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Después de la oleada obrera del 16 octubre: huelga general indefinida
Escrito por Claudio Mastrogiulio y Francesco Ricci - PdAC   
Martes 26 de Octubre de 2010 02:48
Digámoslo ya: aquel sábado se realizó la más grande manifestación obrera que se recuerde en los últimos años. Un oleada de medio millón de manifestantes invadió las calles de Roma, expresando con fuerza y radicalidad el descontento social que recorre todo el mundo del trabajo.

Un día de movilización y de rescate para aquella parte del mundo del trabajo que en los últimos meses recibió los ataques más cruentos de parte de los patrones. Del chantaje de Pomigliano, pasando por la brutal agresión de la libertad sindical de parte de Fiat en Melfi, hasta las amenazas en los últimos días del ministro del Interior, Maroni. La respuesta de la calle ha sido ejemplar: descendiendo en masa por las calles de la capital, la clase obrera ha mostrado su fuerza imponente, al grado de barrer con todo (a partir de la falsedad de los que durante años les gustaría ver la clase derrotada o impotente).

La radicalidad de la gran masa obrera (que se reflejó en las consignas que más se gritaron el sábado) hace, todavía, de contraste a la espera oportunista de las direcciones sindicales. La burocracia de la CGIL (Confederación General de Trabajadores Italianos) ya está tratando de usar la gran manifestación para poder aumentar su propio peso contractual, en la óptica de un retorno a la mesa de concertación con el gobierno y Confindustria. Claro ha sido, en este sentido, el discurso de Guglielmo Epifani (líder de la CGIL) desde el palco, plagado (para evitar los silbidos de la plaza) de promesas de una futura huelga general indefinida ("si no nos dan respuesta"). Nada sustancialmente diverso ha sido propuesto, en diversos tonos, por los dirigentes de la FIOM (Federación Italiana de Obreros Metalúrgicos), Landini y Cremaschi, que apoyaran las conclusiones de Epifani.

El apoyo total a la lucha obrera y la denuncia del engaño de las burocracias: esto es lo que tendría que haber expresado, participando de la movilización del 16, incluso USB y el resto del sindicalismo de base: sin embargo, a falta de la elección miope de los propios grupos dirigentes, han perdido una gran ocasión (aunque sí, siglas aparte, en la plaza hemos encontrado a tantos compañeros que militan en el sindicalismo de base, para nada de acuerdo con el sectarismo de los propios grupos dirigentes).
 
Una sola perspectiva: ¡huelga general indefinida y ocupación de las fábricas!
 
La extraordinaria respuesta del sábado no puede y no debe ser distorsionada por los otros fines de la burocracia. Por dos órdenes de razones. El primero está en la objetividad del cuadro social y económico italiano, en el cual los fuertes poderes están unidos y determinados en el logro del objetivo común de hacer pagar la crisis capitalista a los trabajadores y a las masas populares. El segundo, íntimamente ligado al anterior, consiste en el peligro que tal actitud, en los trabajadores, pueda producir en ellos desorientación y cierta impotencia. Esto es porque, y la historia nos enseña, todas las conquistas obreras que ha habido en la historia no han sido, ciertamente, fruto de una particular habilidad de los burócratas sindicales a las mesas contractuales sino, por el contrario, de las luchas.

La crisis, que está causando estragos en el sistema económico y social, no se debe a la fatalidad. Las crisis cíclicas representan, en la historia del modo de producción conocido como capitalismo, una constante necesaria e intrínseca. No es, ciertamente, reivindicando el respeto de la legalidad que retirará Marchionne sus propuestas antiobreras y explotadoras. El administrador de Fiat, así como los patrones de todo tiempo y lugar, comenzará a retroceder sólo cuando se creen, de parte de los trabajadores, las condiciones suficientes para hacer temer a la patronal que puede perder todo. Por esto decimos: ocupaciones de las fábricas, a partir de Fiat, Fincantieri y de todas aquellas en las cuales el capitalismo ya ha revelado su fracaso histórico licenciando y despidiendo integralmente. Y la huelga como fin para el retiro de las maniobras patronales que quieren hacer pagar la crisis capitalista a los trabajadores y a las masas populares, hasta la reincorporación de todos los trabajadores licenciados, hasta el fin de la precariedad laboral y de todos los desocupados, hasta la caída de Berlusconi, para abrir el camino a una alternativa de poder de los trabajadores.

El Partido de Alternativa Comunista, presente con un visible y nutrido contingente en la plaza (animado por tantos obreros y muchos jóvenes), reivindica la necesidad de un proyecto de independencia de clase del movimiento obrero de la burguesía y de sus gobiernos. Esto es lo que se necesita para las masas que salieron a las calles el sábado, esto es lo que falta.

Desde la movilización del 16 se alza una exigencia de radicalidad, una exigencia que la movilización continúe enseguida y que no vengan solo a anunciarla. Pero, solamente una alternativa política de representación efectiva y de independencia política y programática de estos trabajadores estará en condiciones de crear los precondiciones para que, finalmente, podamos rescatar al mundo laboral. Y esto, no será ciertamente con la izquierda gobiernista de Refundación Comunista, que golpea nuevamente a las puertas del PD (Partido Democrático, de centro-izquierda) para una alianza de gobierno. O con Nichi Vendola (ex presidente de la región de Apulia, ex miembro de Refundación Comunista y posible candidato del PD para los comicios del 2011). Tampoco es el estilo del propio “amigo de los obreros” Antonio Di Pietro (ex fiscal anticorrupción, líder del Partido Moralizador Italia).

Se necesita otra dirección política. Se necesita ya la creación de comités de lucha en cada empresa, en cada ciudad, que se doten de una coordinación nacional: para no permitir que las próximas acciones las decidan los burócratas interesados sólo en que la lucha fracase.

Alternativa Comunista será parte activa, en la medida de sus propias fuerzas, en la batalla por garantizar una respuesta a esta gran demanda de representación, y afirma la necesidad de un programa realmente alternativo, basado sobre los intereses de la clase obrera, que concentra las condiciones para el derrocamiento del actual sistema económico y social. El medio millón de personas que han colmado Roma el pasado sábado y, por supuesto, otros millones de trabajadores, merecen concretar una perspectiva realmente anticapitalista y, por lo tanto, revolucionaria. Esto significa el desarrollo inmediato de una lucha indefinida, como lo está enseñando el ejemplo de Francia. Después del 16 de octubre nadie puede decir que no existen las fuerzas necesarias para hacerlo.

Traducción: Laura Sánchez

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