida. El salat (oración) fue igualmente largo, las personas tenían una expresión angustiante, las manos parecían cansadas y los rostros afligidos, ansiando por alivio. Una mujer gritó a mi lado, todos parecían recordarse del esfuerzo intenso de la nación y temían que fuese en vano. Al final del rezo, se realizaron algunas postraciones en homenaje a los mártires.

Al mediar la tarde, fui a visitar la ocupación en torno al edificio de la TV estatal. Al llegar, me di cuenta: caminé, y mucho, para no dejarme abatir. El pueblo egipcio no se dejó abatir. Allí estaban ellos, gritando consignas a la cara del símbolo de las mentiras del régimen, observando curiosos los rostros de los militares a su alrededor, apretándoles las manos y diciéndoles palabras sentidas. Yo no había sido capaz de ver que la disposición de esos luchadores continuaría, pero con tareas renovadas, la primera y mayor de ellas: el centro de la propaganda del régimen. Un grupo subió al tanque, abrazó a un soldado y la multitud se regocijó. En el balcón del edificio, al lado de las ametralladoras montadas del ejército, un periodista y su cámara salen, hace señas y avisa que es lo que va a mostrar la TV del régimen. La multitud entra en delirio.
 
Estallido

Salí de allí con la firme creencia de que ahora sí, entenderé el espíritu de la situación: no vamos a dejarnos abatir, no van a lograr seguir ese jueguito interminable con nuestros espíritus. Cuando entré de nuevo en la plaza ocupada, por el lado del museo, había un ambiente de silencio y, de repente, un nuevo estallido, un silbido potente, un clamor vigoroso, y la certeza de que ahora el gobierno había entendido el mensaje. Mi amigo y fiel camarada, Mohammad Gamal, aún tenía dudas, y preguntó a un hombre si era lo que pensábamos. En mi interior yo sabía que era eso, sólo podría ser eso. El mensaje del pueblo egipcio, que yo comprendí recién esa tarde, llegó concomitantemente al palacio.

Mi reacción fue reír. Carcajear. Reír del régimen, de la vieja estructura, de la élite que se alzaba con las tristes derrotas vividas por los árabes desde 1967, en manos del sionismo o del imperialismo. Reír de la sesudez de Mubarak y de todas las huellas típicas de los dictadores que, imagino, serán los próximos: la gordura acomodada del rey Abdullah II (de Jordania) y el bigote constreñido de Bashar Al-Assad (presidente sirio). Reí, también, de Hillary Clinton y Obama, de todas las tratativas para evitar lo inevitable. Y reí principalmente de Bibi Netanyahu (primer ministro de Israel). Cuando la Intifada egipcia se esparcía por la región, gente como él y Avigdor Lieberman (ministro del exterior de Israel) serán la broma entre árabes, judíos y todos los que se sumaron a la nueva emancipación.

Las personas saltaban, cantaban, se abrazaban, celebraban como es instintivo del ser humano. Otras se postraban y agradecían a Dios. Al fin de cuentas, todas tenían mucha intensidad. Tenían una vibración en frecuencia única, posible solamente para una masa que aprendió a conocerse y respetarse en semanas de esfuerzo común. Era la primera vez que yo veía tal sintonía, y continuaba riendo, eufórico.

Traducción: Laura Sánchez

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