| El velo islámico y la “elevada” cultura de la burguesía francesa |
| Escrito por Cecilia Toledo | |||
| Lunes 06 de Junio de 2011 16:28 | |||
Como ya dijimos en el artículo anterior1, publicado en esta web, aun siendo el velo islámico una forma de opresión de las mujeres, la prohibición de su uso público en Francia por el gobierno Sarkozy merece todo nuestro repudio. En primer lugar, por tratarse de una medida patriarcal.
En segundo, por ser una medida colonialista e imperialista. Y en tercero, por atacar a las mujeres musulmanas y árabes en el momento en que más apoyo precisan por estar luchando por mejores condiciones de vida y contra las tiranías en medio de la revolución árabe.
Se trata de una agresión contra todas nosotras mujeres ya que, con su ley, Sarkozy, pese a todo el discurso democrático, se apoya en el patriarcado, un régimen carcomido y totalmente antidemocrático, que debería estar enterrado hace mucho tiempo y no seguir vigente en un país que se considera tan moderno como es el caso de Francia. Los hombres y, en este caso, los gobiernos, serían “nuestros protectores” ya que nosotras, mujeres, somos “incapaces de gobernar nuestras propias vidas, de controlar nuestros propios deseos, de decidir sobre nuestros propios caminos”. Tanto es así que, por la ley francesa, la mujer que salga a la calle con velo, además de pagar una multa, deberá asistir a un “curso para aprender las buenas maneras y las buenas costumbres de la ciudadanía francesa”.
Sarkozy se considera a él mismo un defensor de “la dignidad y la libertad de las mujeres” y de los valores de la liberté, egalité, fraternité, banderas de la Revolución Francesa. Extraña forma ésta de defender la libertad. Arrojando a las mujeres musulmanas a la cárcel sencillamente por usar un velo. Obligándolas a rechazar sus orígenes y su cultura –por más opresiva que ésta sea- en nombre de una “cultura más elevada”, la cultura francesa. Forzándolas a renegar del islamismo en nombre del catolicismo, de los valores occidentales contra los orientales, que serían retrógrados e incitadores del terrorismo.
Refiriéndose a Inglaterra, Trotsky dijo una vez que la burguesía actúa por abstracción (“nación”, “patria”, “democracia”) para camuflar la explotación que se encuentra en la base de su dominación, que de abstracta no tiene nada. Esta afirmación sirve también para el caso de Francia y su gobierno actual, que levanta la bandera de la libertad, de los valores universales, del respeto a los derechos humanos, al mismo tiempo que arranca de la cabeza de las musulmanas lo que él considera “el símbolo máximo de la opresión”.
La “democrática” y “fraternal” cultura francesa
Francia fue uno de los países imperialistas más crueles de la historia. El peso de la guillotina cayó sobre los obreros parisinos que proclamaron la Comuna de París en 1871. Los mismos que proclamaban la libertad y los verdaderos valores humanos –el poderse alimentar, tener un trabajo y una vida digna- sintieron en su propia piel el frío de la lámina y el poder de las balas y de los cañones con los que la burguesía francesa pretendía mantener su dominación. En nombre de la salvación de la patria, “amenazada” por los obreros “incultos”, la Comuna fue ahogada en sangre, y la guillotina (que los communards habían intentado destruir) hizo rodar cabezas en una secuencia macabra. Todo en nombre de los nobles valores burgueses. Este pasado no habla bien de la “cultura francesa” que hoy Sarkozy pretende enseñar a las mujeres musulmanas. El pasado de Francia está repleto de hechos que la condenan y muestran a la clase trabajadora mundial –a sus hombres y sus mujeres- que no se puede confiar en la burguesía ni tampoco envidiar su “cultura”. Jamás. Algunos de esos hechos son bien notorios: la Comuna de París, la Revolución de Argelia, la dominación francesa de Indochina, la participación de Francia en la Guerra de Iraq y podríamos citar muchas otras hazañas de ese auténtico rastro de sangre, de odio, de xenofobia, de dominación y opresión colonial que Francia arrastra tras de sí en su proceso de formación como nación imperialista.
La Comuna de París: ahogada en sangre por los “nobles” franceses
La primera experiencia de un gobierno obrero ocurrió en Francia, en 1871. Esto es un gran orgullo para la clase obrera francesa. Los obreros parisinos no llegaron “por casualidad” al año 1871. Tenían tras de sí una larga experiencia de luchas, que les dejó clara la necesidad de organizarse de forma independiente de la burguesía. Sin embargo, no habiendo tenido tiempo de construir un partido de clase, fueron nuevamente engañados por la burguesía al final de la guerra franco-prusiana. La causa real de la guerra fue el intento de Napoleón III de salir de la crisis de su régimen y la convicción de Bismark de que una victoria facilitaría la unificación de Alemania (que estaba dividida en pequeños estados) en torno de Prusia. La Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), la I Internacional, fundada por Marx y Engels, se pronunció contra la guerra y a favor de la hermandad del proletariado de ambos países. A pesar de esto, en el caso de que se diese la guerra, opinaban que una victoria de Prusia facilitaría la unificación de la clase obrera alemana en una Alemania unida, y abriría al camino en Francia para la República, liberando a la clase obrera de la opresión del régimen de Napoleón III.
Sus previsiones se confirmaron. En pocas semanas Francia fue derrotada y una revuelta popular proclamó la República. Sin embargo, los obreros confiaban en la burguesía y le entregaron el gobierno. La primera acción del nuevo gobierno republicano de Thiers fue firmar un acuerdo con la burguesía alemana, descargando los costes de la guerra sobre los hombros de la clase obrera francesa. Pero los obreros parisinos estaban armados, en Francia existía una milicia, la Guardia Nacional, formada por trabajadores activos agrupados en batallones, que realizaban periódicamente ejercicios militares, pagados por el Estado. La Guardia Nacional era una vieja institución de la revolución de 1789 y servía a la burguesía para reprimir a los obreros. Aunque, en 1871, estaba formada casi íntegramente por trabajadores y no por burguesas, además de que los oficiales eran escogidos por la tropa.
El intento de Thiers de desarmar a la Guardia Nacional abrió el camino para la sublevación del 18 de marzo, con una destacada confraternización entre la población del barrio Montmartre y los soldados (donde las mujeres jugaron un papel importante, y entre ellas la profesora Louise Michel). Al gobierno burgués sólo le quedaba una salida, huir de París y refugiarse en la vecina Versalles, mientras la dirección de la Guardia Nacional completaba la conquista del poder con la toma del Hotel de Ville. De esta forma, por primera vez en la historia, surgía “un gobierno de la clase obrera para la clase obrera” (Marx). Una vez abolida la necesidad de la burguesía y de los directores de fábrica, los trabajadores pudieron por sí mismos dirigir las fábricas y el Estado, prescindiendo de aquellos parásitos.
Se constituyó un gobierno de cerca de 90 miembros, uniendo los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, superando así la división burguesa de los “tres poderes”. Este gobierno duró pocas semanas, sin embargo tuvo una actividad intensa. La disolución de la policía y la sustitución del ejército permanente por la milicia obrera (Guardia Nacional), destruyeron la máquina estatal burguesa. Esta fue la mayor lección de la Comuna según Marx, y dio a Lenin la base de toda la política de los bolcheviques, que no se limitaron a “reformar” la máquina estatal burguesa, sino que la destruyeron sustituyéndola por la dictadura del proletariado; la asistencia médica gratuita, incluyendo el aborto libre y gratuito; la jubilación a los 55 años; la reforma de la educación en favor de una enseñanza “politécnica”; la separación entre Estado e Iglesia, con la supresión de los tributos al clero y la expulsión de la religión de las escuelas; la reorganización del trabajo obrero bajo control de los trabajadores, que reunidos en asambleas decidirían qué y cómo producir, además de iniciar la toma de fábricas y de las viviendas deshabitadas para distribuirlas entre los pobres. Muchas de estas medidas, por el poco tiempo del gobierno obrero, no llegaron a salir del papel, sin embargo reflejan la voluntad de transformar completamente la sociedad burguesa en todas sus formas, y fundar así una sociedad nueva y justa.
Con la Comuna, Marx y Engels aprendieron una importante lección: los obreros no deben creer ni una sola palabra que salga de la boca de los burgueses ni de sus gobiernos, y sí organizarse de forma independiente, como condición de vida o muerte para conquistar mediante la lucha y la insurrección su propio gobierno. También fue una lección para Lenin, que escribió las Tesis de Abril para rearmar al Partido Bolchevique, defendiendo la necesidad de no dar apoyo alguno al gobierno burgués (de “izquierda”) de Kerensky, como premisa para conquistar la mayoría de los trabajadores políticamente activos, hasta el punto de acabar con dicho gobierno y constituir un gobierno obrero.
El apoyo dado por el gobierno proletario de París a la burguesía francesa les costó caro a los trabajadores. En un artículo sobre la Comuna de París, Francesco Ricci, historiador italiano especializado en el tema, muestra como la burguesía, durante la Comuna, dio una verdadera clase sobre los valores humanos en los que cree: “Es difícil encontrar en los años que precedieron a la Comuna de París masacres similares a aquella que la burguesía realizó con ferocidad tras la caída del primer gobierno obrero de la historia. Sería preciso volver atrás en la historia hasta la crucifixión en la Vía Apia de seis mil esclavos del ejército de Espartaco por orden de Craso para castigar a los que intentaron rebelarse contra Roma. Nunca se sabrá cuantas victimas hubo. Sabemos, no obstante, que de una población de dos millones de habitantes, quedaron apenas 100 mil personas. Los fusilamientos eran constantes y para acelerar el trabajo usaron ametralladoras. Una vez terminado el baño de sangre, la represión continuó con las persecuciones, los procesos, las deportaciones y años de calumnias. Toda la prensa burguesa internacional quedó repleta de textos donde se retrataba a los obreros parisinos como vándalos”.
Argelia, otro ejemplo de la “elevada” cultura francesa
Argelia, país del norte de África, que en el pasado estuvo bajo dominio turco y pasó a estar controlada por Francia en 1830. Desde este momento comenzó a experimentar en su propia carne la “cultura civilizadora” francesa, siendo escenario de incesantes derramamientos de sangre, saqueos y violencia. Cuenta Marx que “cada ciudad, pequeña o grande, se conquista palmo a palmo, a costa de innumerables víctimas. Las tribus árabes y cabilas, que estiman la independencia como un tesoro y para quienes el odio a la dominación extranjera está muy por encima de su propia vida, son aplastadas y reprimidas mediante feroces inclusiones durante las cuales se queman y destruyen sus casas y plantaciones, y los infelices supervivientes son exterminados o sometidos a todos los horrores de la obscenidad y la crueldad. Los franceses siguen con obstinación ese bárbaro sistema de hacer la guerra contra todas las normas de la humanidad… Todas las ciudades importantes fueron tomadas por asalto y sometidas a una sucesión de horrores. Los habitantes locales se habían sometido con profunda hostilidad a sus gobernadores turcos, que por lo menos tenían el mérito de ser sus correligionarios; y no encontraban ventaja alguna en la llamada civilización del nuevo gobierno, por el cual sentían también una aversión generada por el fanatismo religioso. Cada nuevo gobernador no hacía más que repetir las crueldades de su antecesor; en las declaraciones se hablaba de los más nobles propósitos, sin embargo, el ejército de ocupación, los movimientos de tropas, las terribles crueldades cometidas por ambos bandos, refutaban las afirmaciones sobre la paz y la buena voluntad. (…) Bajo Savary, Argelia se convirtió en lugar de deportación para todo aquel a quien se le aplicara la ley referente a personas política y socialmente peligrosas; se estableció en Argelia la Legión Extranjera, a cuyos soldados se les prohibió visitar las ciudades. En 1833 se entregó en la Cámara de Diputados una petición que decía: Durante tres años soportamos todas las injusticias posibles. Basta con que se presenten quejas a las autoridades para que sean respondidas con nuevas crueldades, dirigidas, sobre todo, contra los que las formularon. Por este motivo, nadie intenta hacer algo; es por esto que no hay firmas al pie de esta petición. ¡Oh, señores! En nombre de la humanidad les rogamos que nos liberen de esta funesta tiranía, que nos libren de las cadenas de la esclavitud. Si el país permanece en estado de guerra, si no hay en él un poder civil, sucumbiremos todos; jamás llegará la paz para nosotros”. (Karl Marx y Frederic Engels, Sobre el Colonialismo).
En los años 60, ya en pleno siglo XX, en la batalla por librarse de la dominación colonial francesa, Argelia sintió de manera incluso más brutal el significado de “los valores universales de Occidente”. El régimen colonial de administración directa ejercido por Francia sobre el país fue de expolio constante, que consistía en implantar el potencial humano, métodos de acción, estructuras e incluso el idioma del país opresor. “Se trata de un esquema general por medio del cual se intenta obtener la despersonalización y la “desculturalización” de los autóctonos, las mil y una modalidades de explotación económica, la pérdida de las libertades individuales… Es preciso evidenciar el balance negativo de todo lo que un pueblo colonizado o sometido a una dominación extranjera perdió en bienes nacionales, recursos naturales, posibilidad de desarrollarse y modernizarse, medios adecuados de cultura, de bienestar, que no se debe olvidar cuando se habla de colonialismo, o de simple conservación de su salud fisiológica, de su idioma nacional, de su dignidad”. (Ernesto Goldar, La Revolución Argelina).
Tanto la Comuna de París como la Revolución Argelina bastan para tener una idea de los principios “humanos” de esa cultura que Sarkozy tanto defiende y en la cual se apoya para prohibir el velo islámico en territorio francés. Sarkozy, el mismo hombre que ahora prohíbe el velo, es en realidad la continuidad de los gobiernos franceses que masacraron la Comuna y que convirtieron a Argelia en un país destrozado. Él jamás renegó de ese pasado, jamás pronunció una sola palabra contra ninguna de ambas masacres, que fueron perpetradas por sus antecesores “en nombre de la libertad y la democracia”. De la misma forma que tampoco ahora mueve un dedo contra las masacres de los tiranos árabes contra las masas del Magreb y de todo el norte de África, y mucho menos contra los bombardeos de la OTAN –comandados por los propios franceses junto a los ingleses- contra poblaciones civiles. León Trotsky, que fue uno de los grandes dirigentes de la revolución socialista de Rusia de 1917, hacía la siguiente alerta: Las masas entenderán que quien es falso en una cosa pequeña será falso en muchas cosas. Una cosa son los discursos hipócritas de Sarkozy contra el velo y por la libertad. Otra bien diferente son los hechos históricos. No se puede confiar en un gobierno que no repudia los métodos represivos, colonialistas e imperialistas de sus antecesores y que continúa practicando los mismos métodos contra los pueblos coloniales y semicoloniales.
Si la ley de Sarkozy fuese de hecho progresista para la emancipación de las mujeres, no vendría acompañada de más represión. Para las mujeres musulmanas, que están luchando por la libertad, aceptar la ley de Sarkozy es lo mismo que cambiar una represión por otra y entregar su lucha en las manos de la burguesía, que mantiene a las mujeres oprimidas en el mundo entero.
Traducción: Raul Alberich
|
| Más artículos: ... |
|---|
|

Como ya dijimos en el artículo anterior1, publicado en esta web, aun siendo el velo islámico una forma de opresión de las mujeres, la prohibición de su uso público en Francia por el gobierno Sarkozy merece todo nuestro repudio. En primer lugar, por tratarse de una medida patriarcal. 















