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Dos siglos de integración centroamericana
Escrito por Alán Nuñez - PST Honduras   
Miércoles 02 de Noviembre de 2011 23:01
La historia centroamericana se ha caracterizado por una sucesión de intentos de reintegración regional. Después de la desintegración de la antigua Capitanía General de Guatemala en las cinco parcelas de Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala, al menos en veinticinco ocasiones diferentes se tomaron medidas formales y oficiales con el objetivo de reconstituir a los estados en algún tipo de gobierno único. Ninguno de ellos pudo concretarse.

La guerra civil que despedazó la Federación Centroamericana, sus logros, debe ser entendida a la luz de los esfuerzos frustrados por organizar la vida política de la región después de la Independencia, conforme patrones institucionales y económicos distintos a los heredados de la Colonia y como un proceso que señala la problemática formación de grupos sociales y sus intentos por establecer sus propias pautas de dominación (Torre Rivas, 1989, p.14).

El siglo XIX en Centroamérica es la historia de las guerras civiles interestatales (liberales y conservadores), a las que el Imperialismo Inglés no fue del todo ajeno, siendo en buena medida suya la responsabilidad de mantener separadas a las que habían sido provincias pertenecientes al Antiguo Reino de Guatemala. En efecto, Inglaterra bloqueó los ensayos de unidad política que intentaron los liberales en el período que va de 1841 a 1871.

Es bajo estas circunstancias que Centroamérica arriba al momento vital de la Reforma Liberal en calidad de archipiélago social, sin intereses económicos comunes y huérfana de una administración eficiente con sentido unitario.

En 1895, con el pacto de Amapala, se forma la República Mayor de Centroamérica. Éste débil esfuerzo de la oligarquía liberal por reconstruir la patria centroamericana se diluyó en 1898. En 1907, los llamados Pactos de Washington avivaron el ánimo unionista en la región. Posteriormente, en 1921, con motivo del Centenario de la proclamación de la Independencia de España, se proclama la República Tripartita conformada por Guatemala, Honduras y El Salvador. Este intento de poca data apenas ajustó para dictar una constitución, aprobar un escudo y bandera.

Después de la Segunda Guerra Mundial el sentimiento unionista favoreció la firma, por parte de los cinco países del istmo, de la llamada Carta de San Salvador en 1951, que estableció la Organización de los Estados Centroamericanos (ODECA), allanando el camino para la firma del Tratado que estableció el Mercado Común Centroamericano (MCCA). Algunas de las razones que provocaron aquel replanteamiento de dirección de la política económica en Centroamérica pueden buscarse en el quiebre sufrido en el mercado internacional por los productos de exportación; la Revolución Cubana y la nueva política reformista del imperialismo hacia la región vía Alianza para el Progreso; y, finalmente, el nuevo carácter del capitalismo que ha dado ya un giro de las economías de enclave y la inversión en sectores primarios, hacia el comercio y la exportación de capitales por medio de las corporaciones multinacionales y de la explotación del sector industrial. No es posible detallar aquí toda la historia del crecimiento y el fracaso del MCCA.

Basta con mencionar que su crisis fue producto de un cúmulo de contradicciones, motivadas en buena medida por la injerencia del imperialismo norteamericano en la región, particularmente en las instituciones de la integración centroamericana, llámese Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE) o Secretaría Permanente para la Integración Económica Centroamericana (SIECA), etc. Sin olvidar las contradicciones suscitadas a lo interno de las distintas burguesías centroamericanas, de los diversos grupos dominantes en cada país y de la lucha de clases a nivel nacional.

La integración centroamericana en la época actual

En Centroamérica existen, desde el segundo lustro de la década de los ochenta, iniciativas regionales tendientes a reactivar el paradigma de la integración regional con el fin de insertar a los grupos empresariales más poderosos al proceso de globalización de la economía. En 1986 los presidentes de Centroamérica suscribieron en Guatemala la Declaración de Esquipulas I. En la misma se formalizaron las reuniones de presidentes para discutir los problemas de la región, llegando al consenso de firmar el “Acta de Contadora para la Paz y la Cooperación en Centroamérica”. Se acordó, al mismo tiempo, crear el “Parlamento Centroamericano”; y la revisión y actualización de la integración económica y social de Centroamérica.

En 1990, en Nicaragua, luego de la derrota electoral del Sandinismo, se ratificaron los acuerdos de Esquipulas I, y se coincidió en fortalecer y reactivar la integración económica regional. Este mismo año, en Guatemala, se aprueba el Plan de Acción Económica para Centroamérica (PAECA), instrumento que dinamizaría la integración regional a partir de un esquema de crecimiento económico hacia afuera en el marco de la globalización. Más tarde, en Costa Rica, la región profundiza sus relaciones con la Unión Europea (UE), los países del CARICOM y otros organismos internacionales como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo. En 1991, en San Salvador, se decide, entre otras cosas, la incorporación de Panamá al esquema de integración, restaurar el Sistema de Integración Económica Centroamericana (SIECA) roto a lo largo de la década precedente, liberalizar el comercio de productos agropecuarios y establecer parámetros de negociación arancelaria.

En 1992 se celebra en Tegucigalpa la Décima Primera Cumbre de Presidentes, que contempla los lineamientos fundamentales de la integración económica y política. Aquel conclave dio vida al Sistema de Integración Centroamericana (SICA), nuevo marco institucional de la integración regional en Centroamérica. Posteriormente, en Panamá, se ratifica el Protocolo de Tegucigalpa, con presencia de Belice y República Dominicana, en calidad de observadores. En 1993, en Guatemala, se aprobó el Tratado General de Integración Económica Centroamericana cuyo objetivo primordial fue el de modernizar la integración en el marco de los acuerdos del SICA y dejaba borrado el modelo tradicional de sustitución de importaciones. Estas últimas tres cumbres son importantes pues en ellas quedan perfiladas algunas tareas decisivas, a ser: la creación de una zona de libre comercio, la unión aduanera centroamericana y la unión monetaria y financiera como etapa superior del proceso de integración.

Para fines de 1994 se consolida el CA-3 y el CA-4. En 1996, en San José, Costa Rica, los presidentes de Centroamérica se reúnen con el presidente mexicano Ernesto Zedillo, con la finalidad de discutir el establecimiento de una zona de libre comercio, en lo que se denominarían los Acuerdos de Tuxtla. Finalmente, en 1998, los presidentes de Centroamérica y República Dominicana acuerdan firmar un Tratado de Libre Comercio.

En 2001, el anhelo de suscribir un Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos empieza a cobrar forma. Por último, en enero del 2003, los ministros encargados de comercio de los países de Centroamérica y Estados Unidos se reunieron en Washington para hacer el lanzamiento formal de las negociaciones del TLC. En esa ocasión, establecieron la estructura de este proceso de negociación y acordaron la meta de concluir la negociación a fines del año 2003. El tratado entró en vigor en distintas fechas para cada país en 2006, a excepción de Costa Rica quien, luego de un referéndum, lo ratificaría un año después.

Entre la Declaración de Esquipulas I y la firma del TLC entre Centroamérica y Estados Unidos hay dos décadas de esfuerzo unionista. Tiempo prudencial para medir sus alcances.

La integración centroamericana favoreció la fusión del capital financiero. Las evidencias muestran como los grupos financieros de la región se han ido fusionando, fundamentalmente, mediante un proceso de compra de bancos medianos y pequeños, por los grandes bancos. En este sentido, la experiencia hondureña resulta ejemplar. En 2005, el Grupo Financiero LAFISE, de origen nicaragüense, compra el Banco del Futuro; en el año 2000, el Banco El Ahorro Hondureño, Banco La Capitalizadora Hondureña y el Banco La Vivienda S.A. se fusionaron, formando el Banco Grupo el Ahorro Hondureño (BGA) quien, posteriormente, fue vendido al Banco del Istmo (Banistmo), de Panamá. En 2006, este grupo compraría Bancosal de El Salvador. Luego, en 2006, Banistmo fue vendido al Grupo Financiero HSBC, el segundo más grande del mundo. HSBC entra a Centroamérica justamente coincidiendo con la firma del TLC-CA/RD-USA.

En resumen, el proceso de expansión y fusiones ha permitido que sean los grandes bancos (BAC, CITIGROUP, SCOTIA-BANK, etc.) los negocios comerciales y financieros y que poco a poco se anule la banca local con sus instituciones de poca o nula capacidad para mantener un régimen de pagos de inversiones en toda la región.

Por otro lado, la integración centroamericana, sus vínculos comerciales con el imperialismo, ha traído consecuencias de diversa índole. La dependencia aumentó. En 2007 EEUU absorbió y produjo más de un tercio de las exportaciones e importaciones hondureñas. Se produjo un incremento vertiginoso de la emigración hacia el resto del mundo, resultado de la exclusión de la fuerza laboral de las relaciones económicas formales. Este contingente humano es el que financia la estabilidad macroeconómica de la región. Ellos envían dinero en divisas a sus familias con las cuales subsisten y enfrentan los problemas de miseria, divisas que sumadas, en conjunto, conforman la variable que los bancos centrales denominan “remesas familiares”. De la región, Guatemala es el país con mayor cantidad de emigrantes, seguido de cerca por El Salvador. Paradójicamente son los mismos países que mayores beneficios comerciales han obtenido producto de la intensificación del comercio en la región.

En efecto, de 1990 a 2010 la relación comercial entre los países centroamericanos se intensificó, siendo Guatemala, El Salvador y Costa Rica los países con mayores rangos de exportación, mientras que Nicaragua y Honduras ocupan lugares de menor relevancia. Sin embargo, la integración no supuso una reactivación económica bonancible para ninguno de los países del istmo, generadora de plena ocupación en la región y mejoramiento de la calidad de vida. Por el contrario, hay en la región un aumento considerable de la desigualdad en la distribución.

La explotación desmesurada de los recursos naturales en el área se ha reforzado a medida que avanza la integración y el CAFTA. En el caso de Honduras, territorio de vocación natural forestal, las causas de la deforestación se encuentran en la expansión de la frontera agrícola, la camaricultura y la ganadería extensiva. El CAFTA supuso para nuestro país una reestructuración del sector agrícola, donde los pequeños productores son relegados y orillados a reclamar tierras del bosque y a obtener leña de éste. El problema de la seguridad alimentaria acosa a toda Centroamérica.

Hemos visto que la integración centroamericana como proyecto burgués de crecimiento y desarrollo está lejos de convertirse en un paradigma esperanzador. El esfuerzo unionista que inició en Esquipulas y alcanzó su cumbre con la firma del CAFTA parió resultados económicos, políticos y sociales deleznables.

Fuente: El Trabajador n.º 84, Octubre 2011

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