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La burca en cuestión
Escrito por Cecília Toledo - PSTU   
Martes 10 de Agosto de 2010 04:10
El gobierno de Nicolás Sarcozy, que se enorgullece de ser considerado uno de los gobiernos europeos que más respeta las libertades individuales, prosigue en su cruzada contra los musulmanes. En diciembre del año pasado, aprobó una ley prohibiendo el uso de símbolos religiosos en las escuelas, entre ellos el velo islámico. 

Ahora, la ley está para ser votada en el Senado y después sujeta a la criba del Consejo Constitucional, por iniciativa del propio gobierno. Ella multa en 150 euros el uso en espacios públicos del velo integral (burca o nijab), además de la obligación de participar de un "curso de ciudadanía". Las penas más pesadas van para quienes sean condenados por obligar a las mujeres al uso del velo integral: un año de prisión y una multa de hasta 30 mil euros. El gobierno francés alega, con esas medidas, estar defendiendo el principio democrático de la separación Iglesia-Estado.

Los ritos religiosos en general oprimen y humillan las personas, subordinándolas a la orden existente. Es una cuestión de derechos humanos el respeto a las opciones religiosas de cada uno. Pero de igual forma es una cuestión de derechos humanos que una mujer no sea apedreada en medio de la calle porque resolvió romper su boda con un hombre. ¿Como resolver esa contradicción? Los gobiernos burgueses, la derecha y la izquierda comprometida con el mantenimiento del orden vigente, creen que basta votar una ley en el Parlamento.

La burca, especie de túnica que cubre a las mujeres de la cabeza a los pies, es una imposición religiosa. Es una de las tantas formas de cumplir el precepto del Corán de que las mujeres sean recatadas. Dependiendo del momento histórico, ese precepto es más o menos radicalizado. La burca surgió hace por lo menos un siglo, y se impuso de forma más contundente después que grupos fundamentalistas más conservadores, como el Talibán, fueron imponiéndose en el mundo islámico.

Muchas mujeres siguen esa costumbre de usar la burca porque creen que así están respetando los preceptos religiosos; otras porque el velo ya forma parte de su cultura y otras porque tienen miedo de ser reprimidas. El hecho es que esa imposición religiosa, por más absurda que pueda parecer a los ojos de quienes no viven en un país islámico, es algo integrado a la cultura islámica y una imposición para las mujeres que ellas están obligadas a acatar.

Religión combinada con dolor

Las prácticas obscurantistas sobrevivieron a los tiempos. En algunas religiones, los hombres se azotaban hasta derramar sangre de sus espaldas para pagar por sus pecados; en otras, los creyentes usan una corona de espinas en la cabeza para sentir “el dolor que sintió Cristo”, otros ayunan días y días en la creencia de estar así purificando el cuerpo. Las prácticas obscurantistas, gracias al desarrollo desigual y combinado, conviven con concepciones avanzadas, materialistas, y entran en contradicción unas con otras. Las prácticas que causan sufrimiento y dolor son marca registrada de todas las religiones, sin excepción, y llevan a cometer barbaridades contra las personas. En los países donde hubo la separación entre Iglesia y Estado, algunas de esas prácticas quedaron restrictas al ámbito religioso, alcanzando sólo a los practicantes de esta o aquella secta. Pero en aquellos donde la separación Iglesia-Estado no se consumó, ocurre un sincretismo mayor entre las costumbres religiosas y las costumbres seculares. Por eso la burca, una imposición religiosa constante del Corán, ultrapasó los límites de la religión y pasó a ser parte de la propia cultura de los pueblos. El Corán se enseña en las escuelas; desde pequeños los niños aprenden a leer aquellas palabras sagradas; antes de las comidas, los padres recitan las suras y los hijos son obligados a repetirlas y aceptarlas, sin cualquier tipo de crítica o cuestionamiento.

Luego, la burca se extendió a toda la sociedad, y la mujer que se resiste a usarla sufre las penas de la ley y de su propia conciencia, sin contar el repudio de su familia, a tal punto que la mujer que no usa la burca, aún de forma consciente, puede sentirse excluida de la convivencia social.

Sólo eso ya da una leve dimensión de la gravedad del problema religioso y cultural para la soberanía de los pueblos y el respeto a los derechos humanos. Prohibir o permitir una práctica religiosa o cultural no es un acto fortuito, sobre lo cual diputados derechistas o de izquierda puedan decidir, que gobernantes burócratas de esta o de aquella especie puedan legislar. Envuelve toda la historia de un pueblo y, como recordó Marx ya en el siglo XIX, las costumbres y las creencias son el último elemento a transformarse en la vida humana. Antes, es preciso transformar toda la base económica de la sociedad, las relaciones de producción necesitan sufrir una revolución profunda para que las superestruturas ideológicas, políticas y culturales comiencen a esbozar sus primeros movimientos de renovación o superación. Las creencias, las ideologías, los valores humanos son tributarios de las relaciones de producción y, por lo tanto, de las condiciones materiales de vida.

El ultraje de la izquierda francesa

En ese sentido, algo que parece simple para el gobierno francés que, con una imposición, quiere prohibir el uso del velo, deja de ser un problema meramente cultural, de costumbre o de moda, y asume su verdadera dimensión: es un problema político con serias implicaciones sociales. Se engaña aquel que cree que prohibir la burca es una medida democrática, que va a liberar las mujeres. Se engañan las feministas que aplauden esa medida, porque así estarían salvando a las musulmanas de la opresión secular. Se engaña el demócrata o el militante de izquierda que cree que esa ley del gobierno francés visa defender la libertad religiosa. En un momento en que los imperialismos americano y europeo traban una guerra colonialista contra Irak y Afganistán por el control estratégico de la región, dejando un rastro de destrucción de fuerzas productivas y el consecuente desastre en las condiciones materiales de vida, la actitud de Francia, antes que cualquier cosa, es una actitud política de colaboración para aumentar el prejuicio contra los pueblos musulmanes que están siendo masacrados y humillados. No por casualidad, en España también varías municipalidades están tomando acciones parecidas contra el velo integral. Y aquellos que apoyan ese tipo de represión – porque es de eso que se trata la prohibición de la burca – contra los pueblos que están siendo atacados por el imperialismo colaboran con el agresor.

Francia tiene hoy la mayor comunidad musulmana de Europa: cerca de 5 millones de personas. Inclusive, gran parte de la clase obrera francesa más combativa es formada por trabajadores argelinos e inmigrantes venidos de otros países islámicos. Es contra ellos que viene esa ley. La mayoría de la izquierda francesa está coincidiendo con esa política criminal. Fue inclusive de la mente estalinista de un diputado del Partido Comunista Francés que salió esa ley. André Guerin fue el relator de la comisión que preparó la ley propuesta por el gobierno y es uno de sus mayores defensores con argumentos en torno a la lucha contra el fundamentalismo islámico. Con eso colocó al resto del PCF en un callejón si salida, porque los demás diputados de ese partido tuvieron que abandonar la sala para que no tuvieran que votar contra su compañero de partido. En cuanto al Partido Socialista, tres diputados votaron a favor de la ley. Los ecologistas, en vez de que voten contra, salieron de la sala para no participar de la votación. Jean Glavany, diputado del PS, explicó la difícil posición de su partido en ese debate: "Muchos de nosotros no podíamos votar contra el texto, porque estamos contra el uso del velo integral. Pero no podemos votar a favor porque el debate sobre la burca forma parte de las maniobras del gobierno sobre la cuestión de la identidad nacional. Y la abstención sería difícil de explicar a la opinión pública".

En verdad el gobierno francés sabe que es muy difícil que una mujer usando la burca perjudique a lo que quiere que sea la sociedad francesa. Ese es sólo una coartada para justificar una campaña internacional contra todo lo que tenga que ver con los países árabes y los pueblos musulmanes. Francia, país que tiene en su historia la vivencia de la ocupación nazi-fascista, sabe que el ataque a las costumbres de un pueblo, por peores que ellas sean, es un ataque a su auto-estima, a su cultura, a su historia. Para subyugar a los franceses en París ocupada, Hitler prohibía la música francesa. Cuando París fue liberada, la población salió masivamente a las calles cantando la Marselhesa – himno nacional que había sido prohibido - como un grito de guerra por la reafirmación de su identidad. Para luchar contra sus enemigos, los hombres y mujeres necesitan tener su identidad fortalecida. La imposición cultural, la propaganda subliminal, la sustitución mecánica y autoritaria de una cultura por otra son formas eficaces de subyugar a los pueblos. Hace siglos la burguesía aprendió esa lección y el imperialismo aplica esta política para someter a los pueblos.

Nada cómo apelar a un sentimiento tan en boga en estos días y retomar una bandera que fue levantada por la izquierda feminista en los años 60 y cubierta de lodo por la misma derecha fascista que ahora lanza mano de ella para humillar a los pueblos árabes votando esa ley en el Parlamento francés. El sentimiento de que las mujeres también son seres humanos es una bandera que, dejada en las manos de la burguesía y del imperialismo, gana el signo opuesto y es usada para oprimir aún más a las mujeres.

Es lo que está aconteciendo con la burca. El velo islámico integral es un elemento tradicional de la cultura musulmana. La prohibición de su uso tiene que ver con la política del imperialismo de integrar a los musulmanes al resto de la población francesa o darles a ellos una identidad cultural puramente francesa, como si la cultura buena fuera la cultura francesa, o como si esas mujeres no tuvieran cultura propia, fueran objetos inanimados. Es una especie de limpieza étnica subliminal, una tentativa de borrar del mapa una cultura milenaria como la islámica.

¿Mujeres-zombis o mujeres-bombas?

Los pueblos árabes hace tiempos vienen dando una lección de soberanía y coraje en Afganistán, en Irak, en Palestina, y en prácticamente todo el Medio Oriente. Es preciso quebrar esa resistencia. Y nada mejor que usar a las mujeres para eso. La hipocresía no podía ser mayor. De hecho, existe una justa indignación en relación a la situación dramática en que viven las mujeres en esos países. Las revistas burguesas estampan fotos con mujeres siendo apedreadas. Mujeres con burcas que parecen fantasmas, y grandes fotógrafos consiguen tomar fotos preocupantes de esas mujeres-zombi. Pero también existen fundamentalismos en otras religiones sin esos símbolos aparentemente tan atemorizadores como la burca. También existen determinaciones de ropas y modos de vida estrictos en las otras religiones. En la ortodoxia judaica las mujeres son tratadas como niños, seres incapaces de tomar decisiones, y deben aceptar bodas arregladas. La tan aclamada “madre judía” no pasa de ser una esclava, que debe obedecer el marido y no emitir opiniones dentro de casa. En el catolicismo, la mujer es un ser inferior y despreciable, una pecadora por naturaleza que, para salvar el alma, debe obediencia al hombre por el resto de la vida. Pero ninguna autoridad francesa o de los países imperialistas cristianos habla en prohibir el uso del crucifijo o en vetar la obligación del celibato para monjas y curas.

Forma parte de la opresión que pesa sobre las mujeres en todos los pueblos la ideología de que la mujer es un ser inferior, incapaz, movida por las emociones y no por la razón. La ideología de que la mujer es más instinto que inteligencia la aproxima de la naturaleza, de los animales irracionales, de las plantas y de las herramientas.

Es una de las distorsiones del capitalismo ver a las mujeres como animales, a pesar de que la antropología moderna ha demostrado cabalmente que fueron ellas las primeras en domesticar a los animales ya en el periodo Neolítico o Edad de la Piedra Pulida (para más detalles lea Gordon Childe, Lo que Aconteció en la Historia).

La burca esconde las expresiones faciales, esconde la tristeza y también esconde el odio, la revuelta. La mujer pasa a ser vista como un zombi, un ser sin expresión facial, como los animales.

Sin embargo, en ese caso se cumple una de las leyes más comunes de la historia: el hechizo se vuelve contra el hechicero. Por más terrible que la burca pueda parecer, los pueblos oprimidos suelen lanzar mano justamente de los instrumentos del opresor para luchar por su liberación. Y la burca viene sirviendo para que las mujeres-zombis se transformen en mujeres-bombas, uno de los mayores dolores de cabeza del imperialismo hoy.

La raíz más profundiza de la religión es el miedo

Sin embargo, no se puede buscar la explicación para la situación de la mujer musulmana en la religión o en las relaciones de género, al contrario la explicación de la religión y de las relaciones de género está en la mujer real. La religión y las costumbres nacen de las condiciones concretas de vida y sirven para legitimarlas.

Las religiones siempre fueron utilizadas por los sectores gobernantes para dominar a los pueblos, esclavizar y mantener sectores de la sociedad oprimidos para que sean mejor explotados.
En un texto de 1909, Lenin demostraba que “la raíz más profunda de la religión en nuestros tiempos es la opresión social de las masas trabajadoras, su aparente impotencia frente a las fuerzas ciegas del capitalismo, que cada día, cada hora, causa a los trabajadores sufrimientos y martirios mil veces más horrorosos y salvajes que cualquier acontecimiento extraordinario, como las guerras y los terremotos. El miedo creó los dioses. El miedo a la fuerza ciega del capital – invidente porque no puede ser prevista por las masas del pueblo -, que a cada paso amenaza al proletariado o al pequeño propietario con la perdición, la ruina ‘inesperada’, ‘repentina’, ‘casual’, convirtiéndolo en mendigo, en indigente, lanzándolo a la prostitución, llevándolo a la muerte por inanición: he ahí la raíz de la religión contemporánea que el materialismo debe tener en cuenta ante todo si no quiere quedarse como aprendiz de materialista. Ningún folleto educativo será capaz de alejar la religión de las masas oprimidas por los trabajos forzados del régimen capitalista, y que dependen de las fuerzas ciegas y destructivas del capitalismo, mientras las masas que no aprendieran a luchar unidas y organizadas, de modo sistemático y consciente, contra esa raíz de la religión, contra el dominio del capital en todas sus formas”. (La actitud del partido obrero frente a la religión).

Los diversos imperialismos que intentaron apoderarse del Oriente Medio hicieron lo mismo. Después de la conquista del mundo árabe por los otomanos, el imperialismo inglés usó la religión para lanzar a las masas contra el imperio otomano en la primera guerra mundial; supo aprovechar el sentimiento anti-imperialista de las masas árabes para lanzarlas contra los otomanos y después asegurar su propia dominación colonialista.

Desde el siglo 19, los imperialismos han sido los grandes responsables por mantener el atraso en la región como forma de asegurar su dominación. Y, como consecuencia, han sido los grandes responsables por la situación de opresión de la mujer musulmana.

Símbolos de opresión e identidad

El imperialismo coloca en el velo la causa de todos los males de la mujer musulmana. Es una forma habilidosa de no admitir que la verdadera causa de esos males, o por lo menos de los peores males, que son el hambre, la miseria, la falta de empleos, que cortan el camino de la emancipación femenina, está en su política de dominación del Oriente Medio y de Asia Central, regiones que concentran las mayores reservas de petróleo del mundo.

Lo que oprime a la mujer afgana no es propiamente el velo o la burca. Esos son apenas símbolos que, inclusive ya fueron usados como símbolo de resistencia en las diversas embestidas imperialistas contra la soberanía y la cultura islámicas.

La opresión de la mujer, y no sólo de la mujer musulmana sino de todas las mujeres trabajadoras y pobres, empeoran conforme se agravan las condiciones de vida. El ataque imperialista contra los países árabes hace cada vez más distante la solución del problema de la mujer porque agrava la situación económica, aumenta el hambre y la miseria, la falta de empleo y de las condiciones básicas de vida.

Seamos categóricos: si el imperialismo americano y europeo consiguen aplicar sus planes en el Oriente Medio, el horizonte para la mujer musulmana será aún más dramático, con o sin la burca. Porque el ataque imperialista en la región, el pisoteo de la soberanía de los pueblos árabes y el desprecio por su cultura, no encontrarán obstáculos.

La síntesis de Lenin, de que ningún folleto educativo o curso de ciudadanía será capaz de alejar la religión de las masas oprimidas por los trabajos forzados del régimen capitalista, en cuanto las masas no aprendieran a luchar unidas y organizadas, de modo sistemático y consciente contra el dominio del capital en todas sus formas es perfectamente aplicable en el caso de la burca y otras imposiciones culturales y religiosas. Serán las propias mujeres musulmanas, con sus luchas, las que irán concientizándose y superando sus trabas. No será un gobierno imperialista quien las libere.
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Traducción: Pavel Romero



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