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Convertir el 6 de setiembre en el inicio de un otoño caliente contra el gobierno y la patronal
Escrito por Fabiana Stefanoni   
Lunes 05 de Septiembre de 2011 21:08
Después de haber dejado, por un período entero, a la presidente de la Federación de las Industrias [patronal], Emma Marcegaglia, el papel de portavoz único de las llamadas “partes sociales” (expresión con la cual se refieren a la Federación de las Industrias y a los sindicatos, portadores de un supuesto interés común de patrones y obreros), y después de haber firmado, el día 27 de junio un acuerdo podrido entre las direcciones de la CGIL, CISL, UIL (centrales sindicales italianas) y la Federación de las Industrias, Camusso [secretaria general de la CGIL] al fin proclamó, para el día 6 de setiembre, una huelga general de ocho horas.

La noticia no debería causar espanto: en toda Europa -desde España a Portugal, de Grecia a Francia- ya van dos años que se realizan huelgas generales contra las medidas adoptadas por los gobiernos burgueses (de centro derecha y centro izquierda) para descargar la crisis sobre los hombros de los trabajadores, de las jóvenes generaciones, de los precarizados, de los inmigrantes. En fin, la proclamación de la huelga general por la CGIL es, de hecho, una novedad: por casi tres años, hasta el último 6 de mayo, la principal Confederación sindical italiana se rehusó a convocar a una huelga general. Ahora, después de tres meses, es la ocasión de una huelga general. En realidad, es una huelga que, para la burocracia de la CGIL, representa, al mismo tiempo, admitir una derrota (el acuerdo del día 28 de junio se reveló un boomerang para la central, abriendo el camino para los paquetes de Sacconi, Tremonti y Berlusconi que reducirán aún más el papel de la CGIL en la negociación) y el intento de la CGIL de regresar al juego [de la conciliación con la patronal. NDT].

El acuerdo del 28 de junio y el papel de la burocracia de la CGIL

El acuerdo del 28 de junio no es, como tratan de pasar los dirigentes de la izquierda de la CGIL (a partir de la cúpula de la Federación de Metalúrgicos), un accidente de ruta. La imagen de Marcegaglia, de Camusso, de Angeleti y de Bonanni apretando las manos entrelazadas como los cuatro mosqueteros condensa el sentido mismo de la acción de la burocracia de la CGIL: el objetivo era y permanece, el de volver a la mesa de concertación, para desarrollar un papel precioso para la patronal italiana, aquella de sepulturero de las luchas. Marcegaglia y los sectores mayoritarios de la patronal italiana comprendieron bien la importancia de coparticipación de la burocracia de la CGIL en la masacre en curso: un pacto con la mayor Confederación sindical, en tiempos de fuerte crecimiento de las luchas en toda Europa, puede garantizar a la patronal aún alguna esperanza de contener la explosión de la movilización de las masas en Italia. No nos espanta, por lo tanto, que la propia Marcegaglia -designada portavoz única del pacto infame entre la CGIL, CISL, UIL y la Federación de Industrias- hace pocos días atrás pidió el “no  aislar a la CGIL” y declaró, también, en la secuencia de la convocatoria de la huelga, de “mantener relaciones fuertes, sólidas y duraderas con todos los sindicatos que firmaron el acuerdo del 28 de junio”.

Pero el gobierno de Berlusconi, ya envuelto en sus propias contradicciones y dando largos pasos para su fin, juega una partida propia. La decisión de estallar el acuerdo entre las centrales sindicales y la Federación de Industrias, atacando la negociación colectiva nacional, demuestra que existe un desajuste entre la mayoría de la gran burguesía industrial, de la cual Marcegaglia es portavoz, y algunos sectores del mundo de las finanzas y de los bancos, en los cuales Tremonti y Berlusconi hoy depositan sus últimas esperanzas. Es, por lo tanto, en la competencia entre sectores de la patronal que va encuadrado el papel de la burocracia de la CGIL: los acuerdos del 28 de junio representan un pacto entre sindicatos y aquellos sectores (mayoritarios) de la gran burguesía que no se reconocen más en Berlusconi y que apuntan hacia un cambio de gobierno (preferiblemente un gobierno técnico para evitar las elecciones, en caso contrario, un gobierno de centro izquierda).

Sin esta premisa, difícilmente se comprendería lo que pasó entre el acuerdo del 28 de junio (que previa el desmantelamiento de la negociación colectiva nacional y la limitación del derecho de huelga, sujeto a aprobación por un referéndum fraudulento) y la propuesta de Sacconi (que prevé la misma cosa, sin referéndum). En realidad, la burocracia de la CGIL ha leído en las entrelíneas del decreto lo que ella tiene interés: o sea, que este gobierno no tiene interés en volver a la concertación y prefiere forzar la mano. El motivo por el cual Camusso, después de haber hundido la cabeza en el barro al final de junio, decidió levantarla llamando a los trabajadores a la huelga general, puede ser, así, claramente resumida: demostrar al gobierno que en esta fase conviene reubicar a la CGIL en el juego de la concertación.

La plataforma y las modalidades de la convocatoria a la huelga

La plataforma de la huelga general de la CGIL es una confirmación de cuanto decíamos. Es una plataforma que sigue, a grosso modo, el llamado “contra paquete” del Partido Democrático [centro izquierda gobiernista]. La CGIL pide el retiro de algunos puntos del paquete pero, al mismo tiempo, proponen una receta “para salir de la crisis” que no pone, mínimamente, en cuestión los intereses de fondo y los privilegios de la gran burguesía italiana. Para dar algún ejemplo: acepta el pago de la deuda como una necesidad ineludible, pidiendo apenas el aumento de dos años del inicio de las restricciones presupuestarias; pide la emisión inmediata del Eurobono, como si esto ofreciese alguna ventaja a los trabajadores; reivindica el federalismo; insiste sobre el papel fundamental de los fondos de pensión, definidos incluso como un recurso estratégico (¿tal vez porque el aparato de la CGIL tenga muchos intereses económicos en la gestión de los mismos?); aprueba el recorte de los presupuestos de los ministerios; piden mayores incentivos públicos para las empresas; incluso, se pide un aumento del “aprendizaje” (esto es, de contratos de hambre para los jóvenes trabajadores) con incentivos a las industrias que lo utilizan. Si excluimos algunas reivindicaciones de fachada de defensa de los llamados “bienes comunes” y el pedido de una tasación de las “grandes riquezas” y de los “grandes inmuebles”, la plataforma de la CGIL bien poco alcanza a la clase patronal.

Situación semejante puede ser percibida en la forma de convocatoria de la huelga. Como demuestran las luchas que están desarrollando en Europa, en estos meses, también una huelga, a partir de una plataforma de conciliación, como la huelga del 6 de setiembre, puede convertirse en una explosión social. Nunca como ahora, el llamado a una gran manifestación en Roma permitiría la presión sobre los palacios del poder burgués, colocando en serias dificultades al gobierno. Pero no es esto lo que desea la burocracia de la CGIL, que levanta la voz solamente para reclamar un poco de atención y volver a recibir caricias suaves del gobierno y de la patronal: por esto, incluso en este momento, las manifestaciones serán regionales, divididas provincia por provincia, siempre para no perturbar mucho.

El sindicalismo de base: un primer, insuficiente, paso adelante

Las organizaciones del sindicalismo de base (que inicialmente se limitaron a proclamar huelgas inútiles de dos horas en el servicio público y de cuatro horas en los transportes, en fechas diferentes: es el caso de la USB) ya decidieron llamar a la huelga en el mismo día de la huelga general de Camusso. Se trata de una opción, finalmente, en contra de la habitual propensión sectaria y auto-proclamatoria de las direcciones de los sindicatos de base.

Hasta hoy, por ejemplo, la dirección de la USB siempre reivindicó, con firmeza, la imposibilidad de sumarse a las huelgas de la CGIL e, incluso, a veces, de los otros sindicatos de base, al punto de perseguir a la minoría interna (Unir las luchas – Bloque Clasista de la USB, que dio la batalla contra el sectarismo en la cuestión de las huelgas) hasta la expulsión de la autora de este artículo y coordinadora del Bloque Clasista, tras la adhesión del Bloque a una huelga llamada por otros sindicatos.

Pero, también en este caso, existe el riesgo que el sindicalismo de base no sea capaz de organizar una respuesta a la gravedad del ataque en curso: los sindicatos de base, que hasta hoy convocaron a la huelga (USB, CUB, SLAI COBAS, SI.COBAS, USI, SNATER, etc.) decidieron, por su parte, a organizar manifestaciones regionales y separadas de aquellas de la CGIL: un modo de hablar para pocos íntimos, al revés de hablar directamente a las masas trabajadoras. Además, presentaron una plataforma de reivindicaciones que, aunque sea más avanzada que la de la CGIL es, esencialmente, contra la especulación, el mercado financiero y la evasión fiscal, evitando la necesidad de descerrajar un ataque al capitalismo de conjunto.

Lo que falta, en el sector sindical a la izquierda de Camusso, es una plataforma transitoria, que se base sobre la consigna de expropiación (bajo control obrero) de la grande industria. En general, las llamadas izquierdas sindicales siguen con plataformas reformistas en tiempos en que el espacio del reformismo no existe más. Proponen una política vacilante, centrada sobre un genérico anti-liberalismo, solamente sobre la lucha contra la “especulación” y contra la “evasión fiscal”, exactamente en el momento en el cual no es posible vacilar, sino que ir al ataque contra el capitalismo en todas sus formas: la iniciativa que el sector de Cremaschi de la CGIL lanzó para inicios de octubre junto con dirigentes de algunos sindicatos de base y de organizaciones políticas reformistas y centristas (sectores de Refundación, Izquierda Crítica, PCL y otros pequeños grupos stalinistas, como la Red de los Comunistas y los CARC) representa la más emblemática situación de esta política (como demuestra, para el resto, el papel ejercido también por el propio sector de Cremaschi en apoyo a las amortizaciones sociales, usados por la patronal como el principal instrumento de contención del conflicto social, cuando explotó la crisis económica en el 2007).

Participar de la huelga general: pero para transformarla en algo diferente

Como nos enseñan las revoluciones árabes, en un contexto económico e social marcado por la grave crisis del capitalismo, basta una chispa para dar el puntapié inicial a los movimientos revolucionarios, en condiciones de derrumbar, incluso, regímenes seculares. Ahora el viento revolucionario está atravesando Europa: desde España a Portugal, de Grecia a Inglaterra, los eventos de los últimos meses demuestran que la crisis del sistema económico, como siempre en la historia, dará aliento a las luchas de las masas. Italia es la última de la fila, también gracias al hecho que la mayor central sindical, la CGIL, hasta ahora solamente fingió llamar a los trabajadores a la lucha. Hoy, entonces, es necesario adherir a la huelga general, pero para dar inicio a una temporada de luchas de masa también en nuestro país. Para que esto ocurra, es preciso transformar aquella huelga en una movilización por tiempo indeterminado, con la construcción de comités de lucha en cada ciudad y lugar de trabajo, en un camino que lleve a una gran huelga prolongada hasta doblegar al gobierno y a la patronal. Para esto, Alternativa Comunista estará en las calles el 6 de setiembre, con una plataforma anticapitalista y socialista.

Traducción Laura Sánchez

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